El caso Abiy pone a prueba el valor preventivo y los límites del Nobel de la Paz

El caso Abiy pone a prueba el valor preventivo y los límites del Nobel de la Paz

La transformación de Abiy Ahmed Ali, de símbolo internacional de reconciliación a dirigente asociado a una guerra civil y a graves denuncias contra la población de Tigray, plantea una cuestión que supera la trayectoria de un solo gobernante: ¿puede un premio concebido para impulsar la paz evaluar correctamente procesos políticos todavía abiertos? El caso etíope muestra que el reconocimiento temprano puede estimular reformas relevantes, pero también convertir una expectativa internacional en una fuente de legitimidad difícil de retirar cuando el poder cambia de rumbo.

En 2019, el Nobel de la Paz premió el acuerdo entre Etiopía y Eritrea y los primeros pasos de un programa de apertura política. Abiy había liberado a miles de presos políticos, legalizado a organizaciones opositoras antes consideradas terroristas, ofrecido disculpas por abusos policiales y formado un Gobierno con presencia paritaria de mujeres. Estas decisiones no eran meramente simbólicas: podían reducir la represión, ampliar la participación y crear condiciones para una transición democrática en un país marcado por décadas de control político y fuertes tensiones étnicas.

Un estímulo que también puede convertirse en blindaje

El Comité Noruego justificó el premio como un reconocimiento necesario para alentar los esfuerzos de Abiy, aun admitiendo que podía haberse concedido demasiado pronto. Esa lógica tiene una ventaja clara. En sistemas políticos frágiles, el respaldo internacional puede reforzar a quienes intentan negociar con antiguos adversarios, desactivar estructuras represivas o abrir espacios para la sociedad civil. También puede atraer inversión, cooperación y atención diplomática hacia países que suelen quedar fuera de las prioridades de las grandes potencias.

El problema aparece cuando el estímulo se interpreta como una certificación definitiva. Un premio de enorme autoridad simbólica puede alterar el equilibrio interno de un país: fortalece al dirigente frente a sus rivales, mejora su imagen ante inversores y facilita que sus decisiones sean presentadas como parte de una misión histórica. Si después se concentran competencias, se limitan elecciones o se persigue a la oposición, la distinción no desaparece, pero sí puede ser utilizada como una reserva de legitimidad por el propio Gobierno.

En Etiopía, esa contradicción resulta especialmente delicada. Abiy llegó al poder con un discurso de unidad nacional por encima de las identidades étnicas, pero el intento de centralizar autoridad chocó con el federalismo y con los intereses del Frente de Liberación Popular de Tigray, organización que había dominado la política nacional durante tres décadas. La tensión aumentó cuando se aplazaron las elecciones por la pandemia y las autoridades de Tigray organizaron sus propios comicios. El bloqueo de fondos decretado por el Gobierno federal y el posterior ataque contra una instalación militar terminaron abriendo el conflicto armado.

El caso Abiy pone a prueba el valor preventivo y los límites del Nobel de la Paz

El coste humano de una transición incompleta

La guerra de Tigray introduce riesgos inmediatos que no pueden reducirse a una disputa institucional. Las denuncias de abusos, posibles actos de limpieza étnica, desplazamientos masivos y restricciones al acceso de ayuda humanitaria amenazan con transformar una crisis política en una emergencia prolongada. Cuando el hambre se utiliza, de forma deliberada o por incapacidad, como consecuencia de un bloqueo territorial, la población civil queda atrapada entre objetivos militares y decisiones administrativas que escapan a su control.

El daño también afecta a la posibilidad de reconstruir una convivencia nacional. Las víctimas y los desplazados no solo necesitan alimentos, refugio y atención médica; requieren garantías de seguridad, reconocimiento de los abusos y mecanismos creíbles de justicia. Sin ellos, la guerra puede terminar formalmente sin resolver las causas que la originaron. La desconfianza entre comunidades se incorporaría entonces a la política cotidiana, haciendo más probable que los partidos movilicen identidades étnicas y que cualquier elección sea interpretada como una amenaza existencial.

La concentración de poder añade otro riesgo. El partido de Abiy obtuvo 410 de los 436 escaños parlamentarios mencionados en el contexto de las elecciones, mientras varios partidos y dirigentes opositores fueron detenidos o descalificados en distintas regiones. Una mayoría tan amplia podría facilitar reformas económicas, presupuestos nacionales y acuerdos administrativos, pero pierde valor democrático si se construye sobre restricciones a la competencia. Sin controles institucionales, la estabilidad aparente puede ocultar una deriva autoritaria difícil de revertir.

