El sismo de Panamá expone la fortaleza de sus edificaciones y la fragilidad de los servicios críticos

El sismo de Panamá expone la fortaleza de sus edificaciones y la fragilidad de los servicios críticos

El terremoto de magnitud 7,7 que sacudió Panamá dejó una imagen menos habitual que la asociada a un desastre de esa intensidad: daños visibles en viviendas, escuelas, hoteles y plantas de tratamiento de agua, pero sin reportes iniciales de víctimas mortales y con buena parte de las carreteras, los comercios y la actividad hotelera todavía en funcionamiento. Esa combinación no reduce la gravedad del episodio. Al contrario, plantea una pregunta más compleja: ¿qué elementos evitaron un desenlace peor y cuáles podrían convertirse en el próximo punto débil?

Los primeros informes conocidos describieron afectaciones en unas 200 viviendas y más de 180 centros educativos, además de deterioros en algunas plantas potabilizadoras. También se registraron daños estructurales en hoteles y edificaciones antiguas. El movimiento fue seguido por más de un centenar de réplicas, algunas prolongadas hasta la madrugada del sábado, lo que extendió la incertidumbre entre residentes y visitantes. La ausencia inicial de fallecidos no significa que la emergencia haya terminado: la evaluación de estructuras, la continuidad de los servicios básicos y la atención a las familias desplazadas pueden modificar sustancialmente el balance.

Un país sorprendido por la intensidad del movimiento

El impacto se sintió con especial fuerza en la provincia de Coclé, a unos 120 kilómetros de Ciudad de Panamá, según el relato del reportero Juan Camilo Ramírez, de Noticias RCN, difundido por el programa radial La FM Fin de Semana. En esa zona turística, varios hoteles ordenaron evacuaciones preventivas. En el establecimiento donde se alojaba el periodista, los huéspedes no pudieron regresar debido a los daños en la estructura; algunos pasaron la noche en el estacionamiento y otros tuvieron que buscar alojamiento alternativo.

La experiencia en Coclé muestra una diferencia importante entre la magnitud de un sismo y sus consecuencias concretas. La intensidad percibida cambia según la distancia al epicentro, el tipo de suelo, la calidad de la construcción y el estado de conservación de cada inmueble. Dos edificios situados en una misma ciudad pueden responder de manera muy distinta al mismo movimiento. Por eso, el número de la magnitud no basta para anticipar el daño: también importa dónde se concentra la población, qué instalaciones son esenciales y cuánto tiempo tardan las autoridades en inspeccionar los inmuebles afectados.

Al avanzar hacia la capital, Ramírez describió un panorama desigual. Algunas construcciones antiguas del casco histórico presentaban deterioros, mientras que las torres modernas de Ciudad de Panamá se mantenían prácticamente ilesas, de acuerdo con su testimonio. Esa diferencia sugiere que la antigüedad, los materiales, las modificaciones acumuladas y los estándares de diseño pueden ser determinantes. No permite, sin embargo, declarar seguras todas las edificaciones nuevas ni vulnerables todas las antiguas. Una inspección técnica debe revisar daños que no siempre son visibles, como desplazamientos, fisuras en elementos estructurales o alteraciones en conexiones y fachadas.

El sismo de Panamá expone la fortaleza de sus edificaciones y la fragilidad de los servicios críticos

La infraestructura como primera barrera

Ramírez atribuyó parte del desenlace a la infraestructura panameña, aunque aclaró que no es ingeniero ni perito de daños. Su observación apunta a una hipótesis razonable: la calidad del diseño y de la construcción puede haber limitado el colapso de edificios en zonas densamente pobladas. Una estructura que se deforma sin caer permite evacuar, reduce la probabilidad de atrapamiento y facilita el rescate. Esa diferencia entre daño reparable y colapso total explica por qué un terremoto puede dejar pérdidas materiales importantes sin producir una cifra equivalente de víctimas.

El caso también pone bajo examen la relación entre crecimiento urbano y seguridad. Ciudad de Panamá ha experimentado una expansión vertical que convirtió a las torres residenciales, oficinas y hoteles en parte central del paisaje urbano. Si esos edificios responden adecuadamente, la inversión en normas, supervisión y capacidad técnica queda parcialmente validada. Pero la capital no representa por sí sola al país. Las viviendas rurales, las escuelas de menor presupuesto, los inmuebles antiguos y las instalaciones construidas con controles desiguales pueden concentrar riesgos que no se perciben desde el perfil moderno de la ciudad.

La construcción sismorresistente no depende únicamente de tener normas en el papel. Requiere cálculos adecuados, materiales certificados, supervisión municipal, personal capacitado y mantenimiento. Una edificación diseñada correctamente puede perder capacidad si sufre ampliaciones improvisadas, eliminación de muros, sobrecargas o deterioro prolongado. Por ello, el terremoto debería impulsar un inventario nacional de inmuebles críticos y vulnerables, con prioridades claras para hospitales, escuelas, plantas de agua, puentes, hoteles y edificios de alta ocupación.

