El canal de WhatsApp denominado “Ejército de Lula” superó los 10 millones de seguidores durante la recta final del balotaje presidencial brasileño y se consolidó como una de las principales herramientas de movilización de la campaña de Luiz Inácio Lula da Silva. La plataforma, creada y coordinada por el diputado federal André Janones, multiplicó su audiencia en apenas 17 días y pasó de ocupar un lugar marginal al cierre de la primera vuelta a situarse entre los canales más grandes de WhatsApp en Brasil.
El crecimiento se produjo después de la primera ronda electoral de octubre, cuando el canal contaba con aproximadamente 60.000 integrantes. La expansión, según los datos difundidos por la propia campaña, llevó al espacio digital a superar incluso las métricas de cuentas corporativas internacionales, entre ellas la de Netflix. El salto convirtió a una herramienta de comunicación política en un fenómeno de alcance masivo, aunque el volumen de suscriptores no permite medir por sí solo cuántos usuarios participaron activamente en las acciones promovidas.
De una audiencia reducida a una red nacional
La estrategia se apoyó en la capacidad de WhatsApp para distribuir mensajes directamente a los teléfonos de los simpatizantes, sin depender de los algoritmos de redes sociales abiertas ni de la exposición espontánea de las publicaciones. En un escenario electoral marcado por la disputa sobre la información y la velocidad de circulación de los contenidos, esa vía ofreció a la campaña oficialista un canal de alcance rápido y bajo control centralizado.
Janones ya había tenido un papel relevante en la coordinación de la comunicación digital del oficialismo durante la campaña de 2022. En esta nueva etapa, el diputado volvió a utilizar un formato basado en instrucciones breves, audios, videos y llamados a la acción. Las directivas solían comenzar con la consigna “¡Gente, urgente!” y eran presentadas como “misiones” para los seguidores.
El objetivo de esas tareas era ampliar la difusión de los mensajes favorables a Lula y responder a los contenidos impulsados por la oposición. Los participantes recibían orientaciones para compartir publicaciones, reforzar determinados argumentos o contrarrestar afirmaciones difundidas en otras plataformas. La lógica convertía a los simpatizantes en multiplicadores de una línea comunicacional definida desde el núcleo de campaña.

La disputa llegó al Tribunal Superior Electoral
La dimensión alcanzada por el canal generó una reacción judicial de la campaña de Flávio Bolsonaro, que presentó recursos ante el Tribunal Superior Electoral (TSE) para intentar suspender su funcionamiento. La oposición cuestionó el alcance de las operaciones de movilización y buscó que la Justicia Electoral estableciera límites a una herramienta capaz de distribuir instrucciones políticas a millones de personas en un período especialmente sensible.
Los pedidos no derivaron en la interrupción definitiva del canal. Las decisiones judiciales fueron contrapuestas y las impugnaciones no lograron frenar la actividad de “Ejército de Lula”. La controversia, lejos de reducir la visibilidad del espacio, contribuyó a instalarlo en el centro del debate público. Cada nuevo episodio judicial incrementó la atención sobre el canal y, de acuerdo con la evolución de sus cifras, coincidió con una aceleración en la llegada de nuevos usuarios.
El caso expuso además una dificultad regulatoria para las autoridades electorales: las herramientas de mensajería privada y los canales de difusión masiva ocupan una zona distinta a la de las redes sociales tradicionales. Aunque los contenidos pueden alcanzar una escala comparable a la de los medios públicos, su funcionamiento se apoya en relaciones de suscripción y distribución directa que complican la fiscalización en tiempo real. La disputa no se limitó, por tanto, a la campaña de Lula, sino que puso de relieve los desafíos institucionales de una elección cada vez más dependiente de plataformas digitales.
Movilización digital y resultado del balotaje
Dirigentes del Partido de los Trabajadores y analistas políticos atribuyeron al canal un papel importante en la recuperación de Lula después de la primera vuelta. La campaña llegó al balotaje en un escenario competitivo y necesitaba ampliar su capacidad de persuasión, especialmente entre electores que todavía no habían definido su voto. El sistema de “misiones” permitió ordenar a los seguidores alrededor de objetivos concretos y acelerar la circulación de los mensajes oficiales.
La campaña también combinó el trabajo del canal con actividades presenciales y transmisiones en vivo. Una de esas emisiones superó el millón y medio de espectadores simultáneos, un dato que fue presentado como una señal de la capacidad de la estructura digital para concentrar la atención en momentos decisivos. La coordinación entre la comunicación por WhatsApp, las redes abiertas y la movilización callejera creó una red de difusión con varios niveles de participación.
La influencia exacta del canal sobre el resultado electoral, sin embargo, no puede aislarse de otros factores. El voto final estuvo condicionado por la competencia entre los candidatos, la evaluación de la gestión de gobierno, la polarización política y la actividad territorial de las dos campañas. Tampoco existe, a partir de los datos disponibles, una medición independiente que permita atribuir a “Ejército de Lula” un número específico de votos o establecer una relación causal directa entre su crecimiento y la reelección presidencial.
Su relevancia reside en haber demostrado que la mensajería instantánea puede funcionar como una infraestructura política de gran escala. El canal no solo difundió contenidos, sino que organizó comportamientos coordinados y convirtió la rapidez de respuesta en una ventaja electoral. El episodio deja abierta una discusión sobre la transparencia de estas operaciones, los límites de la comunicación partidaria en plataformas privadas y la capacidad de los organismos electorales para supervisar campañas que se expanden mediante redes de usuarios.