Brasil afronta este domingo una de las elecciones presidenciales más inciertas desde la restauración democrática de 1985. La última encuesta de Datafolha sitúa a Flavio Bolsonaro al frente con el 51% de las preferencias frente al 49% de Luiz Inácio Lula da Silva, una diferencia que se encuentra dentro de un margen estrecho y que confirma la extrema competitividad de la segunda vuelta.
El sondeo, elaborado a partir de entrevistas realizadas entre el viernes y el sábado, registra un leve desplazamiento respecto de la medición publicada el jueves, que reflejaba un empate del 50% para cada candidato. La variación no altera el diagnóstico central: ningún aspirante dispone de una ventaja suficientemente amplia para considerar asegurada la victoria.
Una campaña trasladada a las calles
La jornada previa a la votación estuvo marcada por una intensa movilización política y social. Río de Janeiro concentró actos multitudinarios de ambos bloques, mientras São Paulo y Belo Horizonte también acogieron manifestaciones numerosas. En un acto celebrado en Río, Lula sostuvo que la ciudadanía había asumido la responsabilidad de hacer campaña y presentó la participación popular como una pieza decisiva para revertir el resultado de la primera vuelta.
El presidente busca obtener un cuarto mandato y gobernar hasta los 85 años. Su discurso intenta convertir la elección en una disputa entre dos proyectos de país, pero también en una demostración de capacidad de movilización. La asistencia a los mítines, sin embargo, no se traduce automáticamente en votos: la participación efectiva, la transferencia de apoyos de los candidatos eliminados y la asistencia a las urnas serán factores más determinantes que el tamaño de las concentraciones.
Bolsonaro, por su parte, recurrió a una simbología religiosa y de confrontación partidaria. Durante su acto en Río recitó un Padre Nuestro en el que la petición “líbranos del mal” fue reemplazada por “líbranos del PT”, en referencia al Partido de los Trabajadores de Lula. El gesto resume una estrategia electoral basada en presentar al adversario como una amenaza política y cultural, más que como un competidor convencional.

El nordeste, la pieza que puede inclinar la balanza
La atención de la campaña también se concentró en el nordeste, una de las dos regiones más pobres de Brasil y uno de los principales bastiones electorales del PT. Ocho millones de ciudadanos de esa zona no votaron en la primera vuelta, un nivel de abstención que abrió una oportunidad estratégica para Lula: recuperar una parte de esos electores podría compensar la ventaja obtenida por Bolsonaro en otros territorios.
El traslado de votantes desde diferentes puntos del país mediante autobuses se convirtió en una de las operaciones más visibles de las últimas horas. La iniciativa refleja una realidad específica del sistema brasileño: en una elección tan equilibrada, no basta con convencer a los indecisos. También es necesario reducir la abstención entre los grupos que ya tienen una inclinación política definida.
La movilización del electorado nordestino enfrenta, no obstante, límites logísticos y políticos. El desplazamiento de personas puede facilitar la participación, pero no garantiza que todos los votantes convocados acudan a las urnas ni que el comportamiento de la región se repita de manera uniforme. Además, la intensidad de la campaña puede aumentar la polarización sin modificar sustancialmente las preferencias de quienes ya han decidido su voto.
La “virada” que Lula necesita
Bolsonaro ganó la primera vuelta hace tres semanas por 47% frente al 45% de Lula. La reducción de la diferencia en los sondeos posteriores constituye para el presidente una señal de que la remontada, la “virada”, es posible. Pero la historia reciente de Brasil introduce un obstáculo relevante: nunca un candidato derrotado en la primera vuelta durante la actual etapa democrática consiguió imponerse en el balotaje.
Ese precedente no determina el resultado, aunque sí muestra la magnitud del desafío. Lula debe transformar una mejora demoscópica en una ventaja efectiva en las urnas, y para ello necesita atraer apoyos de los candidatos que quedaron fuera, contener la abstención y mantener la disciplina electoral de su base. Cada uno de esos objetivos depende de variables diferentes y puede verse afectado por la participación territorialmente desigual.
La derecha interpreta la estrechez de las encuestas de otro modo. Sus dirigentes sostienen que existe un voto oculto favorable a Bolsonaro que los estudios no estarían captando. Esa hipótesis es difícil de verificar antes del escrutinio, pero revela el principal problema de las mediciones actuales: cuando la diferencia se sitúa en apenas dos puntos, pequeños errores de muestra o cambios en la participación pueden alterar el desenlace.
Una elección que excede a sus candidatos
El balotaje no solo definirá quién ocupará la Presidencia, sino también la orientación política de una de las mayores economías del mundo. Una victoria de Bolsonaro reforzaría el giro a la derecha que ya se observa en distintos países latinoamericanos. Un triunfo de Lula, en cambio, mantendría a Brasil como uno de los principales contrapesos regionales frente a esa tendencia y convertiría su regreso en un hecho político de alcance continental.
La noche del sábado transcurrió sin una jornada de reflexión obligatoria. Hogares, salones, clubes y playas se llenaron de celebraciones antes de la votación. Esa atmósfera festiva convive con una campaña profundamente polarizada y con un electorado consciente de que el resultado puede modificar el equilibrio ideológico de América Latina.
La última palabra la tendrán los votantes que decidan participar y aquellos que aún conserven dudas. Con una diferencia mínima en los sondeos, la elección se resolverá menos por la capacidad de los candidatos para producir grandes imágenes de campaña que por su eficacia para convertir apoyos potenciales en votos depositados. En Brasil, la distancia entre una victoria y una derrota puede caber en unos pocos puntos porcentuales, pero sus consecuencias políticas serán mucho mayores.