El terremoto de Panamá expone la fragilidad sísmica de Azuero y el reto de evacuar las ciudades verticales

El terremoto de Panamá expone la fragilidad sísmica de Azuero y el reto de evacuar las ciudades verticales

El terremoto que sacudió Panamá este viernes 9 de octubre no solo se midió por una cifra de magnitud. También puso a prueba la preparación de una capital construida en altura, la capacidad de respuesta de las autoridades y la calidad de la información disponible durante las primeras horas de una emergencia. Según los reportes del Instituto de Geociencias de la Universidad de Panamá citados por el diario La Prensa, el sismo alcanzó una magnitud de 7,2, tuvo una profundidad de cuatro kilómetros y su epicentro se localizó a 39 kilómetros al noroeste de Tonosí, en la región de Azuero.

La combinación entre una magnitud elevada y una profundidad superficial ayuda a explicar por qué el movimiento fue percibido con tanta intensidad en distintos puntos del país. Eduardo Quintero Molina, ciudadano proveniente de Valledupar y residente en Panamá desde hace aproximadamente 24 años, se encontraba en el piso 18 de un edificio de gran altura cuando ocurrió el temblor. “Fue muy fuerte”, relató al diario EL PILÓN. Su experiencia representa una de las dimensiones menos visibles de estos fenómenos: para quienes se encuentran en pisos altos, la oscilación puede prolongarse y generar una sensación de inestabilidad especialmente intensa, incluso cuando el edificio no presenta daños visibles.

Una hora que separó la alarma de la evaluación real

El sismo ocurrió a las 12:56 p. m. y produjo la evacuación inmediata de numerosos edificios en Ciudad de Panamá. Quintero y los demás ocupantes descendieron por las escaleras, siguiendo protocolos de emergencia que, según explicó, habían sido actualizados después de otros movimientos telúricos registrados en Venezuela y Colombia. La salida ordenada constituye un dato relevante: en una ciudad con alta concentración de oficinas, apartamentos y hoteles en torres, la primera respuesta no depende únicamente de la resistencia estructural, sino también de la disciplina de los ocupantes, la señalización, el entrenamiento y la capacidad de los administradores para evitar estampidas.

La evacuación no terminó cuando cesó el movimiento principal. Los ocupantes permanecieron aproximadamente una hora fuera del edificio y, entre 15 y 20 minutos después del primer evento, percibieron una réplica de menor intensidad. Solo regresaron cuando recibieron autorización. Esa secuencia muestra que la gestión de un terremoto no puede reducirse a desalojar rápidamente: también exige evaluar riesgos secundarios, verificar ascensores, escaleras, redes eléctricas, tuberías y posibles daños en elementos no estructurales antes de permitir el reingreso.

La percepción de Quintero fue que no se habían producido daños significativos en el edificio ni en otros sectores de la capital. Sin embargo, una observación individual, por valiosa que sea, no equivale a una inspección técnica nacional. Durante las primeras horas, los reportes suelen concentrarse en daños evidentes y zonas con mayor presencia de medios, mientras que las fallas en viviendas antiguas, iglesias, edificaciones rurales o inmuebles sin administración formal pueden tardar más en aparecer.

El terremoto de Panamá expone la fragilidad sísmica de Azuero y el reto de evacuar las ciudades verticales

Azuero recibió el impacto más delicado

El epicentro se ubicó en las cercanías de Tonosí, en Azuero, no en el centro urbano de Ciudad de Panamá. Esa diferencia geográfica es fundamental para interpretar el balance inicial. La capital concentró la atención por la evacuación de miles de personas y por la presencia de edificios altos, pero las mayores afectaciones materiales reportadas hasta ese momento se encontraban en iglesias y construcciones antiguas de la región de Azuero. La antigüedad, los materiales utilizados, el mantenimiento y la ausencia de reforzamientos modernos pueden ser determinantes cuando un movimiento fuerte ocurre cerca de una comunidad.

El hecho de que no se informaran víctimas mortales en las primeras horas no elimina la gravedad del evento. La ausencia de fallecidos puede reflejar una combinación de factores: la hora del sismo, el nivel de ocupación de los inmuebles, la distribución de la población y la respuesta inmediata. También puede cambiar a medida que los equipos de emergencia alcanzan lugares apartados y revisan estructuras dañadas. En este tipo de situaciones, el primer balance debe entenderse como provisional, no como una certificación definitiva de seguridad.

La situación dejó además una diferencia significativa entre la capital y el área epicentral. Mientras los residentes de los rascacielos afrontaban evacuaciones, congestión en las escaleras y temor a regresar, los habitantes de Azuero podían enfrentar un problema más silencioso: permanecer cerca de edificaciones deterioradas sin contar necesariamente con una evaluación técnica inmediata. El riesgo, por tanto, no se distribuye de manera uniforme. La capital tiene más infraestructura de respuesta y mayor visibilidad pública; las comunidades próximas al epicentro pueden tener una exposición física mayor y menos recursos de inspección.

La preparación dejó de ser un asunto exclusivo de los ingenieros

La experiencia relatada por Quintero respalda una primera conclusión: en las ciudades verticales, la seguridad sísmica se ha convertido en un problema de gestión colectiva. Un edificio puede estar diseñado para resistir movimientos importantes, pero seguir siendo vulnerable a evacuaciones desorganizadas, lesiones en escaleras, caída de vidrios, desprendimiento de fachadas o interrupciones de servicios. La infraestructura y el comportamiento humano forman un mismo sistema de riesgo.

