El caso Cerimedo expone la zona gris de la comunicación política digital en América Latina

El caso Cerimedo expone la zona gris de la comunicación política digital en América Latina

La detención en Bolivia de Fernando Cerimedo, consultor argentino vinculado a las campañas de Javier Milei, Jair Bolsonaro y Nasry Asfura, no es únicamente un episodio judicial relacionado con una presunta tentativa de feminicidio. El caso ha abierto una ventana sobre una industria política que opera con frecuencia en los márgenes de las estructuras partidarias, combina asesoría electoral, medios de comunicación, redes sociales y publicidad segmentada, y puede adquirir una influencia considerable sin someterse a los controles que normalmente pesan sobre un funcionario público o una organización política formal.

Cerimedo permanece bajo prisión preventiva durante seis meses mientras la Justicia boliviana lo investiga por “tentativa de feminicidio” y “enriquecimiento ilícito”. La causa se originó después del ataque sufrido por su expareja, Nadia Beller, quien recibió tres disparos frente a un hotel de Santa Cruz de la Sierra el 17 de agosto de 2026. Beller sostiene que Cerimedo habría enviado a dos sicarios para impedir que revelara sus métodos de trabajo y su supuesto grado de control sobre decisiones políticas en Bolivia. El consultor niega las acusaciones, y la responsabilidad penal deberá establecerse mediante pruebas y un proceso judicial, no a través de declaraciones públicas.

La dimensión política del caso, sin embargo, ya es visible. En el domicilio de Cerimedo en La Paz se halló dinero equivalente a unos 35.000 euros y una estructura descrita como una “granja de bots”. Aunque no ocupaba un cargo oficial, participaba en reuniones de alto nivel con el presidente Rodrigo Paz. El mandatario se distanció rápidamente de él y afirmó que solo había contratado sus servicios durante la campaña electoral. Esa reacción ilustra una tensión central: cuando un asesor informal adquiere acceso directo al poder, el Gobierno puede beneficiarse de su experiencia y, al mismo tiempo, quedar expuesto a sus métodos, sus negocios y sus responsabilidades personales.

El ataque contra Beller convirtió una red opaca en un asunto de Estado

La denuncia de Nadia Beller produjo un efecto que ninguna investigación sobre bots había logrado por sí sola: trasladó la discusión desde el terreno abstracto de la manipulación digital a una historia concreta de violencia, poder y dependencia. La abogada boliviana afirmó que había conocido a Cerimedo a finales de 2025, cuando él asesoraba al Gobierno de Paz, y que estaba embarazada de él cuando ocurrió el ataque. Desde la cama de un hospital, dijo que hablaba para proteger su vida y acusó al consultor de haber intentado “deshacerse” de ella.

Sus declaraciones también apuntaron directamente a la distribución del poder dentro de la Presidencia boliviana. Beller aseguró que Cerimedo controlaba asuntos del mandatario y que el Gobierno no estaba dirigido realmente por Rodrigo Paz, sino por el estratega argentino. Esa afirmación requiere una comprobación documental y política que todavía no existe, pero plantea una pregunta institucional relevante: ¿qué mecanismos permiten identificar quién toma decisiones cuando la asesoría se presta fuera de los organigramas oficiales?

La respuesta de Paz fue la habitual en este tipo de crisis: reducir el vínculo a una relación contractual de campaña y negar que Cerimedo hubiera representado oficialmente a Bolivia. El problema es que la distinción entre “asesor electoral” y “actor de Gobierno” puede ser jurídicamente clara y políticamente insuficiente. Si un consultor asiste a reuniones reservadas, define mensajes, coordina ataques digitales o mantiene acceso privilegiado al presidente, su influencia real no desaparece porque no figure en una nómina estatal.

El caso Cerimedo expone la zona gris de la comunicación política digital en América Latina

La primera transformación: la campaña electoral se convirtió en una arquitectura permanente de influencia

El recorrido de Cerimedo muestra que la consultoría política latinoamericana dejó de limitarse a diseñar lemas, organizar actos o comprar espacios publicitarios. Su modelo combina medios partidarios, redes de cuentas anónimas, influencers, encuestas, campañas de descrédito y producción de narrativas adaptadas a cada país. La agencia Numen, asociada con su actividad, se presenta como especializada en comunicación política, mientras que el medio argentino La Derecha Diario funciona como plataforma de difusión de posiciones de extrema derecha.

La combinación es importante porque permite unir tres funciones que antes estaban más separadas: producir información, amplificarla y convertirla en presión política. Una publicación difundida por un medio afín puede ser repetida por cuentas automatizadas, comentada por influencers y presentada después como evidencia de un supuesto consenso social. El circuito crea visibilidad sin necesidad de que exista una mayoría real detrás del mensaje. La percepción de fuerza, en ese contexto, puede ser tan útil como la fuerza electoral efectiva.

