Brasil vota entre dos proyectos y define el peso de sus alianzas internas y externas

Brasil vota entre dos proyectos y define el peso de sus alianzas internas y externas

Brasil llega este domingo a un balotaje que excede la elección de un nuevo presidente. Más de 158 millones de ciudadanos están habilitados para decidir entre Luiz Inácio Lula da Silva y Flávio Bolsonaro, en una disputa que combina una diferencia mínima en las encuestas, un electorado todavía abierto y dos visiones contrapuestas sobre el papel del país en Sudamérica y en el escenario internacional. El resultado no solo determinará quién ocupará el Palacio del Planalto, sino también qué coalición social y política tendrá capacidad para orientar el rumbo brasileño desde el 5 de enero de 2027.

Una ventaja inicial que no alcanza para explicar el desenlace

La primera vuelta dejó una fotografía de alta competencia: Bolsonaro obtuvo el 47% de los votos, frente al 45% de Lula, el 4 de octubre. La distancia es suficientemente estrecha como para que el resultado final dependa menos de una transferencia automática de votos que de la capacidad de cada campaña para movilizar a sus propios simpatizantes y atraer a quienes optaron por otras candidaturas.

Augusto Cury quedó tercero, seguido por Renan Santos y Ronaldo Caiado. En conjunto, esos candidatos reunieron cerca del 9% de los sufragios, un volumen que puede alterar el equilibrio si se distribuye de manera desigual entre los dos finalistas. A ese caudal deben sumarse los votos en blanco y nulos, además de la abstención, cuya magnitud puede ser determinante en una elección tan ajustada. La pregunta central ya no es solamente quién tiene más apoyos, sino quién logra convertir una preferencia potencial en un voto efectivo.

Brasil vota entre dos proyectos y define el peso de sus alianzas internas y externas

Los votos que pueden inclinar la balanza

La disputa por los electores que no quedaron alineados en la primera vuelta se concentra en territorios y grupos con comportamientos políticos diversos. En el estado de Río de Janeiro viven más de 2,1 millones de personas en favelas, un universo social que los candidatos buscan seducir con mensajes vinculados a seguridad, oportunidades y presencia estatal. Sin embargo, no existe un voto homogéneo en esos barrios: las prioridades económicas, la relación con las iglesias y la percepción sobre la violencia pueden producir decisiones distintas dentro de una misma comunidad.

El voto religioso aparece como otro campo de ventaja para Bolsonaro. Su discurso conecta con sectores conservadores que observan la elección como una disputa cultural además de política. Lula, en cambio, procura ampliar su base mediante una imagen de experiencia de gobierno y defensa de políticas sociales. La elección también prestará especial atención al voto indígena, cuya participación la Justicia electoral brasileña buscó garantizar, y a los sufragios emitidos en el exterior. La comunidad brasileña residente en la Argentina, numerosa y políticamente diversa, será una de las más observadas.

Los dos debates previos al balotaje reforzaron estilos opuestos. Bolsonaro adoptó un tono acusatorio, mientras Lula exhibió una capacidad discursiva que sus aliados consideran intacta pese a su avanzada edad. En el tramo final, ambos equipos intentaron cuestionar la candidatura rival ante la Justicia, aunque sin conseguir hasta ahora una decisión que modificara la competencia. En ese contexto, la participación puede pesar tanto como la persuasión: una campaña que logre desalentar al adversario o movilizar a sus propios votantes puede obtener una ventaja decisiva sin cambiar sustancialmente las preferencias declaradas.

La elección que puede redefinir la posición de Brasil

La política exterior no ocupó un lugar central en la campaña de la primera vuelta, pero el balotaje también resolverá el grado de acercamiento de Brasil a Estados Unidos durante la presidencia de Donald Trump. Flávio Bolsonaro pertenece a una derecha regional en expansión y aparece alineado con los gobiernos de la Argentina, Bolivia, Chile, Colombia, Ecuador y Perú, identificados en el texto de campaña con posiciones favorables a Washington. Lula, por su parte, defiende el multilateralismo y una relación comercial abierta con distintos socios, entre ellos China, durante años el principal socio comercial del gigante sudamericano.

La diferencia no es meramente diplomática. Washington impulsa la iniciativa Escudo de las Américas, centrada en la lucha contra el crimen organizado y asociada a una estrategia de influencia económica y militar en Sudamérica. La relación entre Brasil y Estados Unidos ya produjo tensiones visibles: en julio, el gobierno republicano sancionó a un juez que había declarado culpable a Jair Bolsonaro por intento de golpe de Estado y le impuso una condena de 27 años de prisión. Las sanciones fueron levantadas después de negociaciones con Lula, un episodio que mostró cómo las decisiones externas pueden impactar directamente sobre la política interna brasileña.

El antecedente del gobierno de Jair Bolsonaro también alimenta las dudas sobre el margen de negociación de Brasil. Durante su mandato, el país renunció a su estatus de “país en desarrollo” en la Organización Mundial del Comercio a cambio de una promesa estadounidense de apoyo a su ingreso en la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico. La candidatura no se concretó, como tampoco se materializó la posibilidad de obtener privilegios de la OTAN mencionada por Trump. Para los críticos de esa orientación, esos episodios muestran el riesgo de intercambiar posiciones estratégicas por compromisos políticos de cumplimiento incierto.

El Congreso y el indulto como primera prueba de poder

La eventual victoria de Flávio tendría una consecuencia inmediata: el candidato prometió indultar a su padre el día de su asunción, el 5 de enero de 2027, si es elegido. No se trata solo de una declaración de campaña. El Partido Liberal, identificado con el bolsonarismo, obtuvo 28 de las 81 bancas del Senado y 121 de las 513 de la Cámara de Diputados en la primera vuelta legislativa. Además, sumará 24 diputados respecto de los elegidos en 2022, mientras nueve senadores del partido tienen mandato vigente hasta 2030.

Ese respaldo parlamentario podría facilitar la agenda del nuevo gobierno, aunque no elimina la necesidad de negociar con otras fuerzas. Un indulto presidencial, sobre todo en un caso asociado a un intento de ruptura institucional, enfrentaría un fuerte debate jurídico y político. Para Lula, el desafío sería diferente: gobernar con un Congreso en el que la derecha ganó posiciones y construir acuerdos sin desdibujar su programa.

Así, la elección se define en tres planos simultáneos: el margen estrecho dejado por la primera vuelta, la movilización de grupos capaces de inclinar el resultado y el modelo de poder que emergerá después de las urnas. Brasil no solo elegirá entre Lula y Flávio Bolsonaro; decidirá también cuánto espacio concede a cada proyecto dentro de sus instituciones y qué lugar ocupará el país entre Washington, China y sus vecinos sudamericanos.