La segunda conclusión es que los protocolos actualizados tienen valor solo si se practican. Evacuar por las escaleras, no utilizar ascensores y esperar autorización para volver son medidas razonables, pero su eficacia depende de que los residentes sepan quién toma decisiones, dónde deben reunirse y cómo se contabiliza a las personas. En edificios con cientos de ocupantes, una instrucción ambigua puede producir bloqueos o retornos prematuros. La preparación de administradores, empresas de seguridad, brigadas y usuarios debería evaluarse con simulacros periódicos, no únicamente después de una emergencia.

La tercera conclusión se refiere a la información pública. Durante el terremoto circularon reportes sobre evacuaciones masivas, daños localizados y una posible amenaza de tsunami. CNN informó que el sistema estadounidense de alerta de tsunamis advirtió sobre la posibilidad de olas peligrosas para las costas de Panamá y otros países del Pacífico, incluida Colombia. Al mismo tiempo, Quintero indicó que no percibía inestabilidad del mar ni alertas particulares desde su entorno. Estas afirmaciones no necesariamente se contradicen: una advertencia preventiva puede emitirse antes de confirmar si se producirá una alteración significativa del nivel del mar. El desafío está en comunicar esa diferencia con precisión, para evitar tanto la falsa tranquilidad como el pánico.

Entre la calma de la capital y la incertidumbre de las familias

Los distintos grupos afectados vivieron el episodio de manera desigual. Para los residentes de edificios altos, la prioridad fue abandonar las torres y comprobar que familiares y compañeros estuvieran a salvo. Para los administradores y propietarios, el dilema consistió en decidir cuándo era prudente autorizar el regreso. Un retorno demasiado rápido puede exponer a las personas a réplicas o daños no detectados; una espera prolongada puede dejar a cientos de familias sin acceso a medicamentos, documentos, mascotas o necesidades básicas.

Las comunidades de Azuero enfrentaron otra preocupación: la preservación de inmuebles históricos y religiosos que cumplen funciones sociales, culturales y espirituales. Los daños en iglesias y construcciones antiguas no representan únicamente pérdidas patrimoniales. También pueden privar temporalmente a los pueblos de espacios de reunión, servicios comunitarios y referencias culturales. La discusión sobre reforzamiento sísmico suele detenerse por el costo, pero cada terremoto demuestra que el costo de no intervenir puede incluir interrupciones prolongadas, desplazamientos y pérdida de patrimonio.

La colonia vallenata y otros residentes de la costa que se encontraban en la capital permanecían a salvo según la información disponible en el momento del testimonio. Esa red de comunicación informal cumplió una función importante, aunque no puede reemplazar a los sistemas oficiales. En una emergencia, las familias buscan confirmar rápidamente el estado de sus allegados, y los rumores suelen llenar los vacíos antes de que las autoridades consoliden datos. La transparencia sobre lo que se sabe, lo que se desconoce y cuándo se actualizará la información puede ser tan importante como el anuncio de las medidas de protección.

El próximo riesgo no es solo otra réplica

En las horas posteriores al terremoto, el riesgo inmediato estuvo asociado a réplicas, estructuras debilitadas y posibles variaciones del nivel del mar. Pero el riesgo de fondo es más amplio. Panamá debe revisar si sus códigos de construcción, planes de inspección y protocolos de evacuación responden a una realidad urbana marcada por edificios altos y a una realidad territorial donde persisten construcciones antiguas. Colombia, incluida la costa Caribe, también tiene un interés directo: la advertencia sobre posibles olas peligrosas recordó que un evento ocurrido en un país puede activar alertas y decisiones preventivas en otros territorios del Pacífico.

La experiencia sugiere que las autoridades deberían priorizar un inventario público de edificaciones vulnerables, comenzando por hospitales, escuelas, iglesias, edificios antiguos y torres con alta ocupación. Ese inventario tendría que vincularse con inspecciones verificables y planes de intervención. Sin información sobre qué inmuebles requieren refuerzo, la política de prevención queda limitada a recomendaciones generales que no permiten asignar recursos según el nivel de riesgo.

También será necesario mejorar la coordinación entre institutos sismológicos, sistemas de alerta, gobiernos locales, administradores de edificios y medios de comunicación. La magnitud, la profundidad y el epicentro son datos esenciales, pero el público necesita además instrucciones concretas: cuándo evacuar, dónde reunirse, qué señales obligan a no regresar y cómo actuar ante una alerta de tsunami. La comunicación de crisis debe ser rápida, comprensible y coherente entre instituciones, especialmente cuando las primeras versiones todavía están en desarrollo.

El terremoto de Panamá dejó una imagen doble. En Ciudad de Panamá, miles de personas abandonaron edificios y esperaron antes de volver a sus apartamentos; en Azuero, iglesias y construcciones antiguas evidenciaron que la distancia entre la modernización urbana y la vulnerabilidad estructural sigue siendo considerable. Que no se reportaran víctimas mortales en el balance inicial es una noticia favorable, pero no permite cerrar la discusión. El verdadero resultado se conocerá cuando terminen las inspecciones, se actualicen los daños y se determine si los protocolos aplicados fueron suficientes. La lección más importante no está únicamente en la fuerza del sismo, sino en la capacidad de una sociedad para transformar una evacuación exitosa en una política permanente de prevención.