Cuba genera menos electricidad mientras la crisis económica oculta el verdadero tamaño del déficit

Cuba genera menos electricidad mientras la crisis económica oculta el verdadero tamaño del déficit

La crisis eléctrica cubana ya no puede medirse únicamente por la duración de los apagones o por el número de megavatios que la Unión Eléctrica anuncia cada día. El problema más profundo es que el país produce menos electricidad que hace dos décadas, incluso después de haber perdido industrias, turistas y habitantes. La contracción de la demanda no ha aliviado el sistema: en buena medida, ha ocultado el deterioro de una infraestructura incapaz de sostener una recuperación económica.

Una paradoja construida durante años

En 2006, las centrales termoeléctricas cubanas produjeron 15.511 gigavatios-hora. La generación aumentó hasta alcanzar unos 20.000 GWh en 2015, impulsada por la expansión de grupos electrógenos alimentados con diésel y fueloil. Aquel crecimiento no resolvió las debilidades estructurales del modelo, pero permitió ampliar temporalmente la oferta y reducir la dependencia de las grandes plantas envejecidas.

El punto máximo llegó en 2018, cuando la generación nacional alcanzó 20.837 GWh. Después comenzó el retroceso. En 2025, la producción había caído a 14.100 GWh, aproximadamente un 32% menos que siete años antes y por debajo del nivel registrado en 2006. Los datos de 2026 apuntan a un deterioro adicional, mientras los cortes se prolongan durante días en distintas zonas del país.

Cuba genera menos electricidad mientras la crisis económica oculta el verdadero tamaño del déficit

La paradoja consiste en que Cuba debería necesitar menos electricidad que antes. Una fábrica cerrada deja de consumir energía; un hotel con baja ocupación reduce su demanda; una familia que emigra disminuye el consumo de su vivienda. Sin embargo, esa menor presión sobre la red no se traduce en un servicio más estable. La razón es que la oferta efectiva se ha desplomado con mayor rapidez que la demanda real y, además, el país ha perdido buena parte de su capacidad para producir cuando la economía vuelva a crecer.

La capacidad instalada no equivale a electricidad disponible

Las autoridades sitúan la capacidad instalada cubana entre 6.600 y 7.200 megavatios, una cifra que, en teoría, duplica la demanda máxima actual, situada algo por encima de 3.000 MW. Pero la potencia nominal de una central solo indica lo que podría producir en condiciones ideales. No refleja los años de funcionamiento, el estado de las turbinas, la disponibilidad de combustible ni el tiempo que los equipos permanecen fuera de servicio por averías.

La diferencia se vuelve evidente en los partes diarios. Para el 18 de octubre, la Unión Eléctrica preveía apenas 920 MW de disponibilidad frente a una demanda máxima de unos 2.800 MW, lo que suponía un déficit anunciado de 1.880 MW. Si la demanda se situara en los 3.500 MW que las autoridades consideraban históricamente normales, el faltante ascendería a 2.580 MW, un 37% más. El dato revela que el descenso del consumo funciona como una pantalla estadística: reduce el tamaño aparente del déficit, pero no repara ninguna central.

La comparación entre potencia y energía resulta decisiva. Un sistema puede anunciar miles de megavatios instalados y entregar muy pocos gigavatios-hora a lo largo del año si sus unidades sufren interrupciones permanentes. Por eso, un parte que informa de la capacidad disponible durante una hora punta no permite conocer cuánta electricidad se suministró realmente durante un mes ni cuánto consumo quedó sin atender por los apagones.

El deterioro productivo y el círculo de la escasez

La caída del consumo por habitante confirma que no se trata solo de una reducción demográfica. En 2019, cada cubano utilizaba alrededor de 1.541 kilovatios-hora anuales; cinco años después, la cifra había bajado a 1.435, cerca de un 7% menos. La población disminuye, pero también disminuye la electricidad disponible para quienes permanecen en la Isla.

La composición del consumo muestra las consecuencias económicas. En 2024, los usuarios residenciales utilizaron 8.843 GWh, aproximadamente el 63% de la electricidad facturada, mientras las entidades estatales consumieron 4.570 GWh. El predominio residencial no significa que los hogares estén recibiendo un servicio abundante. Indica que la industria y otros sectores productivos han perdido peso, mientras las viviendas absorben una proporción mayor de una cantidad total cada vez más pequeña.

Los datos manufactureros ofrecen un contraste contundente. Entre 2021 y 2025, numerosos productos industriales registraron caídas de entre el 65% y el 98%. Una cementera paralizada consume menos electricidad, pero también deja de fabricar materiales para viviendas, carreteras y obras públicas. Una planta alimentaria cerrada reduce su factura energética, aunque agrava la escasez de alimentos y obliga a buscar productos importados o racionados. En estas condiciones, el ahorro eléctrico no representa eficiencia: es la huella de una economía que dejó de producir.

