Brasil decide este domingo su próximo presidente en una segunda vuelta marcada por una diferencia mínima entre el actual mandatario, Luiz Inácio Lula da Silva, y el senador Flávio Bolsonaro. Las encuestas sitúan al candidato del Partido Liberal ligeramente por delante, aunque dentro del margen de error, por lo que el resultado dependerá en buena medida de la participación y de la orientación de los electores que no respaldaron a ninguno de los dos en la primera ronda.
Cerca de 159 millones de ciudadanos están convocados a votar. Los colegios electorales abrirán a las 12:00 del mediodía y cerrarán a las 21:00, hora española. El sistema de urnas electrónicas permitirá conocer una tendencia con rapidez y, salvo un recuento extremadamente ajustado, el ganador podría quedar perfilado entre las 22:30 y las 23:30. La velocidad del escrutinio reducirá la incertidumbre técnica, pero no necesariamente la política: una diferencia estrecha puede convertir cada región y cada grupo de votantes en una pieza decisiva.

Una ventaja que todavía no permite hablar de favorito
Flávio Bolsonaro llega a la votación con una ventaja inicial relevante, aunque insuficiente para despejar el desenlace. En la primera vuelta, celebrada el 4 de octubre, obtuvo el 47,03% de los votos válidos, alrededor de 56 millones de sufragios, frente al 45,16% de Lula, cerca de 54 millones. La separación fue de aproximadamente dos millones de votos, pero ninguno alcanzó el 50% exigido para evitar la segunda ronda.
Las mediciones posteriores han conservado esa estrechez. Datafolha coloca a ambos candidatos en torno a la mitad de los votos válidos y, en una de sus lecturas, concede al senador un 51% frente al 49% del presidente. Quaest ofrece proporciones semejantes, que varían según se calculen votos válidos o el total de respuestas. AtlasIntel/Bloomberg, BTG/Nexus, PoderData y CNT/MDA también registran una diferencia de entre uno y dos puntos favorable a Bolsonaro en la mayoría de los casos.
La interpretación más prudente es que existe una ventaja numérica, pero no una ventaja estadísticamente concluyente. Con márgenes de error cercanos a dos puntos, un resultado de 51% a 49% puede describir tanto una victoria ajustada de Bolsonaro como una elección empatada o incluso una leve remontada de Lula. El promedio de los sondeos, situado aproximadamente en 51% para el senador y 49% para el presidente, sirve para medir el clima de la contienda, no para anticipar con seguridad el resultado.
El voto que falta por definir
La primera vuelta dejó fuera de la disputa presidencial a casi 48 millones de electores que votaron por otras candidaturas, optaron por el voto blanco o nulo, o no acudieron a las urnas. Ese conjunto no constituye un bloque homogéneo ni puede trasladarse automáticamente a uno de los finalistas. Incluye ciudadanos ideológicamente próximos a Bolsonaro o a Lula, pero también votantes desencantados que podrían abstenerse de nuevo.
La movilización será, por tanto, tan importante como la persuasión. Lula ha reforzado su campaña en el nordeste y entre los sectores de menores ingresos, vinculando su candidatura con los programas sociales y con la defensa de la democracia. Bolsonaro busca convertir la elección en un plebiscito sobre la gestión actual, apoyándose en el malestar por la economía y la inseguridad. Sus principales fortalezas territoriales se concentran en el sur y el sureste, además del electorado conservador y evangélico.
La clave no está únicamente en quién gane nuevos apoyos, sino en quién logre reducir sus pérdidas. En una carrera tan polarizada, convencer a una gran masa de indecisos puede ser menos decisivo que impedir la desmovilización de los votantes propios. Una pequeña variación en la participación regional puede alterar el equilibrio nacional incluso sin cambios importantes en las preferencias declaradas.
Dos proyectos construidos sobre legados enfrentados
Lula, de 80 años, aspira a un cuarto mandato no consecutivo y presenta su candidatura como la continuidad de una agenda social y democrática. Su trayectoria sigue siendo un activo entre quienes recuerdan la expansión de políticas de ingresos durante sus gobiernos, pero también un punto de conflicto para sus adversarios. El presidente estuvo encarcelado durante 580 días entre 2018 y 2019 por condenas relacionadas con corrupción.
Las condenas fueron anuladas posteriormente por la justicia brasileña debido a graves fallos procesales y a la falta de competencia de la jurisdicción que llevó los casos. La decisión no equivalió a una declaración judicial de inocencia sobre los hechos investigados: los procesos quedaron invalidados por vulneraciones de las garantías constitucionales y, al ser trasladados a Brasilia, terminaron prescribiendo por la edad avanzada del mandatario. Esta distinción continúa alimentando dos relatos políticos incompatibles sobre su figura.
Flávio Bolsonaro, senador e hijo del expresidente Jair Bolsonaro, se presenta como el heredero electoral de una corriente conservadora consolidada durante los últimos años. Su campaña aprovecha la identificación familiar, el rechazo a Lula y la percepción de que el Gobierno no ha resuelto problemas cotidianos como la violencia y el coste de vida. Al mismo tiempo, esa dependencia del legado paterno puede limitar su capacidad para atraer a votantes moderados que buscan una alternativa al enfrentamiento permanente.
Una elección que medirá la resistencia de la polarización
El desenlace tendrá una lectura que irá más allá de la identidad del ganador. Una victoria de Lula confirmaría la capacidad de una izquierda todavía competitiva para retener el poder mediante una alianza entre el nordeste, los sectores populares y parte del centro democrático. Un triunfo de Flávio Bolsonaro demostraría que el desgaste del Gobierno y la fuerza del conservadurismo pueden superar la ventaja histórica que suele beneficiar al candidato que termina primero en la primera vuelta.
Brasil llega así a una votación en la que las encuestas describen mejor la fragilidad del equilibrio que una dirección irreversible. La primera ronda dio a Bolsonaro una ventaja y la historia electoral dificulta remontar desde el segundo puesto, pero el margen actual es demasiado reducido para convertir esa tendencia en un pronóstico. El resultado dependerá de la capacidad de cada candidatura para transformar una preferencia estrecha en una mayoría efectiva cuando millones de brasileños decidan si votar, por quién hacerlo y con qué urgencia.