La expansión de las iglesias evangélicas modificó el mapa político brasileño y obligó a revisar una explicación demasiado simple de la polarización entre Luiz Inácio Lula da Silva y Jair Bolsonaro. Para Eduardo Sincofsky, consultor y analista político argentino radicado en Brasil, el fenómeno no puede reducirse a una operación electoral de la derecha: las iglesias ocuparon espacios sociales abandonados por el Estado, construyeron redes de asistencia y pertenencia, y desde allí adquirieron una autoridad capaz de influir en las decisiones públicas.
Una minoría que se convirtió en fuerza territorial
El primer dato decisivo es demográfico y político a la vez. Los evangélicos dejaron de ser una minoría marginal y pasaron a representar más de una cuarta parte de la población brasileña. En 2018, alrededor del 69% de ese electorado respaldó a Bolsonaro, una cifra que mostró el peso de esa comunidad en una elección nacional altamente polarizada.
Sincofsky advierte, sin embargo, que ese resultado no se explica únicamente por los mensajes de campaña ni por la identificación con el expresidente. En numerosos barrios, especialmente allí donde los servicios públicos son insuficientes, las iglesias ofrecen ayuda, contención y vínculos cotidianos. Esa presencia territorial produce una relación de confianza que los partidos políticos no siempre logran construir.
El punto central es que una iglesia no funciona solamente como un lugar de culto. También puede ser un espacio para conseguir apoyo económico, encontrar trabajo, recibir acompañamiento o sostener una actividad familiar. Cuando una institución participa de manera concreta en la vida de sus miembros, sus referentes adquieren una autoridad que puede proyectarse hacia la esfera electoral, aunque esa influencia nunca sea automática ni uniforme.

De la solidaridad cotidiana a la batalla cultural
La segunda clave está en el modo en que el bolsonarismo convirtió preocupaciones morales en asuntos de competencia electoral. La defensa de la familia tradicional, la oposición a determinados derechos de las minorías y la denuncia de supuestas amenazas contra los valores religiosos permitieron trasladar cuestiones de la vida privada al centro de la disputa política.
Ese proceso no implica que todos los fieles acepten las orientaciones de sus pastores. El electorado evangélico es heterogéneo y sus integrantes también deciden a partir de la inflación, el empleo, la seguridad o las necesidades de sus hogares. Pero la existencia de una red organizada facilita la circulación de mensajes y la movilización rápida en momentos decisivos de una campaña.
La intervención religiosa puede ser explícita, como cuando un pastor expresa su apoyo a Flávio Bolsonaro en una actividad de culto. También puede presentarse de manera indirecta, mediante la lectura de un pasaje bíblico para cuestionar una reforma laboral. En ese caso, una discusión sobre la duración de la jornada y los derechos de los trabajadores se formula como un conflicto entre principios religiosos y decisiones políticas.
La llamada “guerra espiritual” profundiza esa lógica al describir una elección como un enfrentamiento entre el bien y el mal. El recurso tiene eficacia porque transforma una competencia entre candidatos en una disputa moral, reduce los matices y fortalece la lealtad hacia quienes aparecen como defensores de una identidad amenazada.
El límite de la vieja conexión entre Lula y los sectores populares
El tercer anclaje del fenómeno es la pérdida de exclusividad del Partido de los Trabajadores sobre la representación popular. Lula conserva una historia política estrechamente vinculada con los trabajadores, pero esa identidad no garantiza que sus antiguos apoyos permanezcan intactos. Las identidades políticas cambian cuando aparecen nuevas instituciones capaces de ofrecer respuestas concretas y una interpretación convincente del presente.
Las iglesias ampliaron su presencia en territorios populares mientras el bolsonarismo tendía puentes con sus liderazgos. Al mismo tiempo, una parte del electorado comenzó a exigir al PT algo más que la defensa de sus logros históricos: quiere saber qué oportunidades tendrán sus hijos, cómo afectarán la inteligencia artificial y los cambios tecnológicos al empleo, y de qué manera será posible pasar de los programas de asistencia a trabajos estables.
En ese punto, la comparación con Argentina resulta útil, aunque no completa. Ambos países construyeron un “polo anti”: el antikirchnerismo y el antipetismo. Brasil dispone de mayor estabilidad macroeconómica y de consensos más amplios sobre algunas variables económicas, pero enfrenta una pregunta semejante: cómo construir una propuesta de futuro que supere el rechazo al adversario. La derecha encontró en las iglesias una estructura territorial y un lenguaje político para responder, al menos parcialmente, a esa demanda.
La sucesión de Lula y el desafío de reconstruir una mayoría
El cuarto anclaje apunta al futuro del progresismo brasileño. La fortaleza de Lula también produjo una dependencia considerable de su figura. Su carisma, su capacidad de comunicación y su trayectoria le permiten conectar con millones de personas, pero esa centralidad deja expuesto al PT cuando debe imaginar una etapa posterior.
Fernando Haddad cuenta con preparación técnica y reconocimiento institucional, aunque no posee la misma llegada popular. La ausencia de un liderazgo equivalente puede ser especialmente costosa en un escenario polarizado, donde cada elección exige movilizar identidades y redes con gran rapidez.
La recuperación de parte del voto evangélico no dependerá de una disputa abstracta sobre la religión. Exigirá comprender que esas comunidades combinan creencias, necesidades económicas, vínculos de solidaridad y formas de participación política. El progresismo podría dialogar con sectores evangélicos si abandona la idea de que todos son naturalmente bolsonaristas y formula respuestas creíbles sobre empleo, ingresos y protección social.
La cuestión de fondo no es solamente quién logra obtener el respaldo de los pastores, sino quién consigue construir presencia y confianza antes de que llegue la campaña. En Brasil, la competencia política se libra cada vez más en espacios donde el Estado llega de manera intermitente y donde las iglesias ya ofrecen pertenencia, ayuda y una explicación del mundo. Ignorar esa transformación dejaría al progresismo frente a una sociedad que cambió más rápido que sus categorías para interpretarla.