Una discusión registrada en avenida Presidente Masaryk, en Polanco, volvió a colocar el uso del español en el centro de la conversación sobre la presencia extranjera en algunas zonas de la Ciudad de México. El creador de contenido mexicano conocido como “El Costa” denunció un presunto acto de discriminación luego de que un hombre extranjero le exigiera hablar inglés durante una grabación. El episodio, difundido en redes sociales, no sólo expone un desencuentro entre dos personas: también refleja las tensiones que aparecen cuando el crecimiento de la población extranjera modifica las dinámicas lingüísticas, comerciales y sociales de barrios tradicionalmente capitalinos.
Una grabación cotidiana terminó en una disputa por el idioma
El incidente ocurrió mientras “El Costa” preparaba un video sobre las tiendas de lujo de avenida Presidente Masaryk. De acuerdo con el relato difundido, el creador hablaba frente a su cámara desde una banca pública cuando un hombre que se encontraba cerca le pidió que guardara silencio. La primera reclamación estuvo relacionada con el volumen de la voz: el extranjero le dijo “Can you shut up?” y posteriormente sostuvo que el influencer estaba hablando demasiado fuerte.
La interacción cambió de tono cuando “El Costa” decidió enfocar al hombre con la cámara. El sujeto lo llamó “loco”, intentó cubrir el lente con una mano y negó haber autorizado la grabación. La discusión escaló después de que afirmó no entender español y pronunció la frase que detonó la controversia: “Estamos en Polanco, habla inglés”. Para el creador, la ubicación no justificaba que una persona le impusiera el idioma de comunicación, especialmente porque ambos se encontraban en México y el intercambio sucedía en un espacio público.

Polanco como escenario: más que una diferencia de acentos
El peso del episodio no proviene únicamente de las frases intercambiadas. Polanco es una de las zonas de la capital con mayor concentración de comercios de lujo, visitantes internacionales y residentes extranjeros, por lo que el inglés tiene una presencia visible en restaurantes, tiendas y servicios. Sin embargo, esa realidad comercial no convierte a la colonia en un territorio separado del resto de la ciudad ni altera el hecho de que su contexto social y jurídico es mexicano.
La respuesta de “El Costa” —“Si vas a venir a México tienes que aprender. Tienes que hablar un poquito de español”— expresa una molestia extendida entre quienes perciben que ciertas áreas de la capital empiezan a adaptarse prioritariamente a los visitantes y residentes extranjeros. La exigencia de hablar inglés puede interpretarse como una necesidad práctica en determinados negocios, pero adquiere otra dimensión cuando se formula como una condición para ocupar un espacio público o para expresarse en la lengua local.
También existe un límite importante en la lectura del caso: la grabación muestra la versión del creador y una confrontación concreta, pero no permite generalizar el comportamiento de una persona a toda la población extranjera. El conflicto puede analizarse como un presunto acto de discriminación lingüística sin perder de vista que comenzó por una disputa sobre el ruido y que ambas partes contribuyeron a que la situación se agravara.
“El Costa” convierte recorridos urbanos en contenido de interés público
La relevancia del video también está vinculada con el tipo de trabajo que realiza el creador. “El Costa” produce recorridos sobre lugares, experiencias y aspectos de la vida cotidiana. Sus publicaciones combinan observación directa, explicación de los espacios y datos sobre los sitios visitados, con un formato cercano al reportaje o al documental para redes sociales.
En contenidos anteriores ha mostrado instalaciones de la Universidad Nacional Autónoma de México y distintos espacios públicos de la capital. Esa metodología explica por qué se encontraba grabando en Masaryk: buscaba presentar las características de la avenida y sus tiendas cuando la discusión interrumpió el recorrido. La cámara transformó una confrontación privada en un registro con capacidad de circular ampliamente, y al mismo tiempo abrió preguntas sobre los límites de grabar a terceros y sobre la manera en que las disputas urbanas se convierten en material de consumo digital.
Tres episodios y una misma tensión en la ciudad
El caso de Polanco se suma a otros conflictos recientes en los que el idioma apareció como síntoma de una fricción más amplia. En marzo de 2023, en la colonia Condesa, una mujer mexicana discutió con una extranjera que paseaba a sus perros sin correa. La conversación comenzó por la obligación de llevar a los animales sujetos, pero derivó en un intercambio sobre el español y terminó con la frase de que quien estuviera en México debía hablar ese idioma o regresar a su país. Aunque había una patrulla cerca, los policías no intervinieron, según la mujer que difundió el video.
En mayo de 2024, otra mujer relató dificultades para pedir un daiquiri de mango en un bar de la colonia Roma, donde fue atendida por meseras extranjeras que, de acuerdo con su testimonio, prácticamente no hablaban español. La orden terminó en dos margaritas de limón. Un guardia le habría dicho que el establecimiento contrataba a mujeres estadounidenses porque atraían a clientes extranjeros, aunque el negocio no confirmó esa versión.
Los tres episodios son distintos: uno comenzó por el volumen de una grabación, otro por el cuidado de animales y el tercero por un servicio defectuoso. Lo que los conecta es que el idioma funciona como un punto visible de desequilibrios más profundos: quién adapta sus costumbres, quién define las reglas de convivencia y qué sectores son considerados prioritarios en barrios donde aumentan los precios, cambian los comercios y se vuelve más común escuchar inglés.
La discusión sobre Polanco, Condesa y Roma no puede reducirse a una disputa entre español e inglés. El fondo es la convivencia en una ciudad que recibe inversión, turismo y nuevos residentes, pero que también enfrenta el riesgo de desplazar prácticas, habitantes y formas de comunicación locales. El español no necesita ser impuesto mediante confrontaciones, pero tampoco debería convertirse en una presencia subordinada dentro de espacios cotidianos de la capital.