El Canon Français nació en 2021 como una celebración de la mesa, la música popular y una determinada idea de la identidad francesa. En Béziers, esa fórmula alcanza una dimensión particularmente visible: unas 1.600 personas reunidas en una plaza de toros, seis cerdos asados, vino, charcutería, queso, banderas tricolores y un repertorio de símbolos que remiten a una Francia rural, católica, viril y orgullosa de sus costumbres. La organización presenta el encuentro como una fiesta apolítica. Sin embargo, la sucesión de controversias, las conexiones financieras del proyecto y la presencia de figuras de la derecha radical han convertido el banquete en un escenario de disputa sobre quién puede definir lo francés.
De la mesa tradicional a la identidad política
La comida ocupa un lugar central en la construcción de las identidades colectivas. Una receta, una bebida o una forma de sentarse a la mesa pueden parecer elementos privados, pero adquieren un significado político cuando se emplean para distinguir a quienes pertenecen de quienes quedan fuera. El Canon explota precisamente esa frontera simbólica. La promesa de un kilogramo de comida por persona y el imaginario de Astérix y Obélix ofrecen una representación sencilla y reconocible de la nación: comer juntos equivale a formar parte de una comunidad.
El problema no reside en que una asociación reivindique el cerdo, el vino o la música popular. El conflicto aparece cuando esos elementos se presentan como la expresión de una autenticidad nacional amenazada. El comentario de David, que rechaza ser considerado fascista porque come cerdo, revela la tensión de fondo. Su defensa parte de una acusación que circula en el espacio público, pero también confirma que el banquete ya no se interpreta únicamente como una celebración gastronómica. Cada gesto es leído a través de la polarización política que rodea el acontecimiento.
La vestimenta refuerza esa escenografía. Los tirantes, el polo blanco y la boina adornada con quince estrellas no son simples elecciones personales dentro del recinto. Funcionan como signos de pertenencia y como una puesta en escena de la continuidad entre las fiestas populares contemporáneas y una imagen idealizada del francés “verdadero”. Esa imagen, por definición, selecciona algunos rasgos y deja otros en segundo plano: la diversidad de los barrios urbanos, las familias de origen migrante, las tradiciones regionales no asimilables a un único relato o las formas actuales de convivencia.

El dinero que modificó la lectura del acontecimiento
La entrada de Odyssée Impact en el accionariado del negocio, con un 30% adquirido a finales de 2024, alteró la percepción del Canon. La operación vinculó una iniciativa presentada como cultural y festiva con Pierre-Édouard Stérin, multimillonario, cofundador de Smartbox y residente fiscal en Bélgica. Stérin dirige además Périclès, un proyecto que, según un documento interno difundido por L’Humanité, pretende combatir problemas que identifica con la inmigración y el islamismo.
La importancia de esa operación no depende solo de la intención declarada por el inversor o por los fundadores del Canon. También deriva del cambio de escala que introduce el capital político y financiero. Una fiesta local puede sobrevivir con el apoyo de sus participantes; una red de inversiones, eventos y organizaciones puede aspirar a transformar símbolos culturales en instrumentos de influencia. Cuando un empresario asociado a un programa ideológico participa en una actividad de estas características, la pregunta deja de ser si cada comensal milita en un partido. La cuestión pasa a ser qué ecosistema se está construyendo alrededor del evento, qué públicos busca atraer y qué ideas encuentran allí un espacio de normalización.
Géraud de la Tour afirma que el Canon es apolítico y que rechazó invitaciones de Reagrupación Nacional para organizar actos conjuntos. Esa posición merece ser distinguida de los hechos que la rodean. Una organización puede no estar formalmente integrada en un partido y, al mismo tiempo, desempeñar una función útil para un campo político: reunir a personas con malestar social, ofrecerles un lenguaje común y presentar determinadas ideas como expresiones espontáneas de sentido común. La influencia política no siempre adopta la forma de un mitin o de una candidatura.
Béziers como escenario de una derecha cultural
La elección de Béziers tampoco es neutral. La ciudad está gobernada por Robert Ménard, una de las figuras más controvertidas de la derecha francesa. Su intervención durante la cena transforma una reunión privada en una escena de autoridad política. La consigna sobre las mujeres, los toros y los policías condensa una visión de la sociedad basada en la tradición, el orden y una masculinidad exhibida como rasgo comunitario. El aplauso colectivo convierte ese discurso en una ceremonia de confirmación mutua.
