El desgaste de la derecha latinoamericana pone a prueba las promesas de resultados inmediatos

El desgaste de la derecha latinoamericana pone a prueba las promesas de resultados inmediatos

La aprobación de varios gobiernos y figuras conservadoras de América Latina muestra señales de retroceso, pese a que llegaron al poder con compromisos centrados en combatir la delincuencia, reactivar la economía y estrechar la relación con Estados Unidos. Un análisis difundido por AFP advierte que parte del electorado comienza a perder la paciencia ante resultados que no aparecen con la rapidez prometida durante las campañas.

El fenómeno se observa en Perú, Colombia, Chile y Argentina, países donde los votantes optaron recientemente por alternativas de derecha o de centro derecha. El escenario regional podría inclinarse aún más hacia ese sector si Brasil define una eventual candidatura de Flavio Bolsonaro, una posibilidad que añadiría peso a una corriente política ya visible en Sudamérica. Sin embargo, el deterioro de la popularidad revela que la victoria electoral no garantiza un respaldo estable durante la gestión.

Las cifras que anticipan un cambio de ánimo

En Perú, la aprobación de Keiko Fujimori cayó de 57% a 40%, según Ipsos. La magnitud del descenso resulta significativa porque se produce después de una etapa inicial de respaldo elevado y confirma que la expectativa generada por una propuesta política puede convertirse rápidamente en presión cuando las mejoras prometidas no son perceptibles.

En Colombia, Abelardo de la Espriella también perdió apoyo durante su primer mes como presidente: su aprobación retrocedió más de tres puntos. El resultado adquiere relevancia porque su discurso de mano dura, incluido el respaldo al porte de armas, buscaba conectar con ciudadanos preocupados por la seguridad. La caída sugiere que un mensaje contundente puede ser suficiente para ganar adhesiones, pero no necesariamente para sostenerlas si la percepción cotidiana de inseguridad no cambia.

Chile ofrece otro ejemplo. José Antonio Kast, elegido como el mandatario más conservador de las últimas tres décadas con la promesa de enfrentar al crimen organizado, registra una aprobación de 30%, de acuerdo con la encuesta más reciente de Cadem. Es su nivel más bajo desde que asumió el cargo en marzo de 2026. La cifra indica que la prioridad otorgada a la seguridad no elimina la exigencia de avances concretos ni protege a un gobierno frente al desgaste temprano.

El desgaste de la derecha latinoamericana pone a prueba las promesas de resultados inmediatos

Una promesa regional difícil de cumplir

Javier Milei atraviesa en Argentina sus peores niveles de aprobación mientras espera el momento de intentar la reelección. Su caso refleja una tensión común a varios gobiernos de la región: los mandatarios llegan con la expectativa de producir una transformación profunda, pero enfrentan economías debilitadas, instituciones complejas y problemas de seguridad que requieren más tiempo del que suele admitir una campaña electoral.

Michael Shifter, investigador senior de The Inter-American Dialogue, considera que estos gobiernos “generaron expectativas que probablemente no eran realistas”. Según su lectura, la ciudadanía exige resultados rápidos, aunque las reformas económicas, la reducción del delito y la reconstrucción de la confianza institucional difícilmente pueden concretarse en pocos meses. La pérdida de respaldo, por tanto, no necesariamente representa un rechazo definitivo a la derecha, sino una reacción ante la distancia entre el discurso electoral y la experiencia diaria.

Shifter también descarta que el desgaste pueda explicarse únicamente por la ideología. A su juicio, un gobierno de izquierda podría enfrentar una reacción parecida si ofreciera soluciones inmediatas y luego no lograra materializarlas. La variable decisiva sería la capacidad de cumplir, comunicar avances verificables y administrar las expectativas, más que la etiqueta partidaria.

Bolivia muestra los límites del cambio político

El patrón se repite en Bolivia, aunque con una trayectoria política distinta. La salida del Movimiento al Socialismo, asociado durante casi dos décadas con Evo Morales y una prolongada crisis económica, abrió espacio para Rodrigo Paz, elegido como una opción moderada y próxima al empresariado del país. Pese a ese cambio, su administración ya enfrenta protestas y cuestionamientos por la escasez de combustibles.

La situación boliviana demuestra que el desgaste no desaparece cuando se produce una alternancia política. Los ciudadanos pueden votar por un nuevo proyecto para castigar al partido anterior, pero el nuevo gobierno hereda problemas estructurales que limitan su margen de maniobra. Si la escasez, la inflación o la inseguridad persisten, el beneficio político de la alternancia se consume con rapidez.

Bukele, una excepción difícil de exportar

Nayib Bukele constituye la principal excepción dentro de este mapa. Su estrategia de mano dura contra las pandillas mantiene una aprobación de 83%, según AmericasBarometer. El informe Pulse of Democracy 2026 describe a El Salvador como un experimento decisivo: un Estado que intercambió parte de sus libertades por seguridad y que, de acuerdo con las mediciones citadas, consiguió una mayor sensación de protección.

El respaldo a Bukele no elimina el debate sobre los costos institucionales de su estrategia, pero sí explica por qué su modelo conserva atractivo entre sectores que priorizan la seguridad sobre otras consideraciones. Para Shifter, no obstante, el plan salvadoreño no puede reproducirse fácilmente en las redes criminales transnacionales que operan en América Latina. La estructura del delito, las instituciones, la relación entre fuerzas de seguridad y ciudadanía y las condiciones políticas varían de un país a otro.

La próxima prueba será la gestión, no la campaña

El retroceso en las encuestas introduce un límite para la expansión de la derecha regional: controlar el malestar no es lo mismo que resolverlo. Las promesas de orden, crecimiento y cercanía con Donald Trump pueden movilizar electores, pero su eficacia se mide después en la reducción de la violencia, la disponibilidad de combustible, el empleo y el costo de vida.

La tendencia también puede aumentar la volatilidad política. Cuando los gobiernos pierden apoyo durante sus primeros meses, crecen los incentivos para endurecer el discurso, buscar confrontaciones externas o atribuir los problemas a adversarios internos. Ese camino puede mantener cohesionada a la base electoral, pero no sustituye la entrega de resultados. En los próximos ciclos, la estabilidad de estos proyectos dependerá menos de su identificación ideológica y más de su capacidad para convertir expectativas elevadas en mejoras visibles y sostenibles.