El mecanismo puede convertirse en un círculo vicioso. La falta de electricidad obliga a detener máquinas y reducir turnos; la menor producción disminuye el consumo registrado; las estadísticas de demanda más baja pueden utilizarse para justificar que no se amplíe la oferta; y la red continúa perdiendo capacidad. Cuando el suministro se normalice, si llega a ocurrir, la infraestructura productiva no estará necesariamente preparada para responder porque años de interrupciones, falta de piezas y descapitalización también habrán debilitado las empresas.

La generación distribuida perdió su papel de respaldo

Los grupos electrógenos fueron durante una etapa el principal complemento de las termoeléctricas. Según las estadísticas oficiales, produjeron más de 5.900 GWh en 2021, pero apenas 2.095 GWh en 2024. La caída supera el 64% y coincide con el deterioro de los equipos y las restricciones de combustible.

La pérdida es especialmente grave porque la generación distribuida debía aportar flexibilidad cuando una gran central quedaba fuera de servicio. Si los motores pequeños también están averiados o no reciben combustible, el sistema pierde simultáneamente sus dos líneas de defensa: las plantas centrales, envejecidas y sometidas a un crudo corrosivo, y los grupos de emergencia, dispersos por el territorio pero cada vez menos operativos.

La escasez de combustible agravó el problema después de la reducción de los suministros venezolanos. No obstante, atribuir toda la crisis a las sanciones estadounidenses o a la pérdida de aliados energéticos resulta insuficiente. El propio ministro de Energía y Minas ha señalado que la producción de crudo nacional se mantiene estable. El cuello de botella está también en las inversiones aplazadas, el mantenimiento insuficiente y la incapacidad de transformar un combustible disponible en generación confiable.

Las decisiones de inversión y el costo social

La asignación de recursos ayuda a explicar por qué el sistema llegó a este punto. Entre 2019 y 2024, cerca del 40% de la inversión nacional se concentró en hoteles, restaurantes y actividades inmobiliarias relacionadas con el turismo. En 2020, ese conjunto absorbió el 47,6% de las inversiones, frente al 9,4% destinado conjuntamente a electricidad, gas y agua.

La apuesta tenía una lógica financiera: el turismo podía generar divisas y atraer inversión. Pero la estrategia quedó expuesta cuando la ocupación hotelera no alcanzó las expectativas y la red eléctrica perdió capacidad. Construir instalaciones turísticas sin asegurar generación, combustible y mantenimiento produce activos difíciles de utilizar y desplaza recursos de sectores esenciales. Un hotel vacío no solo deja de ingresar divisas; también representa capital inmovilizado en un país que carece de fondos para reparar una turbina.

Los apagones tienen además un impacto desigual. Las familias con remesas pueden comprar baterías, generadores, alimentos que requieran menos refrigeración o servicios privados de transporte. Quienes dependen exclusivamente del salario estatal quedan más expuestos a la pérdida de alimentos, la interrupción del trabajo remoto, la imposibilidad de conservar medicamentos y el deterioro de las condiciones de estudio. La crisis energética se convierte así en un factor que amplía las diferencias sociales.

Una recuperación bloqueada antes de comenzar

Desde finales de 2025, el Gobierno extendió los planes obligatorios de ahorro al sector privado y, para marzo de 2026, más de 110.000 entidades habían recibido notificaciones sobre límites de consumo. Estas medidas pueden reducir temporalmente la carga de la red, pero también distorsionan cualquier lectura de las estadísticas. Una empresa que no utiliza la electricidad que necesita por orden administrativa no está consumiendo de forma eficiente: está operando por debajo de su capacidad.

La paradoja se observa también en el comercio de combustibles. En julio de 2026, las exportaciones estadounidenses hacia Cuba alcanzaron 3.222.000 barriles, principalmente diésel y gasolina, y en agosto marcaron otro récord, con 74,86 millones de dólares. Esos derivados, destinados en buena medida al sector privado, no sustituyen directamente el crudo utilizado por las termoeléctricas. Sin embargo, plantean preguntas relevantes sobre la distribución del combustible, sus beneficiarios y su capacidad real para sostener la actividad económica.

El deterioro eléctrico amenaza con prolongar la contracción mucho más allá de la emergencia inmediata. Sin series públicas sobre energía efectivamente entregada, consumo sectorial y electricidad perdida por interrupciones, resulta difícil calcular el costo productivo de los apagones o diseñar una política de recuperación. La cifra más importante no es solo la demanda que Cuba registra hoy, sino la electricidad que necesitaría si sus fábricas, comercios, hoteles, sistemas de alumbrado y hogares pudieran funcionar normalmente.

Mientras esa diferencia permanezca oculta, el país podrá presentar una demanda reducida como señal de menor necesidad energética. En realidad, puede estar describiendo una economía que consume menos porque produce menos y una población que ha aprendido a vivir con restricciones. La crisis eléctrica cubana no es únicamente un problema de suministro: es el resultado visible de décadas de mantenimiento postergado, prioridades de inversión discutibles y pérdida de capacidad productiva. Sin una reconstrucción sostenida de la red y de la economía que debe utilizarla, cada descenso adicional de la demanda será menos una buena noticia que una evidencia de deterioro.