La devastación de Gaza no se limita a las bombas. También se expresa en el hambre, la falta de atención médica, el desplazamiento permanente y la destrucción de los vínculos que sostienen una sociedad. Tras novecientos días de guerra, más de setenta mil palestinos habrían muerto en Gaza por fuego israelí, entre ellos unos veinte mil niños, según las cifras recogidas en el texto. Un estudio citado eleva aún más la estimación de muertes violentas y advierte de que los fallecimientos por hipotermia, hambre o ausencia de asistencia sanitaria resultan mucho más difíciles de registrar.
La misma violencia adopta otras formas en Cisjordania y Jerusalén Este: incursiones nocturnas, demoliciones, detenciones, humillaciones y ataques de colonos contra pueblos, viviendas, tierras, vehículos y ganado. La fragmentación territorial y administrativa no aparece así como una consecuencia secundaria del conflicto, sino como un mecanismo de control sostenido mediante la ocupación militar, la burocracia, la planificación urbana y distintos regímenes legales para personas que comparten un mismo espacio.
Cuando sobrevivir también significa conservar una vida
En ese escenario, la resistencia no consiste únicamente en enfrentarse a las armas. También está en mantener rutinas que el sistema de destrucción intenta volver imposibles: amasar pan bajo los drones, seguir enseñando en una tienda, plantar un limonero donde antes había una casa o celebrar un matrimonio en medio de las ruinas. Esas acciones no eliminan el horror, pero impiden que la población sea reducida a una cifra de víctimas sin historia ni voluntad.
La fotógrafa y poeta Fatma Hassona encarnó esa forma de resistencia. Durante meses habló casi a diario con la cineasta iraní Sepideh Farsi, conversaciones interrumpidas por los bombardeos y los cortes de internet que dieron origen al documental Put Your Soul in Your Hand and Walk. Desde Gaza, Fatma fotografiaba edificios destruidos, ventanas abiertas al mar y escenas cotidianas que todavía conservaban una frágil belleza. “Intento encontrar un poco de vida en este mundo muerto”, explicó.

Cuando supo que la película había sido seleccionada en Cannes, Fatma preguntó si podría asistir y después regresar a Gaza. No quería abandonar su tierra, precisamente porque entendía que el desplazamiento formaba parte del proyecto que denunciaba. Nunca llegó al festival: un misil israelí alcanzó la vivienda familiar en Tuffah el 16 de abril de 2025. Murió junto a varios familiares, incluida su hermana embarazada, en un ataque que una investigación de Forensic Architecture atribuyó a un impacto dirigido contra el apartamento.
La pesadilla no empezó en octubre de 2023
La guerra actual sólo puede entenderse dentro de una historia más larga de desposesión. A comienzos del siglo XX, Palestina era una sociedad plural, con mayoría árabe musulmana y comunidades cristianas y judías integradas en redes locales de vecindad, comercio y cultura. La Primera Guerra Mundial, el hambre y las maniobras de las potencias europeas alteraron ese equilibrio.
Entre 1915 y 1917, Gran Bretaña formuló promesas incompatibles: ofreció apoyar la independencia árabe, pactó con Francia la división de Asia occidental mediante Sykes-Picot y respaldó en la Declaración Balfour la creación de un “hogar nacional judío” en Palestina. La mayoría árabe, que representaba entonces alrededor del 94% de la población, quedó mencionada sólo como comunidades no judías con derechos civiles y religiosos, sin reconocimiento político equivalente.
El Mandato británico incorporó esa declaración y convirtió una decisión imperial en la base de un nuevo orden territorial. Después llegaron la represión de la rebelión palestina de 1936-1939, la expulsión y limpieza étnica asociada a la creación de Israel en 1948, la ocupación posterior a 1967, la invasión del Líbano en 1982, el fracaso de los Acuerdos de Oslo y el bloqueo de Gaza desde 2007. La continuidad entre esos episodios no implica que sean idénticos, pero sí revela una acumulación de pérdidas, promesas incumplidas y mecanismos de dominación.
El territorio como proyecto de poder
La destrucción presente también plantea una pregunta sobre el futuro que se está diseñando. Mientras el Gobierno de Benjamin Netanyahu descalifica las resoluciones internacionales como meramente simbólicas, ministros y dirigentes colonos defienden la anexión de Cisjordania y un Estado reservado exclusivamente a los judíos. En 2025, Bezalel Smotrich describió Gaza ante empresarios como una posible “mina de oro inmobiliaria”, una formulación que conecta la devastación con intereses económicos y con la expulsión de sus habitantes.
El dato más revelador es que cerca del 90% de la población gazatí ha sido desplazada. Si la reconstrucción se plantea sin garantizar el regreso y la propiedad de quienes vivían allí, puede convertirse en una nueva fase de desposesión. El problema no sería entonces sólo reconstruir edificios, sino decidir quién tiene derecho a habitar, administrar y recordar ese territorio.
Soñar no es apartarse de la realidad
La reflexión de Ernst Bloch ayuda a entender por qué la esperanza adquiere aquí un contenido político. Para él, imaginar una posibilidad concreta no significa escapar del presente, sino anticipar una realidad que todavía no existe. En Palestina, soñar con un mundo sin apartheid, con igualdad jurídica y con seguridad para todos funciona como una afirmación de que las vidas palestinas siguen siendo vivibles y valiosas.
Edward Said llamó la atención sobre el poder de narrar: un pueblo al que se intenta convertir en problema demográfico o amenaza permanente conserva capacidad de hablar, recordar y proyectarse. Por eso las imágenes de Fatma importan tanto. No sólo documentan una tragedia; disputan el lenguaje que convierte el genocidio en “operación”, la destrucción en “seguridad” y la ocupación en “orden”. Contar lo ocurrido devuelve nombres, rostros y decisiones allí donde la propaganda busca imponer abstracciones.
La responsabilidad tampoco termina en quienes disparan. Las potencias que establecieron las condiciones históricas del conflicto y los gobiernos que hoy toleran la impunidad forman parte del problema. Las huelgas, protestas universitarias, marchas, campañas de boicot y apoyo a las flotillas expresan una ruptura con la normalidad que permite que el sufrimiento continúe sin consecuencias.
Fatma Hassona no quería irse. Su familia conservaba la memoria de una expulsión transmitida durante generaciones y la llave de una casa a la que sus antepasados esperaban regresar. Esa llave simboliza una reivindicación, pero también una advertencia: mientras se niegue el derecho de los palestinos a permanecer, la guerra no será sólo una sucesión de ataques, sino un proyecto de transformación demográfica. Frente a ello, imaginar la libertad de todos no es ingenuidad. Es la primera condición para que el horror no tenga la última palabra.