Brasil entra en la jornada decisiva de su elección presidencial con una incertidumbre que hasta hace pocos días parecía menos probable: Lula da Silva y Flávio Bolsonaro llegan a la segunda vuelta prácticamente igualados. A pocas horas de la apertura de las urnas, ambos candidatos cerraron sus campañas con actos públicos destinados a movilizar a sus bases y a convertir la última demostración de fuerza en votos efectivos.
La encuesta de Datafolha publicada el jueves registró un empate del 50 % en la intención de voto para cada aspirante. El resultado modificó el clima de una campaña en la que Flávio Bolsonaro había aparecido como favorito durante varias semanas. El senador obtuvo el 47 % de los votos en la primera vuelta, una cifra que lo consolidó como un rival competitivo frente al actual mandatario y confirmó la profundidad de la disputa política en el país.
La última batalla se libra en las calles
El cierre de campaña trasladó el foco desde la televisión hacia los espacios públicos. Lula tenía previsto participar por primera vez durante esta campaña en un acto en la playa de Copacabana, en Río de Janeiro, antes de viajar a la Avenida Paulista, en São Paulo, para reunirse con sus seguidores. La elección de esos lugares no es menor: ambos representan escenarios de gran visibilidad política y permiten al presidente mostrar capacidad de convocatoria en los dos principales centros urbanos del país.
Flávio Bolsonaro, de 45 años, programó una marcha en Belo Horizonte y una visita a la vivienda de Río de Janeiro donde su padre, el expresidente Jair Bolsonaro, se recuperó tras ser apuñalado durante la campaña presidencial de 2018. El recorrido combina movilización electoral y memoria política. Al vincular su cierre con un episodio central de la trayectoria de Jair Bolsonaro, el senador refuerza la continuidad familiar como uno de los ejes de su candidatura.

La importancia de estos actos reside menos en su capacidad para cambiar radicalmente las preferencias que en su función de activar a los votantes ya convencidos. En una contienda empatada, la participación, la disciplina partidaria y la capacidad de cada campaña para reducir la abstención pueden tener un peso decisivo. La imagen de fuerza que proyecten los candidatos también puede influir en los electores indecisos, aunque su efecto dependerá de si logra transformarse en una última razón para acudir a las urnas.
Un debate con menos insultos, pero con la misma disputa de fondo
El último debate televisado, celebrado el viernes, tuvo un tono más moderado que el primer enfrentamiento directo. En aquella ocasión predominaron los insultos y hubo menos espacio para las propuestas. En el encuentro final, sin embargo, la moderación formal no eliminó las diferencias centrales: Lula cuestionó la experiencia política de su rival y puso en duda su conocimiento de las necesidades de la población brasileña.
El presidente se refirió a Bolsonaro como “este muchacho” y sostuvo que no conoce el país ni comprende “lo que es el hambre”. La crítica buscó presentar la experiencia y la conexión con los sectores vulnerables como atributos indispensables para gobernar Brasil. También intentó situar la elección en un terreno donde Lula tiene una ventaja política histórica: la defensa de una agenda social asociada a la reducción de la pobreza y a la presencia activa del Estado.
El senador respondió responsabilizando al actual gobierno por la situación económica. Afirmó que Lula dejaría un “país quebrado” y cuestionó la vigencia de sus planteamientos políticos. Su pregunta sobre el aumento del costo de vida, “¿Por qué las cosas están tan caras?”, resumió una preocupación cotidiana que puede resultar más concreta para muchos votantes que las discusiones ideológicas de la campaña.
Dos respuestas distintas a una misma ansiedad social
Las diferencias entre ambos candidatos no se limitan al estilo o a la trayectoria personal. Flávio Bolsonaro propone continuar la línea política de su padre, con una política de mano dura contra el crimen, mayor apertura al libre mercado y un acercamiento a Estados Unidos. En sus intervenciones ha insistido especialmente en la inseguridad y en el encarecimiento de los productos de consumo cotidiano, dos asuntos capaces de atravesar distintas clases sociales y regiones.
Lula, por su parte, busca defender la continuidad de una conducción vinculada a la protección social y a una mayor intervención pública frente a las dificultades económicas. El enfrentamiento, por tanto, no se reduce a una competencia entre dos apellidos conocidos: expresa dos interpretaciones sobre las causas de los problemas nacionales. Para Bolsonaro, el orden y la apertura económica deben ocupar el centro de la respuesta; para Lula, la experiencia de gobierno y la atención a las necesidades sociales constituyen la principal garantía de estabilidad.
La candidatura de Flávio también está condicionada por la figura de Jair Bolsonaro, condenado a 27 años de prisión por intentar un golpe de Estado contra Lula. Esa herencia puede movilizar a los sectores que identifican al bolsonarismo con una ruptura frente al sistema político tradicional, pero también puede generar reservas entre quienes temen una profundización de la confrontación institucional. El senador debe mantener la identidad de ese movimiento sin quedar completamente atado a sus episodios más controvertidos.
El resultado dependerá de algo más que las encuestas
El empate de Datafolha impide anticipar un desenlace y vuelve especialmente relevante la jornada electoral. Las encuestas muestran una competencia abierta, pero no explican por sí solas qué candidato conseguirá convertir la preferencia declarada en participación efectiva. La movilización territorial, la capacidad de sostener fiscales y equipos en los centros de votación y la respuesta de los electores que cambiaron de opinión durante las últimas semanas serán factores determinantes.
La segunda vuelta decidirá quién ocupará la Presidencia, pero también fijará el tono político de Brasil en los próximos años. Una victoria de Lula reforzaría la continuidad de un proyecto de gobierno centrado en la protección social y la experiencia institucional. Un triunfo de Flávio Bolsonaro devolvería al poder, mediante una nueva generación, el proyecto político de su padre. En ambos casos, el estrecho margen anticipado por los sondeos obligará al vencedor a gobernar un país dividido y a construir legitimidad más allá de su propia base electoral.