Belew advierte de que el supremacismo blanco ha pasado de la clandestinidad a la política institucional

Belew advierte de que el supremacismo blanco ha pasado de la clandestinidad a la política institucional

La historiadora Kathleen Belew sostiene que el supremacismo blanco estadounidense atraviesa una etapa de transformación decisiva: después de décadas de actividad clandestina y paramilitar, parte del movimiento ha encontrado en la presidencia de Donald Trump una vía para influir directamente en las instituciones. “Trump está aplicando políticas que el movimiento supremacista blanco lleva mucho tiempo reclamando”, afirma en una entrevista por videoconferencia con EL PERIÓDICO con motivo de la edición española de su ensayo Traed la guerra a casa, publicado originalmente en 2018.

El libro reconstruye la evolución de la extrema derecha racial estadounidense desde finales del siglo XX, con especial atención al Ku Klux Klan, las milicias y las redes paramilitares. Belew sitúa un punto de inflexión a mediados de los años ochenta, cuando estos grupos abandonaron la expectativa de conquistar el poder por medios convencionales y optaron por una “guerra clandestina” contra el Estado. El objetivo era provocar su colapso y acelerar una revolución racial que, a su juicio, no podía lograrse mediante las instituciones.

De la guerra clandestina a la influencia electoral

La historiadora considera que el contexto actual es diferente al de aquella época. Mientras Ronald Reagan ocupaba la Casa Blanca, los supremacistas blancos entendían que la política institucional estaba cerrada para sus ideas. Ahora, según Belew, las deportaciones masivas y otras propuestas defendidas históricamente por la extrema derecha se discuten como opciones legítimas dentro del debate conservador. El movimiento concentra así sus esfuerzos en presentarse a elecciones, presionar a cargos públicos e influir en sus decisiones.

Ese desplazamiento no implica, sin embargo, que haya desaparecido la violencia. Belew describe el supremacismo blanco como una coalición heterogénea, sin un programa común plenamente aceptado. Algunos sectores actúan desde las instituciones, mientras otros mantienen estructuras clandestinas y paramilitares, como Atomwaffen Division o The Base. La coexistencia de ambas estrategias explica, a su entender, que continúen produciéndose atentados y tiroteos vinculados a activistas supremacistas, incluso cuando otros grupos buscan legitimidad electoral.

Belew advierte de que el supremacismo blanco ha pasado de la clandestinidad a la política institucional

La relación con Trump tampoco puede definirse, según la historiadora, como una alianza plenamente cohesionada. El movimiento supremacista es “extraordinariamente oportunista” y está dispuesto a aprovechar cualquier circunstancia favorable. Sus integrantes pueden respaldar al presidente mientras sus políticas les resulten útiles y, al mismo tiempo, conservar la posibilidad de regresar a una estrategia revolucionaria si consideran que las instituciones dejan de servirles.

El legado del asalto al Capitolio

Belew cree improbable que se repita exactamente el asalto al Capitolio del 6 de enero, porque las autoridades han reforzado las medidas de seguridad. Pero no descarta nuevos episodios de violencia política. La historiadora recuerda que Trump ha presentado aquel ataque como una protesta ordinaria y ha indultado a personas condenadas por conspiración sediciosa. A su juicio, esa legitimación pública puede facilitar que se reproduzcan acciones violentas con otras formas y objetivos.

También considera relevante el debate sobre una eventual candidatura de Trump en 2028, pese al límite constitucional de dos mandatos. El presidente, señala, ha planteado escenarios como una emergencia nacional o una guerra que podrían utilizarse para justificar su permanencia en el poder. Belew sostiene que cualquiera de esas fórmulas contaría previsiblemente con el respaldo de los supremacistas blancos, que interpretan las situaciones de excepción como una oportunidad para concentrar autoridad y debilitar los controles democráticos.

Conspiraciones, Estado y crisis de confianza

La historiadora vincula este proceso con la difusión de teorías racistas y antisemitas sobre élites cosmopolitas que supuestamente controlan las elecciones, amenazan a las familias blancas y pretenden transformar la sociedad estadounidense. Belew remonta esa tradición a los Protocolos de los Sabios de Sion y afirma que ha sobrevivido en corrientes muy distintas, desde el supremacismo blanco hasta QAnon y el trumpismo convencional.

El discurso presenta una contradicción central: quienes ocupan el poder pueden seguir describiéndose como enemigos del Estado. Belew relaciona esa retórica con la tradición conservadora que considera al Gobierno una amenaza, visible desde la presidencia de Reagan y retomada por Trump mediante expresiones como “drenar el pantano” o “limpiar Washington”. La paradoja, explica, no desmoviliza necesariamente a sus seguidores, porque la oposición al Estado se ha convertido en una identidad política compatible con el control de sus instituciones.

En este marco, negar los resultados electorales o insinuar un fraude masivo no constituye solo una disputa partidista. Para Belew, socavar la confianza en el voto ataca la base de la democracia y prepara el terreno para reclamar un estado de emergencia que permita concentrar el poder. La advertencia, añade, no se limita a Estados Unidos: también resulta pertinente para otros países, entre ellos España, donde la deslegitimación preventiva de los procesos electorales puede erosionar la aceptación de sus resultados.

Una tecnología antigua con alcance global

La expansión digital ha multiplicado la capacidad de difusión de estas ideas, pero no ha creado sus métodos principales. Belew señala que los supremacistas ya utilizaban redes informáticas en 1983 y 1984, antes de la existencia de internet en su forma actual. A través de tablones electrónicos compartían propaganda, listas de objetivos, documentos sociales y materiales de coordinación. La novedad contemporánea reside en la escala y la velocidad: los mensajes pueden alcanzar a muchas más personas y circular en cuestión de minutos.

La historiadora identifica además un vínculo entre el supremacismo blanco, determinados sectores del trumpismo y los círculos neorreaccionarios de Silicon Valley: la obsesión con el apocalipsis. Esa visión puede conducir al aislamiento, la acumulación de armas y la exclusión de quienes son considerados diferentes, pero también puede alimentar proyectos de reconstrucción colectiva. El desenlace no está predeterminado, sostiene Belew; precisamente por eso, la respuesta de las instituciones y de la sociedad civil será determinante para evitar que el miedo a una crisis se convierta en una justificación permanente de políticas deshumanizadoras.