El agua como crisis pública y moneda electoral

El agua como crisis pública y moneda electoral

La crisis hídrica en México expone una contradicción persistente: los partidos exigen respuestas inmediatas cuando gobierna el adversario y apelan a rezagos históricos cuando la responsabilidad recae en sus propias administraciones. El deterioro de las redes, la falta de suministro y los episodios de contaminación atraviesan gobiernos de distintos signos, pero el discurso político cambia según quién deba rendir cuentas.

El agua como crisis pública y moneda electoral

La doble vara

En 2024, ante las denuncias por agua contaminada en Benito Juárez, Clara Brugada pidió esperar investigaciones y acusó a opositores de politizar el problema. Ya en el gobierno de Ciudad de México, reconoció que persistían zonas sin acceso garantizado y que Iztapalapa sufría una paradoja recurrente: escasez durante el estiaje e inundaciones con las lluvias. En Ecatepec, la Suprema Corte ordenó garantizar el suministro a vecinos que llevaban años reclamándolo.

En Jalisco, Morena adoptó el tono opuesto. Diputados federales exigieron declarar una crisis sanitaria por la calidad del agua en Guadalajara y responsabilizaron a Movimiento Ciudadano. El reclamo coincide con la disputa interna rumbo a 2027, cuando aspirantes morenistas a coordinar estructuras municipales incorporaron el agravio hídrico a sus discursos. La denuncia legítima puede convertirse así en presencia territorial y, después, en capital electoral.

El PRI también redujo un problema acumulado durante administraciones de varios partidos a una escena de confrontación en San Lázaro, con recipientes de líquido turbio y empujones. La consecuencia de esta estrategia es mayor que una disputa retórica: al convertir la salud pública en arma partidista, los actores políticos erosionan la posibilidad de acuerdos técnicos y de responsabilidades compartidas. La ciudadanía termina heredando redes deterioradas, respuestas tardías y una crisis que sobrevive a cada elección.