Que un perro tire de la correa parece, a primera vista, un inconveniente menor: hace más incómodo el paseo, obliga a sujetar el brazo con fuerza y puede resultar molesto para quien camina a su lado. Sin embargo, cuando ocurre varias veces al día, la situación afecta a ambas partes. El animal acumula frustración, miedo o excitación, mientras el tutor puede terminar paseando con tensión, enfado y la sensación de que no controla a su mascota. La consecuencia no es solo un paseo desagradable: también puede deteriorarse el vínculo entre ambos.
La entrevista de La Vanguardia con Enric Zeitz, biólogo, etólogo y auxiliar veterinario, aporta una idea especialmente relevante para cualquier persona que conviva con un perro: tirar no tiene una explicación única y tampoco admite una solución universal. La edad, la raza y el nivel de energía influyen, pero el temperamento individual es decisivo. Un perro reflexivo y tranquilo probablemente reaccionará menos ante los estímulos que otro más sensible, impulsivo o temeroso, aunque pertenezcan a la misma raza.

Lo que parece desobediencia puede ser miedo o frustración
Para los tutores, distinguir el origen del comportamiento es fundamental. No tira igual un perro que quiere llegar cuanto antes al parque que otro que se bloquea o acelera al ver personas, bicicletas o congéneres. También es diferente el caso de un animal que solo tensa la correa al acercarse a un pipicán y el de otro que camina tirando durante todo el trayecto. En el primer supuesto existe un estímulo concreto y resulta más sencillo identificar qué espera conseguir; en el segundo puede haber ansiedad elevada, miedo a la calle o dificultades generales para gestionar las emociones.
Esta distinción cambia la respuesta del propietario. Si el tirón nace de la excitación, conviene trabajar la capacidad de esperar y recuperar la calma. Si intervienen el miedo o la frustración, aumentar la presión física suele empeorar la reacción. Tirar de vuelta puede convertirse en un forcejeo que eleva todavía más la tensión. Gritar o repetir órdenes tampoco enseña al perro qué conducta alternativa se espera de él; únicamente añade ruido a una situación que ya le cuesta manejar.
El objetivo no es llevarlo pegado a la pierna
Una expectativa poco realista complica muchos paseos. Zeitz señala que no es necesario que el perro camine siempre junto al tutor. La posición de “junto” es un ejercicio de obediencia que exige mucha concentración y puede reservarse para momentos concretos, como atravesar una calle estrecha o pasar junto a una situación de riesgo. En condiciones normales, el animal debería disponer de cierto margen para explorar, siempre dentro de los límites de la correa y bajo la atención de la persona que lo acompaña.
Esto tiene una consecuencia práctica: un paseo no debería plantearse únicamente como un desplazamiento entre dos puntos. Olfatear, observar y elegir el ritmo dentro de unos límites razonables forman parte de las necesidades del perro. Cuando el tutor intenta combinar el paseo con compras, recados o prisas, es más probable que impida esas conductas naturales y se frustre porque el animal no avanza como espera. La tensión resultante puede traducirse en más tirones y conflictos.
La enseñanza empieza en casa y continúa poco a poco
El método recomendado parte de ejercicios sencillos en entornos con pocos estímulos. Antes de exigir un paseo tranquilo en una calle concurrida, el perro debe aprender a prestar atención, tolerar pequeñas esperas y seguir al guía. La progresión lógica consiste en comenzar en casa, pasar después a zonas exteriores tranquilas y aumentar gradualmente la dificultad. Pretender que responda igual rodeado de tráfico, perros y personas que en un salón es ignorar cómo funciona el aprendizaje.
El refuerzo positivo ocupa un lugar central. Premios de comida, juego e interacción social permiten señalar con claridad qué comportamiento resulta útil. Cuando el perro afloja la correa, vuelve la atención hacia su tutor o acepta esperar, esa conducta debe tener consecuencias favorables. En cambio, si tirar le permite llegar al lugar deseado, saludar a otro animal o acercarse a un olor interesante, aprende que tensar funciona. La consistencia importa más que la intensidad: todos los miembros de la familia deben responder de forma parecida.
Diez minutos bien planteados pueden valer más que una hora de tensión
Las sesiones breves y frecuentes son más útiles que los entrenamientos prolongados. El especialista propone trabajar con pocas repeticiones, hacer una pausa, jugar y volver a empezar, con sesiones de unos diez o quince minutos repartidas durante el día. Este formato evita que el perro se sature y obliga también al tutor a observar su propio estado. Entrenar con cansancio o mal humor puede trasladar esa tensión al animal, por lo que a veces es preferible aplazar el ejercicio.
También conviene evitar la repetición automática de “no tires”, “quieto” o “ven”. Una señal solo tiene valor si previamente se ha asociado a una acción concreta y se utiliza una vez, dando tiempo al perro para responder. Repetirla sin pausa termina debilitando su significado. La prioridad debe ser prevenir situaciones que el animal todavía no sabe gestionar, aumentar la distancia respecto al estímulo cuando sea necesario y reforzar cada avance real.
Elegir el perro adecuado también evita problemas futuros
La responsabilidad empieza antes de la adopción. Elegir un perro por su aspecto, por una moda o porque siempre se ha convivido con animales puede llevar a una convivencia mal ajustada. Un border collie, por ejemplo, puede tener necesidades de actividad y estimulación difíciles de cubrir en determinados entornos urbanos. La raza ofrece información, pero también deben considerarse la edad, la procedencia, la etapa de desarrollo y la variabilidad individual.
La relación con el perro será más equilibrada cuando las expectativas se adapten a sus características reales. No se trata de renunciar a educarlo ni de justificar cualquier conducta, sino de entender qué puede pedirle cada persona y en qué condiciones. Una orientación profesional al poco tiempo de la llegada del animal puede prevenir errores, detectar señales de miedo o ansiedad y establecer pautas antes de que el problema se consolide. Para el tutor, la enseñanza principal es clara: pasear mejor no consiste en sujetar más fuerte, sino en conocer mejor al perro y construir respuestas coherentes, graduales y respetuosas.