La crisis del Foro de São Paulo y del Grupo de Puebla no es únicamente la suma de derrotas electorales, procesos judiciales y gobiernos aislados. Lo que está en juego es la desaparición de una arquitectura política que durante dos décadas convirtió la coordinación ideológica, la protección diplomática y el acceso a recursos estatales en una forma de poder transnacional. El informe de referencia describe un cambio de ciclo en el que Venezuela dejó de funcionar como centro financiero y simbólico del socialismo del siglo XXI, mientras Brasil, bajo Lula da Silva, aparece como el último gran anclaje institucional de esa red. Si la derecha brasileña consolida su ventaja electoral, ambos espacios podrían quedar reducidos a foros testimoniales.
El dato decisivo no es la derrota de un partido, sino la pérdida de una red
El Foro de São Paulo nació como una plataforma de coordinación entre partidos de izquierda, mientras que el Grupo de Puebla articuló a dirigentes y exdirigentes a título personal. La diferencia organizativa importa: el primero dependía de partidos con presencia territorial y capacidad de gobierno; el segundo se apoyaba en figuras públicas, declaraciones conjuntas y una identidad política compartida. En ambos casos, su influencia creció cuando varios gobiernos latinoamericanos coincidieron en la defensa de Caracas, La Habana y Managua, y cuando Venezuela podía actuar como financiador, interlocutor y proveedor de legitimidad.
Ese contexto se ha desintegrado. La Venezuela heredada por Nicolás Maduro ya no dispone del margen económico ni diplomático que tuvo durante la etapa de Hugo Chávez. La caída de la producción petrolera, las sanciones, la contracción de los ingresos públicos y la emigración masiva redujeron la capacidad de Caracas para sostener alianzas mediante cooperación, crédito o subsidios. El país continúa siendo un actor relevante por sus reservas energéticas y por su posición geopolítica, pero ya no puede ofrecer a sus socios el mismo paraguas material. Una red ideológica sin recursos, sin capacidad de movilización y sin gobiernos aliados pierde rápidamente densidad.

El relato de referencia sostiene que el régimen venezolano ha quedado sometido a las decisiones de Washington y que sectores del poder negocian condiciones para una eventual apertura electoral. Es una afirmación de alto impacto que debe distinguirse de los hechos comprobables: el endurecimiento o levantamiento selectivo de sanciones, los contactos entre Estados Unidos y funcionarios venezolanos y la discusión sobre elecciones indican una diplomacia transaccional, pero no prueban por sí solos una transición democrática. La incertidumbre sobre quién controla realmente las instituciones venezolanas sigue siendo central. Precisamente por eso, cualquier negociación puede convertirse tanto en una salida política como en una nueva forma de supervivencia del aparato gobernante.
Venezuela ya no puede comprar lealtades políticas
La primera conclusión original es que el debilitamiento de Caracas tiene una consecuencia más profunda que la pérdida de prestigio: rompe el mecanismo de reciprocidad que mantenía cohesionada a buena parte del bloque. Durante años, la relación funcionó mediante un intercambio implícito. Los gobiernos y partidos aliados ofrecían respaldo diplomático, defensa discursiva y apoyo en organismos internacionales; Venezuela aportaba recursos, acceso, contactos y una causa común. Cuando el dinero escasea y el riesgo de asociarse con Caracas aumenta, la solidaridad ideológica deja de ser suficiente.
La trayectoria de varios antiguos aliados muestra esa transformación. El Frente Sandinista de Liberación Nacional conserva el poder en Nicaragua, pero enfrenta un aislamiento internacional creciente y una concentración del mando en Daniel Ortega y Rosario Murillo. El Movimiento al Socialismo boliviano perdió parte de su cohesión interna y atraviesa una disputa por el liderazgo que debilitó su capacidad de proyectarse regionalmente. El Frente Farabundo Martí para la Liberación Nacional dejó de gobernar El Salvador y quedó desplazado por la popularidad y el control institucional de Nayib Bukele. En Ecuador, Rafael Correa mantiene influencia política, pero su exilio y sus condenas limitan su capacidad operativa. Evo Morales, por su parte, continúa siendo un referente para un sector del movimiento boliviano, aunque ya no controla el Estado.