Martin Slipczuk, coordinador de ediciones especiales de Chequeado, vinculó a Cerimedo con la difusión de informaciones falsas sobre el sistema de votación y supuestos fraudes después de las elecciones brasileñas de 2022. La Justicia de Brasil abrió una investigación sobre su posible participación en una “milicia digital” destinada a cuestionar la victoria de Luiz Inácio Lula da Silva. La acusación no equivale a una condena, pero revela el nivel de riesgo que las autoridades empiezan a atribuir a las redes coordinadas de desinformación.

El caso brasileño ofrece un dato político decisivo: las falsedades electorales no necesitan convencer a la mayoría para ser eficaces. Basta con erosionar la confianza de una minoría movilizada, alimentar la sospecha sobre el resultado y crear un ambiente en el que la derrota sea percibida como ilegítima. Los disturbios protagonizados por simpatizantes de Bolsonaro después de las elecciones demostraron que una campaña digital puede abandonar la pantalla y convertirse en conflicto institucional y callejero.

La encuesta chilena muestra cómo un error técnico puede alterar el debate público

En Chile, Numen realizó una encuesta sobre el referéndum constitucional de octubre de 2020. Mientras el “sí” aparecía como favorito con cerca del 70%, el diario conservador El Mercurio publicó en portada un sondeo que reducía su respaldo al 42%. El resultado final superó el 78%. Cerimedo atribuyó la diferencia a un error en el método de cálculo, explicación que puede ser técnicamente posible, pero que no elimina el efecto político producido por la publicación.

Ese episodio permite formular una segunda conclusión: en la política contemporánea, la influencia no depende solo de que una información sea verdadera o falsa, sino del momento en que se introduce y del prestigio institucional que la rodea. Una encuesta publicada en la portada de un diario de alcance nacional puede modificar las conversaciones de los partidos, afectar las decisiones de donantes, influir en la cobertura periodística y alterar la confianza de los votantes, aunque posteriormente se demuestre que el método era defectuoso.

Por eso, los errores de investigación electoral no deberían tratarse como simples fallas de cálculo. Cuando un sondeo incide en una campaña, debe existir trazabilidad sobre la muestra, el cuestionario, la ponderación, el financiamiento y los controles internos. La ausencia de esa información permite que cualquier desviación sea interpretada como manipulación deliberada, mientras que la opacidad impide distinguir entre incompetencia, sesgo ideológico y operación política.

La defensa de Cerimedo plantea un conflicto real: innovación tecnológica o manipulación organizada

Cerimedo ha reivindicado el uso de herramientas tecnológicas para ganar influencia y ha negado haber lanzado campañas de desinformación. Desde la perspectiva de sus defensores, utilizar segmentación digital, análisis de datos, automatización y comunicación directa con los votantes forma parte de la modernización inevitable de las campañas. Las fuerzas de derecha latinoamericanas, además, han encontrado en las redes un canal para desafiar a medios tradicionales que consideran alineados con la izquierda.

Esa defensa tiene un punto válido: la automatización no es ilegal por sí misma, y la comunicación política digital puede ampliar la participación de grupos antes excluidos de los grandes medios. El problema aparece cuando las herramientas se utilizan para ocultar al emisor, simular apoyo espontáneo, acosar a adversarios o difundir afirmaciones falsas sobre el proceso electoral. La frontera no está entre tecnología y política, sino entre persuasión identificable y manipulación encubierta.

Las plataformas digitales también enfrentan una responsabilidad difícil. Si eliminan redes de bots o contenidos coordinados, pueden ser acusadas de censura; si no actúan, permiten que operaciones artificiales definan la agenda pública. Los partidos, por su parte, tienen incentivos para contratar servicios agresivos durante una campaña y negar después cualquier relación con ellos. Y los medios pueden convertirse en amplificadores involuntarios cuando publican encuestas, filtraciones o acusaciones sin explicar quién las financió y cómo fueron obtenidas.

La ciudadanía queda en la posición más débil. Recibe mensajes diseñados para activar emociones, muchas veces sin saber si provienen de un votante, una empresa contratada, un grupo extranjero o un sistema automatizado. La pérdida no consiste solamente en creer una falsedad concreta. Consiste en que, después de suficientes campañas contradictorias, el público deja de confiar incluso en la información comprobada.

El factor ideológico explica la expansión regional, pero no la garantiza

El ascenso de Cerimedo se apoyó también en una identidad política clara. Fundador y accionista de La Derecha Diario, se posicionó como un opositor frontal de la izquierda y estableció vínculos con dirigentes que llegaron a la Presidencia en Argentina, Brasil y Honduras. Natalia Aruguete lo describe como un actor que trabajó fuera de las estructuras partidarias formales y supo construir relaciones en el centro de las derechas latinoamericanas.

