La figura de Anatoli Kárpov ocupa un lugar singular en la historia del ajedrez. No se hizo célebre por convertir cada partida en un espectáculo de combinaciones brillantes, sino por algo más difícil de medir y, en muchos casos, más decisivo: la capacidad de limitar progresivamente las opciones del rival hasta transformar una ventaja mínima en una derrota casi inevitable. Su trayectoria puede entenderse a través de cuatro hitos que conectan formación, resultados, rivalidad y permanencia competitiva.
1975: un campeón mundial sin una partida decisiva contra Fischer
El primer punto de inflexión llegó en 1975. Kárpov, nacido el 23 de mayo de 1951 en Zlatoust, en los Urales soviéticos, había avanzado por el exigente sistema de clasificación con una combinación de estudio, disciplina y comprensión posicional. En 1973 compartió el primer puesto del Interzonal de Leningrado con Víktor Korchnoi y, al año siguiente, superó sucesivamente a Lev Polugayevski, Boris Spasski y al propio Korchnoi en el ciclo de candidatos.
Su proclamación como campeón mundial se produjo después de que Bobby Fischer se negara a defender el título bajo las condiciones fijadas por la Federación Internacional de Ajedrez. Kárpov no venció a Fischer sobre el tablero, una circunstancia que durante años alimentó comparaciones y dudas. Sin embargo, la ausencia de ese duelo no reduce la dimensión de lo que vino después: el nuevo campeón sostuvo su legitimidad mediante resultados continuados frente a la élite internacional. En su caso, la autoridad no dependió de una única partida histórica, sino de la repetición de la excelencia.

Más de 160 torneos: la estadística de la continuidad
A Kárpov se le atribuyen más de 160 torneos ganados, una cifra extraordinaria que debe interpretarse con precisión. No equivale al número de partidas vencidas y puede variar según los criterios estadísticos empleados para contabilizar competiciones, formatos y desempates. Aun con esa cautela, el dato revela una regularidad poco común: no se trató de un jugador capaz de alcanzar una cumbre aislada, sino de un competidor que volvió una y otra vez a los primeros puestos.
Sus triunfos en torneos como Tilburg y Linares, además de varios campeonatos de la Unión Soviética, muestran la amplitud de ese dominio. El valor del registro está menos en su carácter acumulativo que en el periodo durante el cual fue construido. Kárpov tuvo que responder a cambios generacionales, estilos distintos y rivales con nuevas preparaciones teóricas. Su método consistía en detectar la debilidad que el contrario todavía no consideraba importante, mejorar poco a poco la posición propia y obligar al adversario a tomar decisiones cada vez menos favorables. Esa forma de presión explica por qué muchas de sus victorias parecían sencillas al final, aunque hubieran sido extremadamente difíciles de evitar desde el principio.
Linares 1994: la prueba que desbordó la rivalidad
El torneo de Linares de 1994 ofrece el ejemplo más contundente de que Kárpov no fue únicamente el campeón que precedió a Garri Kaspárov. A los 42 años, sumó 11 puntos de 13 posibles y terminó con dos puntos y medio de ventaja sobre Kaspárov y Alexéi Shírov. La importancia de aquel resultado no reside solo en la puntuación, sino en el contexto: se produjo ante una de las concentraciones más fuertes de la época y frente a rivales capaces de disputar el primer lugar en cualquier torneo de máxima categoría.
Linares modificó la lectura habitual de su carrera. Kárpov ya había perdido la corona mundial, pero conservaba intacta la capacidad de competir al más alto nivel. Su respuesta no fue una declaración pública ni una disputa retórica, sino una actuación de enorme autoridad en el tablero. El torneo confirmó que su fuerza no dependía exclusivamente de una posición institucional. Incluso fuera del campeonato mundial, seguía encontrando la manera de imponer su comprensión de las posiciones y administrar con precisión las ventajas.
Kaspárov y el límite de la invulnerabilidad
Entre 1984 y 1990, Kárpov y Kaspárov disputaron cinco enfrentamientos por el campeonato mundial. El primero se convirtió en una prueba de resistencia sin precedente inmediato: Kárpov llegó a dominar por cinco victorias a cero, pero Kaspárov inició una recuperación sostenida. Tras 48 partidas, el presidente de la Fide, Florencio Campomanes, interrumpió el encuentro sin proclamar vencedor. En la revancha de 1985, Kaspárov ganó por 13 a 11 y se convirtió en campeón mundial.
El nuevo campeón volvió a imponerse en 1986 y 1990, mientras que el encuentro de Sevilla, en 1987, terminó empatado a 12, resultado que permitió a Kaspárov conservar la corona. Estos duelos no disminuyen la grandeza de Kárpov; la precisan. Demuestran que su dominio no fue sinónimo de invulnerabilidad, pero sí de una resistencia capaz de prolongar durante años la lucha por la supremacía. Después de perder el título, ganó campeonatos mundiales organizados por la Fide en 1993, 1996 y 1998, durante la etapa de división institucional del ajedrez.
Compararlo de manera absoluta con Capablanca, Alekhine, Kaspárov o Carlsen obliga a enfrentar épocas, sistemas competitivos y estilos diferentes. La afirmación más sólida es otra: Kárpov convirtió la paciencia, la defensa y la precisión en instrumentos de ataque psicológico. Su legado no depende de presentarlo como invencible ni de atribuirle virtudes personales que no estén documentadas. Está en la capacidad de repetir la excelencia durante décadas y en haber demostrado que, en ajedrez, la victoria más profunda puede consistir en dejar al rival sin una salida satisfactoria mucho antes de que la partida termine.