Estos casos no son idénticos y sería erróneo tratarlos como una sola categoría. Nicaragua sigue siendo una dictadura con control del aparato estatal; Bolivia mantiene una competencia política abierta; Ecuador vive una polarización distinta; y Cuba conserva un sistema de partido único. La similitud está en otro punto: ninguno de esos actores puede ofrecer hoy una combinación comparable de recursos, legitimidad electoral y capacidad de coordinación regional. La red existe formalmente, pero su centro de gravedad se ha dispersado.
El Grupo de Puebla: influencia simbólica, eficacia política limitada
El Grupo de Puebla refleja una mutación diferente. Su fuerza nunca dependió de controlar una estructura partidaria común, sino de reunir expresidentes, parlamentarios, dirigentes y personalidades intelectuales alrededor de una narrativa de defensa de la soberanía, crítica a Estados Unidos y rechazo a las derechas liberales. Esa fórmula permitió ocupar espacio mediático y presentar las crisis judiciales de algunos dirigentes como conflictos políticos. Sin embargo, su eficacia disminuye cuando los miembros pierden capacidad de decisión en sus países.
La presencia de José Luis Rodríguez Zapatero, Alberto Fernández, Andrés Manuel López Obrador, Marco Enríquez-Ominami y otros dirigentes convirtió al grupo en una plataforma de reconocimiento mutuo entre élites políticas. Pero una plataforma de exgobernantes no equivale a una coalición electoral. Su principal activo es la voz pública; su principal limitación, la ausencia de instrumentos para modificar políticas nacionales. Cuando sus integrantes afrontan investigaciones, condenas, derrotas electorales o controversias reputacionales, el grupo queda expuesto a una pregunta difícil: ¿representa una alternativa de gobierno o funciona como un mecanismo de protección narrativa para una generación política en retirada?
La controversia no puede resolverse aceptando sin matices la caracterización de todos sus miembros como corruptos o autoritarios. Las acusaciones judiciales deben probarse en tribunales y las responsabilidades individuales no pueden transferirse automáticamente a una organización. Pero la percepción pública sí tiene consecuencias políticas. La combinación de causas judiciales, resultados económicos decepcionantes y discursos defensivos ha erosionado la credibilidad de una izquierda que durante años presentó la crítica a sus gobiernos como una operación de las élites o de potencias extranjeras.
Lula es el último puente, pero no controla el ciclo
La posición de Lula da Silva merece un análisis separado. El presidente brasileño conserva una experiencia internacional excepcional, una base social relevante y la capacidad diplomática de Brasil. Su gobierno mantiene relaciones con distintos bloques y no puede ser descrito simplemente como una prolongación de Caracas. Brasil tiene intereses propios: preservar el comercio, evitar una crisis migratoria mayor en sus fronteras, ampliar su autonomía estratégica y conservar capacidad de interlocución con Washington, China y los países vecinos.
Por eso, presentar a Lula únicamente como el “último americano con poder” del Foro de São Paulo simplifica demasiado la realidad. Su eventual derrota electoral tendría un efecto simbólico enorme, pero no implicaría la desaparición inmediata de la izquierda brasileña ni de las instituciones regionales. El Partido de los Trabajadores conserva estructura territorial, cuadros políticos y presencia social. Además, el electorado brasileño no vota exclusivamente en función de la política exterior: inflación, empleo, seguridad, corrupción, servicios públicos y la relación con el Congreso pesan más que el destino de una organización internacional.
La segunda conclusión original es que el futuro del bloque dependerá menos de la supervivencia formal del Foro que de la capacidad de la izquierda para renovar su contrato doméstico con los votantes. Las derrotas de los partidos aliados no se explican solo por el anticomunismo o por campañas internacionales. También reflejan fallos de gestión, fatiga con gobiernos prolongados, pérdida de seguridad ciudadana y rechazo a la concentración del poder. Si la izquierda no responde a esos problemas, la cooperación regional será irrelevante frente a las dinámicas nacionales.
La derecha regional ha aprendido a convertir el rechazo en plataforma
El ascenso de fuerzas liberales, conservadoras y libertarias introduce una competencia que el viejo bloque de izquierda no había enfrentado con esta intensidad. Javier Milei en Argentina convirtió la denuncia de la “casta” y del gasto estatal en el eje de su oferta política. Nayib Bukele hizo de la seguridad y del control del territorio la base de una legitimidad que trasciende las objeciones internacionales sobre derechos y concentración de poder. En Brasil, la familia Bolsonaro conserva una marca electoral capaz de movilizar a sectores que rechazan al PT y que identifican a Lula con un ciclo político agotado.
