Betina Raimondi y Claudio Robetto completaron su segunda vuelta al mundo en un avión monomotor

Betina Raimondi y Claudio Robetto completaron su segunda vuelta al mundo en un avión monomotor

Betina Raimondi, de 62 años, y Claudio Robetto, de 70, regresaron a Mar del Plata después de completar su segunda vuelta al mundo a bordo de un Mooney M20J fabricado en 1978. El matrimonio argentino, conocido en redes sociales como “Aventureros del Aire”, permaneció 137 días en viaje, acumuló 211 horas de vuelo y recorrió 46.711 kilómetros. Sumada a la travesía realizada en 2023, la experiencia alcanza 261 días, 481 horas en el aire y 106.711 kilómetros.

El segundo recorrido comenzó el 17 de abril de 2026 y terminó el 1 de septiembre. A diferencia del primero, que estuvo marcado por la presión de cumplir una compleja planificación internacional, esta vez la pareja buscó reducir los tiempos de escala, conocer nuevos destinos y visitar a familiares y amigos que habían conocido durante su actividad aeronáutica.

Una travesía construida durante años

Robetto es el piloto y Raimondi ocupa el asiento de copiloto. Ella, ingeniera agrónoma jubilada y formada además como coach ontológica, se ocupa de la navegación complementaria, los alimentos, los mates y buena parte del registro audiovisual. La preparación incluye permisos de sobrevuelo, documentación migratoria, previsiones meteorológicas, mantenimiento, alojamiento, presupuesto y coordinación con aeropuertos de distintos países.

La pareja se conoció a fines de 1989 en la costa de Mar del Plata y se casó cuatro meses después. Tienen seis hijas y dos nietos. Robetto había dejado de volar con frecuencia después de formar una familia y trabajar como ingeniero metalúrgico, pero retomó su licencia en 1986, dos años después de la muerte de su padre, José Pino Robetto, piloto de la Fuerza Aérea italiana durante la Segunda Guerra Mundial. En 2001 completó el curso teórico de piloto comercial.

Durante años ambos ahorraron para comprar una aeronave propia. Primero adquirieron un avión pequeño, con fuselaje revestido en tela y configuración para dos personas, que trasladaron desde Estados Unidos a la Argentina. Más tarde optaron por el Mooney M20J, con capacidad para cuatro pasajeros y mejores condiciones para vuelos de larga distancia. En 2019 comenzaron a publicar información sobre pistas, rutas y experiencias de vuelo; esa actividad les permitió vincularse con otros aviadores y terminó dando forma al proyecto de recorrer el planeta.

Betina Raimondi y Claudio Robetto completaron su segunda vuelta al mundo en un avión monomotor

Dos rutas y una diferencia decisiva

La primera vuelta al mundo comenzó el 21 de mayo de 2023 en el Aeroclub de Batán. La ruta incluyó Córdoba, Brasil, Venezuela, Estados Unidos, Canadá, Groenlandia, Escocia, Inglaterra, España, Italia, Alemania y Rusia. En 124 días recorrieron 60.000 kilómetros y volaron 270 horas. Uno de los tramos más exigentes unió Islandia con Noruega: 1.200 kilómetros en unas diez horas.

En esa ocasión, el matrimonio priorizó la continuidad del recorrido y afrontó una intensa cadena logística. El paso por Rusia, en plena guerra, se extendió durante 20 días y comprendió ocho ciudades. También debieron enfrentar turbulencias, lluvias, baja visibilidad y el riesgo de formación de hielo en las alas, una de las principales amenazas para un avión monomotor.

Para el segundo viaje eligieron una ruta distinta hacia Europa. En lugar de realizar un extenso cruce sobre el Atlántico, volaron por Bulgaria, Kazajistán, Rusia y el estrecho de Bering. Solo utilizaron un avión de línea en un tramo entre Bulgaria y Estambul, donde permanecieron cuatro días como turistas. El cambio permitió incorporar países nuevos y reducir, en la medida de lo posible, los vuelos prolongados sobre el agua, que Raimondi reconoce como uno de los aspectos que más temor le generan.