Escuelas y agua: el daño que no siempre aparece en las cifras

Los más de 180 centros educativos reportados con daños representan una preocupación que va más allá de las reparaciones físicas. Cuando una escuela queda cerrada, se interrumpe la enseñanza, se altera la rutina de las familias y, en algunos casos, se pierde temporalmente un punto de reunión y protección para la comunidad. El impacto es mayor en localidades donde no existen aulas alternativas o donde el transporte escolar depende de carreteras que también necesitan revisión.

La afectación de algunas plantas potabilizadoras tiene una importancia todavía más sensible. Un corte de agua puede no causar una emergencia inmediata si existen reservas y la interrupción es breve, pero se convierte en un problema sanitario cuando afecta hospitales, centros de evacuación, hoteles y barrios densamente poblados. Las plantas de tratamiento dependen de equipos eléctricos, tuberías, bombas, depósitos y sistemas de control. El fallo de un solo componente puede reducir la capacidad de todo el sistema, incluso cuando la estructura principal permanece en pie.

Esta clase de riesgo exige evaluar la resiliencia de los servicios y no solo la resistencia de los edificios. Contar con generadores, repuestos, fuentes alternativas, depósitos de emergencia y protocolos de operación manual puede ser tan decisivo como reforzar una pared. El terremoto ofrece una oportunidad para comprobar si los operadores tienen planes coordinados y si la información sobre cortes, calidad del agua y tiempos de recuperación llega con rapidez a la población.

Turismo bajo presión y confianza pública

Coclé concentra playas, hoteles y centros vacacionales, por lo que sus daños tienen una dimensión económica inmediata. La evacuación preventiva es una medida responsable cuando existen dudas sobre la seguridad de una estructura, pero las escenas de huéspedes durmiendo en estacionamientos o buscando alojamiento alternativo también pueden afectar la percepción del destino. En el turismo, la confianza se construye con años de operación y puede deteriorarse en pocas horas si los visitantes creen que no recibirán información clara o asistencia básica durante una emergencia.

El efecto no se limita a las reservas canceladas en los días posteriores. Operadores turísticos, trabajadores, transportistas, restaurantes y comercios dependen de una cadena de actividad que puede ralentizarse aunque no haya destrucción generalizada. Una política de recuperación debería combinar inspecciones transparentes, certificaciones temporales de seguridad y comunicación pública verificable. Reabrir demasiado pronto sin revisar las estructuras sería riesgoso; mantener cerrados establecimientos que ya fueron evaluados también puede profundizar pérdidas innecesarias.

La inquietud por un posible tsunami mostró otra dimensión de la crisis: la circulación de información. Ramírez señaló que, según los datos que manejaba, esa posibilidad había sido descartada. En situaciones de réplicas, el público necesita mensajes coordinados entre las autoridades, los operadores de emergencia y los medios. Las contradicciones, los rumores o las declaraciones sin respaldo pueden provocar evacuaciones desordenadas, saturar las vías y desviar recursos de los lugares realmente afectados.

Lo que las réplicas obligan a revisar

Más de cien réplicas mantienen una emergencia activa incluso cuando las primeras inspecciones parecen alentadoras. Un inmueble que soportó el movimiento principal puede quedar debilitado y ser más vulnerable ante nuevas sacudidas. La prioridad debe ser impedir el reingreso a estructuras con señales de daño, instalar perímetros de seguridad y explicar a los residentes qué criterios se utilizarán para autorizar el retorno. La presión por volver a las viviendas, reabrir hoteles o reanudar clases no puede sustituir la evaluación profesional.

La respuesta también debe considerar a quienes no aparecen en el balance inicial: familias que abandonaron temporalmente sus casas, trabajadores que perdieron ingresos, pequeños comerciantes con mercancía dañada y personas mayores que dependen de redes locales de apoyo. La ausencia de víctimas mortales no elimina el costo social. El desplazamiento temporal, la ansiedad y la interrupción de servicios pueden prolongarse durante semanas, especialmente en comunidades con menor capacidad económica.

El terremoto deja así una agenda de largo plazo. Panamá deberá determinar qué funcionó en la preparación y qué falló en la comunicación, revisar la aplicación real de sus normas de construcción y medir la resistencia de sus redes de agua, educación, transporte y alojamiento. La infraestructura moderna parece haber reducido el riesgo de una catástrofe mayor en varios sectores, pero la experiencia también demuestra que la resiliencia no se define por la ausencia de colapsos. Se define por la capacidad de inspeccionar, informar, mantener los servicios esenciales y recuperar la vida cotidiana sin ocultar los daños que todavía pueden aparecer.