El puente peatonal que conecta dos barrios de Matanzas enfrenta basura, daños y riesgos crecientes

El puente peatonal que conecta dos barrios de Matanzas enfrenta basura, daños y riesgos crecientes

El puente peatonal conocido como “el puente del tubo”, que comunica los barrios de Versalles y La Marina en Matanzas, continúa prestando servicio pese a acumular basura, aguas albañales, escalones desnivelados, tramos sin pasamanos, grietas y barandas desaparecidas. La estructura, utilizada diariamente por vecinos de ambos sectores, representa un riesgo para peatones de distintas edades y evidencia un deterioro que, según testimonios locales y reportes publicados desde 2019, no ha recibido una reparación integral.

El problema más inmediato se encuentra incluso antes de llegar a las escaleras. Un vertedero ocupa buena parte del acceso y reúne botellas plásticas, cartones, latas oxidadas, ramas y desperdicios domésticos junto a una zanja por la que circulan aguas residuales. El calor intensifica los malos olores y favorece la presencia de insectos. La acumulación ha avanzado desde un pequeño punto inicial hasta aproximarse cada vez más a la entrada de la pasarela, de acuerdo con residentes de la zona.

El puente peatonal que conecta dos barrios de Matanzas enfrenta basura, daños y riesgos crecientes

Un cruce necesario pese al deterioro

“Siempre me ha gustado este puente chiquito porque no hay riesgo de tener un accidente con los carros, pero la verdad que la situación con el vertedero es insoportable”, afirma Filiberto, un jubilado que lo atraviesa cada día para visitar a sus nietos en La Marina. El testimonio resume una contradicción central: la pasarela ofrece una alternativa más segura que caminar entre vehículos, pero sus propias condiciones convierten el trayecto en una amenaza.

Los vecinos, según Filiberto, han presentado quejas sin que el saneamiento regular detenga el crecimiento del basurero. La falta de limpieza no solo afecta la imagen del entorno. También reduce el espacio disponible para acceder al puente, contamina el área próxima al río Yumurí y obliga a los peatones a aproximarse a una zona con aguas albañales y desperdicios acumulados.

El acceso tampoco es el único punto vulnerable. Los escalones presentan desniveles y algunos tramos carecen de pasamanos. Filiberto explica que debe subir y bajar lentamente, “de escalón en escalón”, para no perder el equilibrio. En una estructura utilizada por personas mayores, esa dificultad convierte una irregularidad aparentemente menor en un factor concreto de caídas.

Barandas ausentes y una tubería oxidada

Sobre la pasarela permanece una gruesa tubería metálica instalada décadas atrás para abastecer de agua potable a barrios cercanos. Actualmente está fuera de uso y cubierta por una costra de herrumbre, pero sigue siendo el elemento al que algunos transeúntes se aferran o junto al que caminan para compensar la ausencia de protección lateral.

Las barandas han desaparecido en varios sectores y la estructura muestra grietas. Filiberto asegura que camina pegado a la tubería porque existe un tramo sin protección desde el cual una distracción podría terminar en el río. También advierte sobre el robo de los alambrones y la ausencia de una reparación que permita recuperar la seguridad del paso. La pérdida progresiva de piezas metálicas no es únicamente un problema de mantenimiento: elimina barreras diseñadas para impedir que una persona caiga al agua.

En julio de 2019, un reportaje de Radio 26 ya había denunciado que casi tres metros de baranda habían terminado en el río. Aquella publicación señalaba además la suciedad, los malos olores y el uso de la pasarela por pescadores como plataforma para lanzar sus redes. Siete años después, los problemas descritos entonces siguen presentes y, según las imágenes y testimonios actuales, se han agravado.

La inseguridad aumenta al caer la noche

El deterioro físico se combina con una iluminación insuficiente. Melissa, estudiante de preuniversitario y residente a una cuadra del lugar, cuenta que por la noche el puente se vuelve especialmente inquietante y que entre los vecinos circulan historias de asaltos. “Esto se pone más oscuro que una boca de lobo”, afirma.

Incluso durante el día, la joven prefiere caminar por el costado donde las barandas todavía permanecen completas, aunque el espacio sea más estrecho. Su preocupación no se limita a los elementos visibles. La falta de una evaluación pública sobre el estado de los apoyos y de la estructura inferior impide conocer si las grietas y el desgaste exterior corresponden a daños superficiales o a problemas que podrían comprometer la estabilidad del puente.

Desde el cercano puente de La Concordia, las columnas de concreto parecen resistir, pero la apariencia no sustituye una inspección especializada. La ausencia de información técnica deja a los usuarios ante una incertidumbre difícil de resolver: deben utilizar diariamente una infraestructura necesaria sin saber cuál es su margen real de seguridad.

Una deuda de mantenimiento en una ciudad de puentes

Matanzas celebrará el 12 de octubre sus 333 años de fundada y volverá a mostrar su relación con los ríos, la arquitectura y los numerosos puentes que forman parte de su identidad. Sin embargo, la celebración convive con una red de pasos donde el mantenimiento no ha seguido el ritmo de las necesidades de la población.

El puente del tubo carece de los arcos monumentales y del valor simbólico que distingue a otras estructuras de la ciudad, pero cumple una función cotidiana esencial: permite llegar de un barrio a otro sin exponerse al tránsito vehicular. Su abandono revela que el patrimonio urbano no se reduce a los lugares fotografiados para una fecha conmemorativa. También incluye las obras modestas que sostienen los desplazamientos diarios.

La basura, las barandas faltantes, los escalones dañados y la oscuridad forman una cadena de riesgos que se refuerzan entre sí. Limpiar el acceso resolvería solo una parte del problema; reparar la pasarela exigiría retirar los elementos deteriorados, restituir las protecciones y verificar sus apoyos. Mientras esas acciones no ocurran, decenas de personas seguirán cruzando entre desperdicios y metales oxidados porque, para ellas, llegar a la otra orilla no es una opción simbólica, sino una necesidad diaria.