En Guantánamo, tener dinero depositado en una cuenta bancaria no garantiza poder comprar alimentos, pagar a un trabajador o adquirir los insumos necesarios para mantener un pequeño negocio. La bancarización, promovida como una vía para reducir el uso del efectivo, ha creado una contradicción visible en la vida cotidiana: el saldo aparece en el teléfono, pero no siempre puede transformarse en bienes o servicios.
La dificultad comienza en las sucursales y los cajeros automáticos. Las colas se forman antes de la apertura de los bancos y muchos clientes esperan durante horas con la incertidumbre de si quedará efectivo cuando llegue su turno. Para los jubilados, el trámite de cobrar la pensión deja de ser una operación rutinaria y se convierte en una búsqueda mensual marcada por los límites de extracción, la falta de billetes y la necesidad de desplazarse varias veces.
Una cuenta llena que no resuelve las compras
Marcelo, un jubilado de 78 años, resume el problema desde la experiencia de quienes tienen menos margen para adaptarse: “La bancarización la impusieron de manera obligatoria, pero antes no crearon las condiciones para que fuera efectiva”. Su crítica apunta al desfase entre la política y la infraestructura que debería sostenerla. Para que el dinero digital sea funcional, no basta con abrir cuentas o instalar terminales; también hace falta que los comercios acepten pagos electrónicos y que los usuarios puedan retirar efectivo cuando lo necesiten.
En las calles cercanas al centro de la ciudad, la pregunta “¿acepta transferencia?” precede a numerosas compras. La respuesta puede decidir si una persona regresa a casa con alimentos o continúa caminando bajo el calor para encontrar otro establecimiento. Una jubilada guantanamera asegura que algunos negocios rechazan las transferencias y que otros las aceptan aplicando recargos de entre 40% y 50%. En esas condiciones, el saldo bancario pierde parte de su valor real y el consumidor termina pagando más por utilizar el medio de pago que las autoridades intentan impulsar.

El comercio privado atrapado entre dos sistemas
La tensión también afecta a quienes venden. Niuber, dedicado a la elaboración de pizzas y bocaditos en una esquina céntrica, explica que su problema no es la ausencia de clientes, sino la dificultad para convertir los ingresos digitales en recursos utilizables. Puede acumular dinero en su cuenta mediante transferencias, pero encontrar harina, ingredientes y otros suministros que puedan pagarse por esa vía no siempre es posible.
La paradoja golpea directamente la circulación del negocio. Cuanto más vende mediante pagos electrónicos, mayor puede ser el saldo que permanece inmovilizado. Si los proveedores exigen efectivo, las ganancias dejan de funcionar como capital de trabajo. La cuenta bancaria muestra actividad, pero no permite reponer inventarios, cubrir gastos inmediatos o responder a una oportunidad de compra. En ese punto, las multas a los comercios que no aceptan transferencias no corrigen la causa del problema: presionan sobre el último eslabón sin resolver la disponibilidad de efectivo ni la integración entre bancos, vendedores y proveedores.
La consecuencia es una economía cotidiana con dos precios. Uno corresponde al valor oficial del producto; el otro, más alto, se aplica cuando el comprador solo dispone de dinero en el teléfono. Marcelo ofrece un ejemplo concreto: una libra de frijoles anunciada en 400 pesos puede costar 450 si el pago se realiza mediante una transferencia. El recargo funciona como compensación para quien necesita convertir el saldo digital en billetes, pero traslada el costo al consumidor y castiga especialmente a quienes dependen de pensiones o ingresos fijos.
Cuando la electricidad determina el acceso al dinero
Los apagones agravan todas las fallas anteriores. Sin corriente, los cajeros pueden quedar fuera de servicio y los teléfonos se descargan. Las conexiones inestables impiden completar operaciones, mientras que algunos establecimientos carecen de condiciones técnicas para procesar pagos. La promesa de modernización financiera termina dependiendo de un elemento básico y vulnerable: que haya electricidad suficiente para sostener los equipos y las comunicaciones.
Incluso cuando un cajero funciona, el problema puede no estar resuelto. La falta de billetes o los límites de extracción obligan a los usuarios a repetir la visita y prolongan las colas. Para una persona mayor, cada intento implica tiempo, esfuerzo físico y gastos de transporte. La digitalización, en vez de eliminar trámites, puede multiplicarlos cuando no existe una alternativa confiable para obtener efectivo.
El campo necesita billetes para contratar
En las zonas rurales, la brecha es todavía más profunda. Un productor agrícola que cultiva viandas y vegetales explica que debe pagar en efectivo a los jornaleros porque muchos no tienen teléfono móvil y dependen de ese ingreso inmediato. Pretender que una transferencia sustituya al pago en mano puede dejar sin trabajadores a una finca y, en consecuencia, retrasar la siembra o la cosecha.
El agricultor lo plantea en términos prácticos: si no puede pagar a quienes trabajan en el campo, corre el riesgo de quedarse con el boniato sin recoger. La frase “aquí lo que camina es el dinero en la mano” no expresa una preferencia abstracta, sino una condición material de la producción. Allí donde no hay cobertura estable, dispositivos suficientes o una red comercial preparada para aceptar pagos electrónicos, el efectivo sigue siendo la herramienta que conecta el trabajo con la compra de alimentos.
Una política que enfrenta su límite social
El periódico oficial guantanamero Venceremos ha abordado las dificultades de la bancarización y del pago a los jubilados, señal de que el malestar ha adquirido una dimensión difícil de ocultar. El problema ya no pertenece únicamente a quienes rechazan los cambios tecnológicos: alcanza a pensionistas, pequeños comerciantes, productores y consumidores que sí utilizan las cuentas bancarias, pero no pueden completar el circuito económico.
La experiencia de Guantánamo muestra que la bancarización no puede medirse solo por el número de cuentas abiertas o de transferencias realizadas. Su éxito depende de que el dinero conserve capacidad de compra en todos los puntos de la cadena: retirar, pagar, cobrar, abastecerse y contratar. Mientras una parte de esa cadena continúe exigiendo billetes, el saldo digital seguirá siendo insuficiente para resolver las necesidades básicas. Para los sectores más pobres y los más viejos, esa insuficiencia no es una incomodidad tecnológica, sino una penalización diaria sobre el acceso a la comida, el transporte y los ingresos.