La relación entre Ménard y el Canon adquiere mayor peso por el proceso judicial celebrado el 30 de septiembre, relacionado con su negativa a celebrar el matrimonio entre una francesa y un argelino en situación irregular. La Fiscalía solicitó una multa de 7.500 euros. El episodio muestra cómo los debates nacionales sobre inmigración, ciudadanía y autoridad administrativa penetran en los actos culturales locales. La plaza de toros ya no es solo el lugar donde se comparte una comida; es un espacio donde se dramatizan los límites de la pertenencia y los conflictos sobre la igualdad ante la ley.
El alcalde responde que la polémica nace de la intolerancia y que la inteligencia consiste en aceptar a quien es diferente. Esa defensa presenta el Canon como una expresión legítima de pluralismo. Pero aceptar la existencia de una fiesta no resuelve la discusión sobre los mensajes que transmite ni sobre la distribución del poder dentro de ella. El pluralismo exige que distintas identidades puedan participar en el espacio público, no que cualquier práctica quede protegida de la crítica por el simple hecho de invocar la tradición.
La radicalización de lo cotidiano
El vídeo en el que algunos asistentes aparecen supuestamente realizando el saludo nazi intensificó la controversia. Un gesto aislado no permite describir a todos los participantes, y sería metodológicamente débil convertir una imagen ambigua en una prueba total sobre el conjunto del público. Al mismo tiempo, ignorarlo porque la mayoría acudió a comer también sería una forma de minimizar el problema. En contextos de extrema polarización, los símbolos tienen una capacidad de contagio desproporcionada: una minoría puede modificar la interpretación pública de todo el acto.
La escena narrada desde Béziers muestra esa ambivalencia. Hay personas que aseguran no interesarse por la política, como Anaïs, pero que reconocen que una eventual victoria de Reagrupación Nacional podría cambiar normas que les incomodan, entre ellas la vacunación obligatoria del ganado en determinados brotes. Hay también asistentes que expresan frustración por el precio de la gasolina y anticipan una “revolución”, mientras declaran su intención de votar a RN. El malestar económico no conduce automáticamente a la extrema derecha, pero puede convertirse en un canal de conexión cuando un movimiento ofrece culpables visibles y una explicación simple de problemas complejos.
La política contemporánea se desplaza así hacia espacios que antes parecían secundarios. La preocupación por el combustible, las reglas sanitarias para la ganadería o el deseo de “buena vida” pueden aparecer en una misma conversación junto al rechazo de la inmigración. Esa mezcla resulta eficaz porque no exige una adhesión doctrinal completa. Basta con compartir algunas percepciones: que el país pierde control, que las élites no escuchan, que las normas interfieren en la vida cotidiana y que una comunidad nacional homogénea permitiría recuperar seguridad.
Un éxito que también puede convertirse en límite
El Canon es un éxito organizativo: reúne a miles de personas, llena un recinto, produce imágenes reconocibles y genera una experiencia emocional compartida. Ese éxito ofrece a sus promotores una capacidad de crecimiento que va más allá de la recaudación por entradas. Las fotografías, los vídeos y la cobertura mediática amplían el público, incluidos quienes nunca acudirían a Béziers. La polémica, paradójicamente, puede funcionar como publicidad, porque convierte una cena local en un objeto nacional de discusión.
Sin embargo, la controversia también puede estrechar la base social del acontecimiento. De la Tour admite que algunas personas interesadas han decidido no acudir debido a la imagen difundida por los medios. Esa percepción importa: si el público se vuelve cada vez más homogéneo, la fiesta perderá parte de su capacidad para presentarse como una celebración general de Francia y quedará asociada a una comunidad política concreta. El mecanismo es acumulativo. La reputación atrae a quienes se sienten representados y disuade a quienes temen ser identificados con un entorno excluyente.
El futuro del Canon dependerá de si sus responsables consiguen separar la defensa de la cultura popular de una definición restrictiva de la nación. Para ello no bastaría con negar vínculos partidistas. Tendrían que establecer reglas claras sobre símbolos extremistas, explicar la relación con los accionistas, diversificar la representación del público y demostrar que la invitación a participar no contiene condiciones implícitas de origen, religión o ideología. De lo contrario, el lema de la apoliticidad corre el riesgo de funcionar como una protección retórica para un espacio donde la política ya está plenamente presente.
Lo que está en juego en Béziers no es la legitimidad de comer cerdo ni el derecho a celebrar una tradición. Es la batalla por el significado de esas prácticas y por la autoridad para hablar en nombre de la nación. Cuando la gastronomía, el folclore y la nostalgia se articulan con capitales ideológicos, cargos públicos y discursos sobre inmigración, una fiesta puede convertirse en un laboratorio de normalización política. El Canon revela que la disputa cultural no ocurre únicamente en los parlamentos o en las campañas electorales: también se libra alrededor de una mesa, entre canciones, aplausos y símbolos aparentemente cotidianos.