Brasil afrontó este domingo la última jornada de una elección presidencial marcada por una polarización extrema, con acusaciones de interferencia electoral, dificultades en el transporte público y una disputa política que se mantuvo abierta hasta el momento de votar. Luiz Inácio Lula da Silva y Flávio Bolsonaro compiten por la Presidencia en una segunda vuelta de resultado incierto, después de una campaña prácticamente igualada y atravesada por una movilización intensa para atraer o disuadir a los electores.
La disputa por los autobuses reveló la tensión del día
El episodio más grave se produjo en Salvador, capital de Bahía, donde alrededor de 75 autobuses, según las primeras informaciones, permanecieron en las cocheras por llevar pegatinas con el número 13, correspondiente a la candidatura de Lula y al Partido de los Trabajadores. Folha de Sao Paulo elevó posteriormente la cifra a 252 vehículos. La paralización afectó a un servicio que debía ser gratuito durante la jornada electoral y provocó retrasos precisamente en un estado donde la izquierda suele contar con una base electoral amplia.
Maurício Kertzman Szporer, presidente del Tribunal Regional Electoral, ordenó la detención inmediata de Pablo Souza, secretario de Movilidad de Salvador. El funcionario no fue localizado porque se encontraba en París. El transporte comenzó a normalizarse después de que los conductores retiraran las pegatinas. Situaciones de intensidad variable también fueron denunciadas en Sao Paulo, Maceió, Belém, Recife, Teresina y Sao Gonzalo, con usuarios que reportaron demoras y cobros de billetes pese a la gratuidad anunciada.

El alcalde de Salvador, Bruno Reis, dirigente de una formación de derechas aliada con el bolsonarismo, justificó la medida alegando que los sindicalistas pretendían obligar a que todos los autobuses circularan con símbolos de Lula. “Eso es un delito electoral”, afirmó. La explicación, sin embargo, no elimina la controversia central: en una elección donde el acceso físico a las urnas puede definir márgenes estrechos, cualquier interrupción del transporte deja de ser un asunto administrativo y adquiere una dimensión política inmediata.
Cuando votar depende de llegar al colegio electoral
Las dificultades resultan potencialmente más perjudiciales para la izquierda porque una parte importante de sus votantes depende del transporte público. No se trata solo de una diferencia logística entre candidatos. La gratuidad del servicio buscaba reducir los obstáculos económicos y territoriales para acudir a votar; por ello, los problemas en las rutas podían afectar de manera desigual a barrios populares y zonas periféricas, donde Lula conserva buena parte de su apoyo.
La intervención de la Justicia electoral mostró hasta qué punto la jornada dejó de ser una simple operación de cierre de campaña. Las autoridades tuvieron que decidir si las pegatinas constituían propaganda irregular y, al mismo tiempo, garantizar que la retirada de ese material no terminara bloqueando un servicio esencial. El dilema expone una fragilidad institucional: cuando los símbolos partidarios aparecen ligados a la circulación de autobuses, cada decisión administrativa puede interpretarse como una acción a favor o en contra de una candidatura.
Los candidatos mantuvieron la campaña hasta el último minuto
Lula votó en Sao Bernardo do Campo, en la periferia de Sao Paulo, y lanzó una de sus descalificaciones más duras contra su rival. Dijo que nunca había imaginado disputar una elección con alguien tan descalificado moral y éticamente y lo acusó de ser un “miliciano” educado para mentir. Después del voto, un periodista que lo describió como desanimado recibió un insulto de Janja, la esposa del presidente, en un incidente que añadió tensión a una comparecencia ya cargada de confrontación.
Flávio Bolsonaro votó en Río de Janeiro y presentó la elección como una oportunidad de ruptura. Afirmó que la vida de los brasileños había empeorado y enumeró preocupaciones sobre inseguridad, robos, inflación cotidiana y dificultad para pagar las facturas. Su mensaje fue también una llamada a la movilización: pidió a sus seguidores salir a votar sin importar las condiciones meteorológicas.
En Miami, su hermano Eduardo Bolsonaro, exdiputado y autoexiliado desde el año pasado, fue recibido con ovaciones en el consulado brasileño. Allí intentó rebajar el alcance de unas declaraciones anteriores en las que había sugerido el envío de marines estadounidenses a Brasil si Flávio perdía, calificándolas de broma. Aun así, sostuvo que quienes trabajan por la libertad tienen miedo de vivir en el país, una afirmación que prolongó el tono de amenaza y excepcionalidad presente en la campaña.
Una segunda vuelta que puede alterar una regla histórica
Las urnas fueron convocadas para 159 millones de brasileños. Las encuestas previas describían un empate técnico, después de que Bolsonaro obtuviera el 47% en la primera vuelta frente al 45% de Lula. Desde el inicio de la actual etapa democrática, en 1985, ningún candidato que terminó segundo en la primera ronda consiguió imponerse en la segunda. Lula intenta quebrar esa secuencia y alcanzar una cuarta Presidencia, a una edad en la que gobernaría entre los 81 y los 85 años.
Su campaña mejoró tras los errores evidentes de la primera vuelta, pero Bolsonaro llega con dos activos: la posibilidad de un voto oculto que no aparece en los sondeos y el impulso regional de varias derechas latinoamericanas. La izquierda ha insistido en que el senador de 45 años carece de experiencia laboral fuera de la política y que su posición depende de ser hijo de Jair Bolsonaro, actualmente encarcelado por liderar un intento fallido de golpe de Estado. Flávio ha prometido amnistiarlo si llega al poder.
La paradoja es que, pese a esas vulnerabilidades, Bolsonaro logró sostener una campaña sin grandes errores, con buenas apariciones televisivas y una propuesta de futuro más fácil de comunicar que la de Lula. El desenlace no decidirá únicamente quién ocupará el Palacio de Planalto. También establecerá si Brasil prolonga la hegemonía política de un líder nacido en la pobreza y forjado en el sindicalismo o si devuelve el poder al clan Bolsonaro, en un giro de 180 grados para una de las mayores democracias y economías de América Latina.