La ventaja de estas derechas no reside únicamente en sus propuestas económicas. También han entendido que las redes digitales permiten sustituir la coordinación partidaria tradicional por comunidades políticas permanentes. El Foro de São Paulo se apoya en reuniones, declaraciones y estructuras partidarias; sus adversarios han desarrollado una comunicación más inmediata, emocional y personalizada. Esa diferencia reduce el valor de la diplomacia de élites y aumenta el peso de líderes capaces de convertir cualquier conflicto internacional en una batalla cultural doméstica.
Sin embargo, el nuevo ciclo también tiene riesgos. Las promesas de liberalización económica pueden generar costos sociales rápidos si no se acompañan de empleo, protección focalizada y servicios eficaces. La retórica de seguridad puede derivar en abusos, debilitamiento judicial o persecución de opositores. Y el nacionalismo que une a varias derechas puede complicar la cooperación regional en asuntos que ningún país puede resolver por separado, como la migración, el crimen organizado, la energía y la gestión amazónica.
Las negociaciones venezolanas abrirán una zona de máxima incertidumbre
El escenario más delicado se concentra en Venezuela. Si Washington decide flexibilizar sanciones a cambio de elecciones, garantías institucionales o cooperación energética, el régimen podría recuperar oxígeno sin desmontar por completo su aparato de control. Si, por el contrario, se impone una estrategia de presión máxima, aumentarán los incentivos para que los sectores gobernantes cierren filas, repriman a la oposición y utilicen la migración o el petróleo como instrumentos de negociación.
La eventual participación de María Corina Machado y de otros sectores opositores dependerá de condiciones que todavía no están aseguradas: registro de candidatos, observación internacional, acceso a medios, libertad de presos políticos y reconocimiento de resultados. El levantamiento selectivo de sanciones puede facilitar una salida, pero también premiar a funcionarios sin reformas verificables. La experiencia de otros procesos latinoamericanos demuestra que las elecciones no bastan cuando el árbitro electoral, la justicia y las fuerzas de seguridad permanecen bajo control de una sola coalición.
La tercera conclusión es que el vacío regional puede ser tan peligroso como la hegemonía anterior. Cuando desaparece una red de mediación, no necesariamente aparece una democracia más sólida. Puede surgir una competencia entre potencias externas, gobiernos nacionales dispuestos a negociar por separado y grupos ilícitos que ocupen los espacios abandonados por el Estado. Venezuela, Nicaragua y Cuba podrían buscar apoyo en China, Rusia, Irán u otros socios, mientras Washington utiliza energía, sanciones y seguridad como instrumentos de presión. El resultado sería una región menos ideologizada en el discurso, pero más fragmentada en la práctica.
De la organización militante al archivo de una época
El Foro de São Paulo y el Grupo de Puebla pueden sobrevivir jurídicamente aunque pierdan relevancia política. Mantendrán reuniones, comunicados y dirigentes conocidos, pero su capacidad dependerá de si logran incorporar nuevas generaciones, abandonar la defensa automática de gobiernos autoritarios y formular respuestas creíbles para la economía y la seguridad. La izquierda regional no está condenada a desaparecer; lo que se agota es una versión de la izquierda basada en la permanencia indefinida en el poder, la solidaridad sin autocrítica y la utilización del Estado como fuente de financiación política.
La probabilidad de que Brasil se convierta en el próximo gran punto de inflexión es elevada. Una victoria de la derecha alteraría la diplomacia sudamericana, reduciría el respaldo político a Caracas y obligaría a los partidos de izquierda a reorganizarse sin un gobierno de gran tamaño como referencia. Una continuidad del PT, en cambio, daría al Foro una prórroga, pero no resolvería sus problemas estructurales: dependencia de liderazgos envejecidos, escasa renovación y dificultad para responder a una ciudadanía menos dispuesta a aceptar explicaciones ideológicas sobre resultados económicos o institucionales.
El desenlace no será una sustitución instantánea de un bloque por otro. Será una etapa de competencia más inestable, con alianzas variables y gobiernos que combinarán liberalismo económico, nacionalismo, políticas sociales y mecanismos de control político. En ese entorno, la verdadera prueba para todas las fuerzas será institucional: si aceptan elecciones competitivas, controles judiciales, prensa libre y alternancia, la región podrá convertir el cambio de ciclo en renovación democrática. Si usan el declive de sus adversarios para justificar nuevos abusos, el final del viejo eje no significará el comienzo de una etapa más libre, sino apenas el relevo de sus administradores.