Cuando el crimen no ofrece respuestas fáciles: lo que plantea Ana Covadonga Castro sobre el mal y nuestros juicios

Cuando el crimen no ofrece respuestas fáciles: lo que plantea Ana Covadonga Castro sobre el mal y nuestros juicios

La historia de Ana Covadonga Castro puede parecer, a primera vista, la de una profesional con una trayectoria poco habitual: inspectora de Policía, psicóloga, escritora de novela negra y madre de dos hijos. Sin embargo, su relevancia para cualquier lector va más allá de esa combinación de oficios. Su reflexión sobre el mal, la responsabilidad y las zonas grises toca una pregunta cotidiana: ¿cuánto necesitamos entender a una persona antes de juzgarla y en qué momento comprender deja de ser una forma de justificar?

Castro trabaja en un grupo de investigación policial y utiliza esa experiencia para construir tramas verosímiles. A los 36 años ha publicado tres novelas, la última de ellas, El último tormento, editada por Espasa en 2026. Su conocimiento de la investigación criminal no procede únicamente de la documentación literaria: forma parte de su trabajo diario. Esa conexión permite que sus novelas acerquen al público a la complejidad real de los casos, donde rara vez existen respuestas inmediatas o personajes completamente puros.

Cuando el crimen no ofrece respuestas fáciles: lo que plantea Ana Covadonga Castro sobre el mal y nuestros juicios

La noticia también habla de cómo juzgamos

El elemento central de su nueva obra es la existencia de tres bandos: la Policía, los antagonistas y un grupo situado en una zona moral ambigua. No se trata solo de una decisión narrativa. En una sociedad marcada por la polarización, la propuesta invita a observar cómo construimos nuestras opiniones sobre los demás. Las etiquetas de “buenos” y “malos” facilitan la conversación, pero también pueden ocultar motivaciones, responsabilidades compartidas y decisiones difíciles de clasificar.

Para el lector, esa perspectiva tiene una consecuencia concreta. La novela negra deja de ser únicamente un entretenimiento basado en descubrir al culpable y se convierte en un ejercicio de revisión personal. Podemos sentir empatía por alguien que ha tomado decisiones cuestionables sin aprobar sus actos. También podemos reconocer que una persona presentada como protectora o legítima puede actuar de manera injusta. Separar la comprensión de la absolución es una habilidad importante dentro y fuera de la ficción.

El mal no siempre encaja en una explicación

La experiencia de Castro como policía y psicóloga la ha llevado a buscar causas para la conducta criminal, pero también a aceptar que no todos los casos ofrecen una explicación satisfactoria. Su frase, “a veces el mal existe porque sí”, resulta incómoda precisamente porque contradice una necesidad muy extendida: creer que todo comportamiento extremo nace de una historia previa que lo vuelve comprensible.

Buscar antecedentes, traumas o condiciones sociales puede ayudar a entender una conducta y a prevenir futuros delitos. Pero encontrar factores de riesgo no elimina la responsabilidad individual ni convierte una explicación en una excusa. La autora señala además que ha conocido criminales con rasgos narcisistas que se atribuyen una autoridad moral absoluta, como si tuvieran derecho a decidir sobre la vida de otra persona. Esa observación recuerda que algunos agresores no se perciben a sí mismos como malvados: creen estar legitimados. Precisamente por eso, confiar solo en la imagen que alguien tiene de sí mismo puede ser peligroso.

Por qué importa fuera de una novela

Esta discusión afecta a la forma en que consumimos noticias sobre delitos. Cuando aparece un caso grave, las redes sociales suelen exigir una explicación rápida, un culpable claramente identificable y una sentencia moral inmediata. La conversación pública puede pasar de la indignación legítima a la simplificación, especialmente cuando se difunden detalles incompletos o versiones sin confirmar.

La mirada que propone Castro no pide neutralidad frente a la violencia ni una falsa equivalencia entre víctimas y agresores. Pide algo más exigente: mantener la capacidad de juzgar los hechos sin convertir a las personas en caricaturas. Para las víctimas, esto significa que comprender al agresor nunca debe desplazar el reconocimiento del daño sufrido. Para quienes siguen la actualidad, implica distinguir entre información comprobada, interpretación y especulación. Para quienes trabajan en seguridad, justicia o salud mental, plantea la dificultad de intervenir ante conductas dañinas incluso cuando no existe una causa única que las explique.

Dos formas de vivir la maternidad, sin idealizarla

La maternidad ocupa también un lugar importante en El último tormento a través de Micaela y Lucía, dos protagonistas vinculadas a sus hijas y con maneras distintas de ejercer el cuidado. El interés de esta elección está en que no presenta la maternidad como una experiencia uniforme ni necesariamente idealizada. Puede despertar fortaleza, miedo, sacrificio, conflicto y decisiones contradictorias al mismo tiempo.

Ese enfoque resulta reconocible para muchas familias porque evita dos simplificaciones frecuentes: presentar a las madres como figuras abnegadas sin límites o convertirlas en responsables de todos los problemas domésticos. Al incorporar la conciliación familiar y las violencias contra las mujeres dentro de una trama criminal, la autora conecta asuntos privados con estructuras sociales más amplias. La investigación policial no ocurre en un vacío: también está atravesada por relaciones familiares, desigualdades y oportunidades distintas para protegerse o ser escuchado.

Una carrera que cuestiona la idea de elegir un solo camino

La trayectoria de Castro ofrece además un mensaje práctico para lectores que sienten que su vida profesional no sigue una línea definida. Llegó a la Policía a los 22 años, ascendió a la Escala Ejecutiva, estudió Psicología y recuperó su vocación literaria durante el permiso de maternidad, cuando escribía mientras dormía su primera hija. No presenta una fórmula aplicable a todo el mundo, pero sí muestra que una vocación puede reaparecer en una etapa inesperada y convivir con otras responsabilidades.

La lección no consiste en acumular profesiones, sino en entender que las experiencias pueden reforzarse entre sí. La psicología aporta herramientas para observar la mente humana; la Policía, contacto con conflictos concretos; la escritura, distancia para explorarlos; y la maternidad, otra perspectiva sobre el cuidado y la vulnerabilidad. Para el lector, acercarse a esta obra significa entrar en una historia policial, pero también aceptar una pregunta menos cómoda: cuando la frontera entre el bien y el mal se vuelve borrosa, ¿seguimos pensando con rigor o solo buscamos a alguien a quien condenar?