El avión fue equipado con un tanque adicional para los cruces de mayor distancia. La autonomía llegó a 19 horas, aunque el vuelo más largo de la pareja duró 15. El uso de Starlink facilitó las comunicaciones con la familia y el seguimiento meteorológico en tiempo real, una diferencia importante frente a la primera vuelta. Sin embargo, al sobrevolar Rusia sufrieron interrupciones de internet y pérdida de la señal GPS en distintos sectores. Continuaron utilizando radioayudas y asistencia de los controladores locales.

La dimensión humana del recorrido

Más allá de las cifras, la segunda travesía estuvo definida por los vínculos que la pareja estableció durante el viaje. En Barnaúl se alojaron en la casa de una familia rusa con la que se habían comunicado por redes sociales. En Magadán fueron recibidos por otros conocidos, Ekaterina y Konstantin, a quienes habían tratado durante el primer recorrido. En Alaska compartieron alojamiento y actividades con el piloto Art Mortvedt, reconocido por haber volado sobre ambos polos.

También visitaron en El Salvador a Carlos Dardano, comandante del vuelo Taca 110, quien en 1988 logró aterrizar un avión comercial después de que fallaran sus dos motores. En Chile conocieron a María Eliana Christen, una aviadora de 87 años que en 2004 cruzó el Atlántico y completó una vuelta por Europa y el Ártico en un monomotor. Para los argentinos, estos encuentros muestran que la aviación funciona como una red internacional de colaboración, incluso cuando existen barreras idiomáticas y culturales.

El recorrido incluyó las ruinas de Tikal, el canal de Panamá, los glaciares de Alaska y distintas ciudades de Rusia, Norteamérica y Sudamérica. En Ecuador fueron recibidos por pilotos locales. La ruta de regreso pasó por Texas, el Golfo de México, Guatemala, El Salvador, Panamá, Ecuador, Perú y Chile.

Riesgos, controles y una avería

La travesía no estuvo exenta de dificultades. En Rusia, un control migratorio realizado en un aeropuerto militar incluyó preguntas sobre el motivo de su segundo ingreso al país y la revisión de sus teléfonos y contraseñas. Tras aproximadamente dos horas, pudieron continuar, aunque el mal tiempo demoró el cruce hacia Alaska.

En una zona montañosa encontraron hielo en las alas y debieron aterrizar en Anchorage sin alojamiento previsto, por lo que pasaron la noche en los bancos del aeropuerto. Más tarde, una fisura en el cono de la hélice obligó a retirarlo preventivamente. Volaron sin esa pieza entre San Francisco, Sedona y Texas hasta conseguir el repuesto. Según explicaron, el avión no quedó en una situación de peligro inmediato, pero aumentó la temperatura de funcionamiento y el rendimiento se volvió más exigente.

La experiencia llevó a la pareja a relativizar la imagen aventurera que transmiten sus redes. Detrás de las fotografías hay entrenamiento, planificación, recursos económicos, mantenimiento y decisiones constantes sobre cuándo continuar y cuándo esperar. Su historia también evidencia que la edad no fue un impedimento, aunque el proyecto requirió años de ahorro y una reorganización familiar y laboral.

Un proyecto que continúa

Raimondi y Robetto afirman que los viajes fortalecieron su relación porque les dieron un objetivo común y los obligaron a resolver juntos situaciones de presión. Ahora evalúan escribir un libro con las historias acumuladas, como legado para sus hijas y nietos. No proyectan necesariamente una tercera vuelta al mundo, pero tampoco planean abandonar la aviación. Raimondi habla de un recorrido más corto por el continente, mientras Robetto ya busca argumentos para convencerla de emprender una nueva ruta.