La ideología funciona aquí como una red de confianza transnacional. Un consultor que comparte el lenguaje, los adversarios y los símbolos de un movimiento puede trasladar métodos de un país a otro con mayor rapidez que una empresa tradicional. La conexión con el universo MAGA y el reconocimiento recibido en Mar-a-Lago en febrero de 2026 reforzaron esa imagen. Cerimedo agradeció además a Brad Parscale, antiguo director de campaña de Donald Trump, por proporcionarle tecnología, un gesto que buscaba asociarlo con una genealogía internacional de innovación electoral digital.

Pero la circulación regional de técnicas también multiplica los riesgos. Un método diseñado para movilizar a la derecha en un país puede intensificar la polarización en otro con instituciones más frágiles, menor transparencia financiera o un sistema de medios más concentrado. La exportación de estrategias no implica la exportación de controles. Esa asimetría permite que consultores, plataformas y financiadores operen transnacionalmente mientras las autoridades investigan dentro de fronteras nacionales.

La reputación personal puede ser un activo político y convertirse en una vulnerabilidad

La trayectoria pública de Cerimedo incluye afirmaciones difíciles de verificar, como su supuesto paso por la campaña de Barack Obama en 2008. El colectivo CLIP no logró confirmar esa participación con el equipo del expresidente demócrata. La cuestión no es anecdótica. En la industria de la consultoría, un pasado prestigioso funciona como una credencial que facilita el acceso a nuevos clientes, eleva los honorarios y ayuda a construir autoridad ante dirigentes que buscan resultados rápidos.

Cuando esas credenciales no están documentadas, la industria queda expuesta a una lógica de reputación basada en la repetición. Una afirmación aparece en una entrevista, luego en un perfil biográfico, después en un evento y finalmente se convierte en una “verdad conocida”. El caso demuestra la necesidad de verificar no solo los resultados electorales atribuidos a un consultor, sino también las funciones exactas que desempeñó, los contratos que firmó y las herramientas que utilizó.

La caída de una figura tan conectada puede producir dos efectos contrapuestos. El primero es una revisión de los vínculos entre gobiernos y asesores informales. El segundo es la dispersión de las redes: si una persona queda expuesta, las operaciones pueden repartirse entre pequeñas agencias, cuentas intermedias y proveedores difíciles de identificar. La desaparición de una marca no necesariamente elimina el modelo de negocio.

Qué puede cambiar en las próximas elecciones

Es razonable esperar una mayor presión para regular la publicidad política digital, identificar a los financiadores y exigir transparencia sobre el uso de cuentas automatizadas. Chile ya investiga de manera amplia el empleo de bots y la manipulación digital en elecciones celebradas desde 2020. En otros países, las investigaciones brasileñas y bolivianas pueden impulsar acuerdos de cooperación para rastrear dinero, servidores, agencias y campañas coordinadas que cruzan fronteras.

La regulación tendrá que evitar dos errores. El primero sería prohibir de forma genérica la automatización, una tecnología utilizada también para atención ciudadana, análisis de tendencias y comunicación legítima. El segundo consistiría en concentrarse solo en el contenido falso y dejar fuera la arquitectura que lo distribuye. Una política eficaz debería exigir identificación del contratante, archivo público de anuncios políticos, auditorías independientes de encuestas y mecanismos para reportar redes coordinadas de suplantación o acoso.

Los partidos también tendrán que asumir una responsabilidad más precisa. No alcanza con declarar que un consultor trabajó “solo para la campaña” si después mantuvo acceso al poder, intervino en la comunicación oficial o coordinó operaciones contra opositores. Los contratos deben establecer límites, obligaciones de transparencia y sanciones por ocultar proveedores. La supervisión no puede depender de que una relación termine en escándalo o de que una víctima consiga hacer pública una denuncia.

El proceso contra Fernando Cerimedo determinará si las acusaciones más graves se sostienen ante los tribunales. Mientras tanto, el caso ya deja una advertencia política: la democracia puede ser vulnerable no solo por las decisiones de los presidentes, sino también por los intermediarios que moldean lo que los ciudadanos ven, creen y comparten. Cuando esos intermediarios operan sin controles, la asesoría estratégica deja de ser una actividad técnica y se convierte en un poder paralelo. La pregunta decisiva para América Latina no es quién dominará la próxima campaña digital, sino quién podrá exigir cuentas cuando esa campaña se base en identidades ocultas, datos opacos y una influencia que nadie reconoce oficialmente.