Una jueza de Florida ordenó este lunes el arresto de Raúl Castro por su presunta responsabilidad en el derribo de dos avionetas de la organización de exiliados cubanos Hermanos al Rescate, ocurrido en 1996. La resolución, dictada por Ariana Fajardo Orshan, del Undécimo Circuito Judicial de Florida, contempla además la extradición del exmandatario cubano si fuera detenido fuera del estado. La medida reabre un episodio de hace tres décadas y eleva la presión judicial sobre La Habana en un momento de fuerte tensión política entre Cuba y Washington.
Castro, de 95 años, está acusado en Florida del asesinato en primer grado de tres ciudadanos estadounidenses de origen cubano y de un residente. La orden no implica que se haya producido una detención ni establece por sí sola que el acusado vaya a ser trasladado ante un tribunal. Su alcance práctico dependería de que las autoridades estadounidenses pudieran localizarlo y ejecutar la medida, un escenario especialmente complejo por su edad, su posición dentro de la dirigencia cubana y la ausencia de cooperación judicial entre ambos países.
Una causa reactivada en un clima de máxima presión
La iniciativa partió del fiscal de Florida James Uthmeier, quien solicitó en marzo reabrir la investigación. Dos meses después, el Departamento de Justicia estadounidense inició una acusación formal contra Castro. La decisión judicial representa el paso más visible de ese proceso y convierte un caso históricamente vinculado a la política exterior en un asunto penal impulsado desde un tribunal estatal.
Uthmeier sostuvo que agentes del régimen cubano operaron dentro de comunidades de exiliados, proporcionaron información a La Habana y contribuyeron a que los pilotos civiles fueran puestos en el punto de mira de cazas cubanos. “Treinta años después seguimos luchando por justicia”, afirmó al mencionar a las víctimas: Carlos Costa, Pablo Morales, Mario de la Peña y Armando Alejandre Jr.

El momento elegido para reactivar la causa añade una dimensión política difícil de separar de la jurídica. Washington ejerce actualmente un bloqueo petrolero contra la isla, mientras el presidente Donald Trump ha hablado de la posibilidad de “tomar” Cuba. En ese contexto, la orden contra Castro puede funcionar simultáneamente como una actuación penal y como una señal de endurecimiento frente al Gobierno cubano.
El episodio de 1996 que sustenta la acusación
Hermanos al Rescate era una asociación formada por exiliados cubanos en Miami. Sus miembros utilizaban avionetas para buscar y auxiliar a balseros que intentaban abandonar Cuba por mar, y en ocasiones lanzaban víveres sobre el Caribe. Con el tiempo, la organización comenzó también a aproximarse a las costas cubanas para arrojar folletos con mensajes políticos, una actividad que La Habana consideraba una violación de su soberanía.
El 24 de febrero de 1996, cazas de la Fuerza Aérea Cubana derribaron dos de esas aeronaves en el estrecho de Florida. Cuatro personas murieron. Estados Unidos y la Organización de Aviación Civil Internacional han sostenido que el derribo ocurrió en aguas internacionales, mientras Cuba defendió que actuaba para proteger su territorio después de incursiones previas.
La disputa sobre el lugar exacto del ataque es central para la interpretación del caso. Si las aeronaves se encontraban fuera del espacio aéreo cubano, la justificación basada en la defensa de la soberanía pierde fuerza y el uso de la fuerza adquiere una dimensión distinta. La acusación actual busca además conectar la operación militar con supuestas actividades de espionaje que habrían transmitido a La Habana los datos de vuelo de los pilotos civiles.
Una respuesta cubana que niega legitimidad al proceso
El ministro de Exteriores cubano, Bruno Rodríguez, rechazó la orden y la calificó de maniobra política. En sus redes sociales afirmó que la decisión refleja la “podredumbre política” y el “colapso moral” de quienes, según dijo, engañan a sus seguidores para obtener colectas y financiación. También denunció una nueva actuación de políticos anticubanos del sur de Florida y calificó de infundadas las acusaciones contra Raúl Castro.
La reacción de La Habana era previsible, pero también revela el principal límite inmediato de la medida: Estados Unidos puede activar una investigación y dictar una orden dentro de su jurisdicción, pero carece de un mecanismo evidente para hacerla efectiva en Cuba. Por ello, su impacto más probable no será operativo a corto plazo, sino diplomático y propagandístico.
El caso puede reabrir, además, el debate sobre la utilización de tribunales estatales para abordar hechos con consecuencias internacionales. Para los familiares de las víctimas, la decisión ofrece una nueva oportunidad de buscar responsabilidad después de años sin una resolución penal contra los máximos responsables. Para Cuba, confirma que Washington está incorporando viejos conflictos al actual enfrentamiento bilateral.
La orden no resuelve por sí misma las controversias sobre las circunstancias del derribo ni determina cómo se desarrollaría un eventual juicio. Su importancia reside en que transforma un episodio congelado durante décadas en un expediente activo, con implicaciones legales que ahora se superponen a una relación bilateral ya marcada por sanciones, amenazas y ausencia de confianza.