La elección presidencial brasileña llega a su tramo final atravesada por una disputa que excede las fronteras del país: qué Argentina debe mirar Brasil y qué lectura hacer de la gestión de Javier Milei. Para el progresismo, el desempleo, la pobreza y el deterioro económico argentino funcionan como advertencia sobre los riesgos de aplicar un programa de ajuste. Para el bolsonarismo, en cambio, la estabilización de algunos indicadores, la valorización de la moneda y la reducción del gasto público son presentadas como pruebas de que el país vecino encontró una salida.
El debate dejó de ser una referencia secundaria y pasó a ocupar un lugar visible en la campaña. Luiz Inácio Lula da Silva ya había ironizado con la motosierra asociada a Milei durante un enfrentamiento con Jair Bolsonaro. En el último debate, celebrado este viernes a pocas horas de la votación, Flávio Bolsonaro llamó a Lula “nueve dedos”, mientras el presidente respondió con la acusación de “miliciano”. El intercambio condensó dos líneas de ataque: la confrontación ideológica sobre el modelo económico y la disputa por la seguridad pública y los vínculos con las estructuras criminales.
Dos lecturas enfrentadas sobre el modelo argentino
Flávio Bolsonaro incorporó a su campaña una tijera gigante como símbolo del ajuste fiscal, en una clara referencia a la motosierra de Milei. El candidato del Partido Liberal sostiene que durante años las políticas de emisión y expansión del gasto público provocaron inflación en Argentina, y utiliza ese diagnóstico para defender una reducción del Estado y una agenda de desregulación.
La imagen se difunde con fuerza en redes sociales, donde circulan fragmentos de discursos de Milei traducidos al portugués. José Sergio, un portero de 45 años entrevistado en Río de Janeiro, repite varios de esos argumentos: afirma que la moneda argentina se fortaleció, que bajaron los impuestos y que aumentaron las exportaciones de carne. Cuando se le pregunta por la fuente, muestra en su teléfono videos breves del presidente argentino. La circulación de esas piezas revela cómo la campaña brasileña no solo se disputa en la televisión o en los actos, sino también mediante algoritmos que simplifican procesos económicos complejos en consignas fácilmente replicables.
El campo lulista responde con una interpretación opuesta. Sus militantes advierten que el ajuste puede traducirse en pérdida de empleo, menor poder adquisitivo, reducción de jubilaciones y debilitamiento de los servicios públicos. Jésica, una profesora de escuela pública de 40 años, considera que la situación argentina es un argumento para no votar a Bolsonaro: menciona el cierre de empresas, la recesión y el empobrecimiento de la población. Para ella, el espejo argentino no representa una promesa, sino una advertencia.

La economía que se percibe en la calle
La batalla de los relatos convive con percepciones cotidianas que no siempre coinciden con los análisis macroeconómicos. Sonia, una jubilada de 70 años que vive en Del Castilho, sostiene que durante el gobierno de Jair Bolsonaro estaba mejor económicamente porque los productos del supermercado eran más baratos. No sigue las noticias argentinas, pero observa la llegada de turistas de ese país a Río de Janeiro y concluye que su economía mejoró.
Edimilson, vendedor ambulante de 65 años y votante de Bolsonaro, llega a una conclusión similar: “Hay más turistas en Brasil, Milei mejoró la economía”. La presencia de argentinos en los centros comerciales y en las playas se convierte así en una evidencia informal, aunque insuficiente, para evaluar la situación de un país entero. El fenómeno muestra la distancia entre los indicadores especializados y las señales que las personas utilizan para formar opinión política.
Del otro lado, los votantes de Lula mencionan imágenes que también circulan en sus teléfonos: personas buscando trabajo, jubilados llorando, enfrentamientos entre policías y manifestantes y escenas de descontento social. Sofía, empleada de un local de comida rápida, vincula esas imágenes con el deterioro de los derechos sociales y afirma que votará por Lula en defensa de las mujeres y de las personas racializadas. Su lectura de Argentina se construye menos a partir de cifras que de escenas que condensan una idea de crisis.
Seguridad, milicias y el peso del territorio
La discusión económica se superpone con una preocupación más inmediata para los habitantes de Río: la violencia. Del Castilho, en la zona norte de la ciudad, registró durante 2025 un total de 1.025 tiroteos y 613 personas baleadas, según datos del Instituto Fogo Cruzado. Allí también ocurrió el año pasado una de las masacres más sangrientas de Brasil. En ese contexto, la promesa de enfrentar a las facciones criminales tiene un peso electoral mayor que cualquier debate abstracto sobre política fiscal.
Flávio Bolsonaro sostiene una narrativa de “narcoterrorismo” y respalda una propuesta para clasificar como terroristas a organizaciones como el Primeiro Comando da Capital y el Comando Vermelho. Estados Unidos adoptó esa clasificación en mayo, mientras el gobierno de Lula la rechazó por considerarla una amenaza a la soberanía brasileña y un paso hacia la militarización de la lucha contra el crimen.
La promesa de mayor dureza, sin embargo, choca con cuestionamientos dirigidos al propio candidato. Flávio es investigado por la Justicia y por la prensa por presuntos vínculos con el crimen organizado. En septiembre, envió desde el Senado una enmienda parlamentaria a un proyecto deportivo destinado a una zona dominada por una milicia, después de una solicitud de Robson Calixto, conocido como Peixe y condenado por el asesinato de la concejala Marielle Franco. La investigación fue divulgada por la revista Piauí y el diario O Estado de São Paulo. El episodio alimenta la contradicción central del discurso bolsonarista: prometer una ofensiva contra las facciones mientras enfrenta acusaciones sobre relaciones con actores de ese universo.
Una alianza regional todavía hipotética
La elección también puede redefinir la relación entre Brasil y Argentina. Flávio Bolsonaro declaró en julio que Brasil debía liberarse de las “amarras del Mercosur” y negociar acuerdos comerciales de manera directa con países como Estados Unidos. Una eventual coincidencia política con Milei podría impulsar una agenda regional más orientada a los acuerdos bilaterales, la apertura comercial y la reducción de mecanismos de coordinación estatal.
Para el oficialismo brasileño, esa perspectiva implica un riesgo económico y diplomático. José Sergio considera que una victoria de Flávio fortalecería el vínculo con Argentina porque, según afirma, Milei no puede trabajar con Lula. En contraste, Jésica acusa al presidente argentino de haber cedido ante Donald Trump y teme que una alianza de derechas profundice el retroceso social.
En el acto del Partido de los Trabajadores realizado en la playa de Copacabana, a menos de 20 horas de la apertura de los comicios, la militancia buscó convertir esa preocupación en movilización. Priscila, una militante de 35 años residente en una favela del norte de Río, sostiene que la izquierda se activó tarde y que, después de la primera vuelta, las redes sociales empezaron a viralizar contenidos capaces de modificar votos. Jobelton, trabajador de seguridad de 58 años, repite que Lula ganará y advierte que una eventual victoria de Bolsonaro podría traer recortes a las jubilaciones como los que, en su interpretación, ocurren en Argentina.
El resultado definirá algo más que la continuidad de un gobierno. También determinará qué relato regional gana autoridad: el de Argentina como laboratorio de ajuste y recuperación, o el de Argentina como advertencia sobre el costo social de esa estrategia. La disputa brasileña demuestra que las imágenes, los testimonios y las promesas cruzan las fronteras con rapidez, aunque su significado final dependerá de cómo cada sociedad enfrente sus propios problemas de inflación, violencia, empleo y desigualdad.