Eustaquio Pérez tiene 105 años y continúa organizando sus días alrededor del trabajo, el movimiento y el cuidado de sus animales. Nacido en 1921 en la aldea de Atrio, en Quintela de Leirado, Ourense, el gallego se mantiene activo atendiendo a un rebaño de catorce ovejas y caminando varios kilómetros por el monte. Su historia, contada en el programa Cosas Nuestras de Televisión Española, no se apoya en una fórmula milagrosa para explicar su longevidad, sino en una rutina sostenida durante décadas.
La jornada de Pérez comienza cuando todavía es de noche. Se levanta a las cuatro de la mañana, se viste y va a la cocina. Allí toma un vaso de agua con sus remedios y prepara el desayuno, una primera secuencia que repite con la precisión de quien ha convertido los hábitos en una estructura diaria. Después sale a ocuparse de los animales y de las plantas antes de continuar con sus tareas en el campo.
Una mañana que empieza antes que el día
El café ocupa un lugar central en su desayuno. Pérez explicó que bebe café negro, aproximadamente un litro, con cuatro cucharadas de azúcar. Lo acompaña con un trozo de pan y defendió su preferencia por el sabor dulce con una frase que resume su manera directa de expresarse: “Me gusta dulce porque amarga es la vida”. Más allá de la anécdota, su alimentación refleja una relación sencilla con los productos cotidianos, sin la búsqueda de dietas excepcionales ni de recetas asociadas a la longevidad.
Durante su infancia y juventud, recordó, la alimentación dependía principalmente de lo que producía el campo. En su entorno se comía cerdo, carne y otros alimentos disponibles en la propia tierra. Aquella dieta no respondía a una planificación nutricional moderna, sino a las condiciones de una vida rural en la que el trabajo físico y la producción doméstica determinaban qué llegaba a la mesa.

El movimiento como parte de la responsabilidad
La actividad física de Pérez no aparece separada de sus obligaciones. No camina para cumplir una meta deportiva, sino para desplazarse por un territorio que conoce y para seguir cuidando su rebaño. Utiliza un bastón, pero asegura que todavía puede recorrer dos kilómetros de ida hasta Surrego y otros dos de vuelta. Son, según su propio cálculo, cuatro kilómetros diarios por el monte.
Ese dato adquiere relevancia porque muestra que su autonomía no se mide únicamente por la ausencia de limitaciones. Pérez reconoce que necesita apoyo para caminar y que el paso del tiempo ha reducido su fuerza, pero mantiene tareas concretas que dan sentido a sus desplazamientos. En su caso, la movilidad está vinculada a una responsabilidad: preparar a los animales, revisar la cuadra y salir al campo. La obligación cotidiana funciona así como un estímulo constante para conservar la actividad.
Lo que el tiempo conserva y lo que se lleva
El centenario no presenta su edad desde una perspectiva idealizada. Cuando le preguntaron qué extraña de su juventud, señaló que las ideas permanecen, mientras que la fuerza desaparece. La respuesta distingue entre la continuidad de la memoria y el deterioro físico, una experiencia común en la vejez que en su relato aparece sin dramatismo. “Del resto a vivir”, afirmó, como si aceptar esa transformación formara parte de la propia disciplina de seguir adelante.
Su testimonio también permite observar una diferencia entre cumplir años y conservar una forma de participación en la vida diaria. Pérez no se define solo por su longevidad ni por el reconocimiento de ser uno de los hombres más longevos de Galicia. Su identidad continúa ligada a decisiones y tareas concretas: levantarse temprano, preparar la comida, cuidar animales, caminar y mantener una relación directa con el lugar donde vive.
Una recomendación sin promesas fáciles
Al dirigirse a los jóvenes que aspiran a llegar a los 100 años, Pérez no ofreció una explicación médica ni aseguró que su experiencia pueda convertirse en una receta universal. Recomendó trabajar, luchar para conseguir lo que se necesita y reducir los excesos, en especial el tabaco y otros vicios. Su consejo resume una ética formada en el esfuerzo, aunque no debe confundirse con una prueba de que esos hábitos, por sí solos, determinen la esperanza de vida.
La longevidad depende de factores genéticos, sociales, sanitarios y ambientales que no pueden reducirse a una sola conducta. Sin embargo, la experiencia de Pérez aporta una observación concreta: la regularidad puede sostener una vida activa cuando se combina con un entorno, unas responsabilidades y unas capacidades que todavía permiten actuar. Su rutina no promete resultados, pero sí muestra cómo una persona puede preservar márgenes de autonomía mediante acciones repetidas durante años.
La tranquilidad como definición del amor
La última reflexión de Pérez se apartó del trabajo y la salud para entrar en un terreno más íntimo. Para él, el amor es “tranquilidad, paz y tranquilidad”. La definición es breve, pero encaja con el conjunto de su relato: una vida ordenada alrededor de tareas conocidas, vínculos con el territorio y una aceptación serena de las pérdidas físicas.
A los 105 años, su mensaje no consiste en negar el envejecimiento, sino en reconocerlo sin permitir que ocupe toda la escena. La fuerza puede disminuir y el bastón puede volverse necesario, pero todavía quedan rutinas, responsabilidades y motivos para salir al campo. En esa combinación de límites y continuidad reside el valor más profundo de su historia.