Brasil ante una segunda vuelta inédita: Lula intenta desmontar una regla electoral de casi cuatro décadas

Brasil ante una segunda vuelta inédita: Lula intenta desmontar una regla electoral de casi cuatro décadas

Luiz Inácio Lula da Silva y Flávio Bolsonaro se enfrentan este domingo en una segunda vuelta presidencial marcada por una pregunta que va más allá de sus diferencias ideológicas: ¿puede Brasil elegir por primera vez al candidato que llegó en desventaja a la ronda definitiva? El senador del Partido Liberal parte con una ventaja estrecha, pero significativa. En la primera vuelta obtuvo el 47,03 % de los votos, frente al 45,16 % del actual presidente. Las encuestas mantienen el desenlace en un empate técnico, aunque la historia electoral brasileña favorece con claridad a quien lidera la primera jornada.

Una remontada que todavía no existe en Brasil

Desde 1989, todos los candidatos que ganaron la primera vuelta en Brasil conservaron esa posición hasta la votación definitiva y terminaron entrando en el Palacio de Planalto. La regla se ha repetido durante casi tres décadas, tanto en contiendas polarizadas como en elecciones disputadas por márgenes reducidos. Lula busca quebrarla a los 80 años, en su séptima candidatura presidencial y posiblemente ante uno de los últimos grandes desafíos de su extensa carrera política.

La dificultad no reside únicamente en recuperar menos de dos puntos porcentuales. El candidato que queda primero suele beneficiarse de una ventaja psicológica, de una mayor capacidad para presentarse como opción mayoritaria y de la expectativa de victoria que puede movilizar a sus electores. Para Lula, la tarea consiste en transformar una derrota parcial en una narrativa de resistencia capaz de atraer a los votantes que no se sienten representados por ninguno de los dos bloques.

Brasil ante una segunda vuelta inédita: Lula intenta desmontar una regla electoral de casi cuatro décadas

El giro de Lula después del golpe inicial

El presidente reaccionó con rapidez al resultado del 4 de octubre. En lugar de asumir la primera vuelta como una señal definitiva, reorganizó la campaña y modificó su relación con los electores indecisos. La estrategia incluyó una presencia más intensa en las redes sociales, un uso frecuente de selfies y fotografías en el gimnasio destinadas a mostrar vitalidad física y capacidad para afrontar otro mandato.

El mensaje tiene una dimensión electoral evidente. Lula necesita convencer a un país que no solo vota entre dos programas, sino también entre dos edades políticas: la experiencia acumulada del antiguo sindicalista y la renovación asociada al hijo de Jair Bolsonaro. La exposición de su actividad física intenta responder a una vulnerabilidad concreta: las dudas sobre su edad y sobre su capacidad para sostener el ritmo de una presidencia exigente. La imagen, en este caso, funciona como argumento político.

El último debate añadió otro elemento a la disputa. Flávio Bolsonaro se burló de Lula por la pérdida del dedo meñique de la mano izquierda, sufrida cuando trabajaba como tornero en una fábrica. El senador tuvo que disculparse, pero el episodio permitió al presidente presentarse como víctima de una agresión personal y social. Para una campaña tan ajustada, el incidente puede ser relevante: los seis millones de indecisos no necesariamente buscan un programa nuevo, sino señales sobre el carácter, la empatía y los límites de cada candidato.

La región ofrece precedentes, pero no una receta

El patrón brasileño contrasta con lo ocurrido en otros países de Iberoamérica. Desde 1978 se han celebrado 67 segundas vueltas presidenciales en la región y solo en 22 de ellas, aproximadamente un tercio, el candidato que llegó en desventaja logró revertir el resultado. Ecuador acumula cinco remontadas, mientras Perú y Guatemala registran tres. Argentina, Colombia, Chile, Costa Rica y Uruguay han tenido dos cada uno.

Los ejemplos muestran que una primera derrota no equivale necesariamente a una sentencia. En Ecuador, Daniel Noboa ganó en 2023 después de perder la primera vuelta frente a Luisa González por un margen que parecía difícil de superar. En Perú, Alberto Fujimori revirtió en 1990 su desventaja ante Mario Vargas Llosa, mientras que años después su hija Keiko no pudo conservar la ventaja que había obtenido frente a Pedro Pablo Kuczynski en 2016. La misma familia política experimentó así las dos caras de una segunda vuelta.

Cuando la ventaja inicial no alcanza

Argentina ofrece el contraste más contundente: en sus dos únicas segundas vueltas presidenciales, el líder de la primera ronda no llegó a la Casa Rosada. Mauricio Macri remontó en 2015 frente a Daniel Scioli y Javier Milei repitió la operación en 2023 contra Sergio Massa, al imponerse con el 55,65 % de los votos. Colombia también conoció reversiones importantes, como la de Juan Manuel Santos en 2014 ante Óscar Iván Zuluaga y la de Andrés Pastrana en 1998 frente a Horacio Serpa.

Chile aporta un caso especialmente ilustrativo por la alternancia del resultado. José Antonio Kast consiguió en 2025 revertir la ventaja inicial de Jeannette Jara, pero en 2021 no logró hacer lo mismo cuando partió por delante de Gabriel Boric. Estos antecedentes impiden atribuir las remontadas a una sola ideología: pueden beneficiar a la izquierda o a la derecha cuando se combinan una brecha reducida, una campaña eficaz y un electorado dispuesto a cambiar de opción.

La elección que puede redefinir el precedente

Flávio Bolsonaro aspira a convertir la tradición brasileña en una garantía de victoria. Lula, en cambio, necesita demostrar que el precedente no es una ley política. La diferencia es pequeña, pero la historia pesa; la campaña presidencial ha intentado precisamente alterar esa relación entre ventaja inicial y resultado final. Si el presidente consigue imponerse, no solo prolongará su trayectoria política: será el primero en Brasil en revertir una derrota entre las dos vueltas de una misma elección. Si vence Bolsonaro, la votación confirmará una regularidad que hasta ahora ningún candidato había conseguido romper.