Repercusiones regionales e internacionales

Etiopía no es un país aislado. Su tamaño demográfico, su posición en el Cuerno de África y su peso diplomático hacen que una crisis interna tenga efectos transfronterizos. Los desplazamientos pueden presionar a los países vecinos, mientras la implicación de Eritrea y la fragilidad de otros Estados de la región elevan el riesgo de que el conflicto adquiera una dimensión regional. La prolongación de la violencia también puede facilitar el tráfico de armas, debilitar las rutas comerciales y agravar una inseguridad alimentaria que ya afecta a comunidades vulnerables.

En el ámbito económico, las sanciones estadounidenses y la posible congelación de fondos de organismos financieros internacionales pueden aumentar el coste de la guerra para el Gobierno, pero también generan consecuencias para la población. Si se reducen los recursos destinados al desarrollo, se encarece la reestructuración de la deuda y se deteriora la confianza empresarial, el Ejecutivo tendrá menos margen para crear empleo y sostener servicios públicos. Las medidas de presión pueden ser necesarias para evitar la impunidad, aunque deben distinguir con cuidado entre responsables de abusos y ciudadanos que dependen de la cooperación internacional.

La percepción externa de Etiopía también está en juego. Durante los primeros años de Abiy, el país fue presentado como una posible historia de éxito: reforma política, reconciliación regional y apertura económica en una de las naciones más importantes de África. El deterioro posterior puede producir una reacción inversa, en la que Gobiernos extranjeros reduzcan su implicación y los inversores interpreten cualquier promesa de reforma como una apuesta excesivamente arriesgada. Ese efecto sería perjudicial para la economía y, paradójicamente, podría fortalecer a quienes defienden que la apertura internacional es una amenaza a la soberanía.

Un problema más amplio para el Nobel de la Paz

El debate no implica que el premio haya sido inmerecido en el momento de su concesión. La paz con Eritrea fue un logro significativo y las reformas iniciales podían haber marcado una ruptura real con el pasado. La dificultad consiste en distinguir entre reconocer una contribución concreta y avalar la evolución futura de un dirigente. El Nobel no dispone de un mecanismo ordinario para revisar un premio cuando sus beneficiarios cambian de conducta, ni puede garantizar que el prestigio obtenido se use para profundizar las transformaciones que lo motivaron.

Los precedentes citados en torno a Aung San Suu Kyi, Menachem Begin, Mijaíl Gorbachov, Henry Kissinger o Barack Obama muestran que la controversia acompaña especialmente a los premios entregados a actores con poder ejecutivo o militar. Las organizaciones humanitarias y los activistas suelen ofrecer una trayectoria más estable, mientras que los gobernantes toman decisiones bajo presión, enfrentan conflictos internos y pueden modificar sus prioridades al consolidarse en el cargo. Esa diferencia debería influir en la forma de evaluar las candidaturas, aunque no resuelva por sí sola el dilema de cuándo reconocer una oportunidad de paz.

Conceder premios únicamente de manera póstuma reduciría el riesgo de premiar una promesa incumplida, pero eliminaría la capacidad de alentar procesos en curso. Además, convertiría el galardón en una valoración histórica, no en un instrumento de influencia. Una alternativa intermedia sería exigir criterios más verificables: avances sostenidos en derechos civiles, acceso independiente de observadores, protección de la oposición, cumplimiento de acuerdos y ausencia de impunidad ante abusos. El Comité no podría prever el futuro, pero sí hacer explícitos los límites de la evidencia disponible.

La prueba decisiva será institucional

El futuro de Abiy y de Etiopía dependerá menos de su imagen internacional que de decisiones concretas durante su segundo mandato. La prioridad debería ser garantizar el acceso humanitario a Tigray, detener los abusos contra civiles y abrir un diálogo político que incluya a las fuerzas enfrentadas. Una investigación independiente sobre posibles crímenes no solo respondería a una exigencia de justicia; también ayudaría a impedir que la violencia se convierta en una herramienta aceptada para resolver disputas territoriales y electorales.

La recuperación de la confianza exigirá, además, restablecer garantías para partidos, periodistas y organizaciones sociales. La unidad nacional que defendía Abiy no puede imponerse únicamente desde el centro ni confundirse con la eliminación de contrapesos regionales. En un país con cerca de 80 grupos étnicos y un sistema federal diseñado para gestionar esa diversidad, la estabilidad dependerá de combinar una identidad nacional compartida con instituciones capaces de proteger las diferencias.

El caso etíope deja una advertencia para la política internacional: la esperanza puede ser una herramienta diplomática, pero no sustituye a la verificación. Un premio puede abrir puertas, acelerar apoyos y reconocer avances auténticos; también puede simplificar una realidad compleja y hacer que la comunidad internacional tarde en reaccionar cuando aparecen señales de deterioro. La lección no es abandonar los reconocimientos tempranos, sino acompañarlos con vigilancia, condiciones claras y disposición para revisar públicamente los juicios previos. En Etiopía, la distancia entre la promesa de una democracia reformista y la consolidación de un poder represivo seguirá midiéndose en la protección efectiva de la población y en la capacidad de las instituciones para limitar al vencedor.