Israel llega a las urnas con Netanyahu bajo presión y los partidos pequeños ante la llave del poder

Israel llega a las urnas con Netanyahu bajo presión y los partidos pequeños ante la llave del poder

Las elecciones del 27 de octubre se presentan en Israel como una disputa por el próximo gobierno, pero también como un juicio político sobre la trayectoria de Benjamin Netanyahu. El primer ministro busca prolongar una carrera que ya supera los 18 años acumulados en tres mandatos, mientras sus adversarios intentan convertir los fracasos del Estado ante el ataque del 7 de octubre de 2023 y las guerras posteriores en el eje de la campaña.

Una elección que no decide directamente quién será primer ministro

Los israelíes no votan por candidatos individuales, sino por listas partidarias. Los 120 escaños de la Knéset se distribuyen mediante representación proporcional y, después, los partidos deben negociar para formar una coalición que reúna al menos 61 bancas. En los 78 años de historia del país, ninguna fuerza ha alcanzado por sí sola la mayoría parlamentaria.

Ese mecanismo convierte a los partidos medianos y pequeños en actores decisivos. Una formación que apenas supere el umbral electoral, fijado en el 3,25% de los votos, puede terminar determinando quién consigue formar gobierno. También explica por qué una variación limitada en el apoyo a las listas puede modificar todo el mapa de alianzas: el resultado no se mide únicamente por quién gana, sino por qué bloques logran mantenerse unidos después de la votación.

La elección, por tanto, combina dos preguntas distintas. La primera es si el bloque encabezado por Netanyahu conserva los escaños suficientes para gobernar. La segunda, más compleja, es si sus adversarios pueden construir una alternativa coherente, pese a sus diferencias ideológicas y a la negativa de varios dirigentes a colaborar con partidos árabes o ultraortodoxos.

Israel llega a las urnas con Netanyahu bajo presión y los partidos pequeños ante la llave del poder

El bloque de Netanyahu depende de una derecha cada vez más exigente

El Likud continúa siendo la principal estructura de la derecha israelí. Su base reúne a sectores trabajadores y judíos tradicionalistas, y en las elecciones de 2022 obtuvo casi una cuarta parte de los votos. Su combinación de nacionalismo y políticas económicas liberales le permite conservar una identidad amplia, pero su capacidad de gobierno depende de alianzas con fuerzas más ideologizadas.

En el actual bloque oficialista, Otzma Yehudit y el Partido Sionista Religioso expresan una derecha más radical. El primero logró 14 escaños en 2022 tras concurrir junto con el Partido Sionista Religioso y Noam. Su dirigente, Itamar Ben-Gvir, asumió como ministro de Seguridad Nacional con autoridad sobre la policía. El segundo, dirigido por Bezalel Smotrich, impulsa una política de seguridad agresiva, la expansión de los asentamientos y una mayor consolidación del control israelí sobre Cisjordania ocupada.

La alianza también incluye a los partidos ultraortodoxos Shas y Judaísmo Unido de la Torá. Shas, que obtuvo 11 escaños en 2022, representa en gran medida a judíos con raíces en el norte de África y Oriente Medio. Los dos partidos ultraortodoxos, sin embargo, mantienen un conflicto abierto con Netanyahu por la falta de una ley que garantice exenciones del servicio militar para sus comunidades. Esa disputa revela el límite de la coalición: sus socios necesitan al primer ministro, pero también pueden imponerle condiciones capaces de erosionar su apoyo entre otros sectores de la sociedad.

La oposición intenta transformar la guerra en una agenda interna

La principal oportunidad de los adversarios de Netanyahu consiste en ampliar el debate más allá de la seguridad. Yashar!, partido centrista encabezado por Gadi Eisenkot, exjefe militar cuyo hijo murió combatiendo en Gaza, propone igualdad en el servicio militar, una comisión estatal de investigación sobre el ataque del 7 de octubre y medidas frente al costo de vida y las dificultades educativas. Su perfil busca atraer a votantes que no se identifican con la izquierda, pero consideran insuficiente la gestión del gobierno.

Beyajad reúne a los partidos de Naftali Bennett y Yair Lapid. Bennett se presenta como una figura de la “nueva derecha”, religiosa pero liberal en asuntos sociales, y centra su discurso en reconstruir la confianza en las instituciones. Lapid, líder de Yesh Atid, encabezó en 2022 la mayor fuerza opositora, con 24 escaños. La unión intenta sumar experiencia de gobierno y una imagen menos confrontativa que la de la derecha nacionalista.

Los Demócratas, nacidos en 2024 de la fusión entre el Partido Laborista y Meretz, representan el intento de reorganizar a la centroizquierda. Su líder, Yair Golan, defiende incorporar a los partidos árabes a una futura coalición. Esa posición puede ampliar las opciones parlamentarias del campo opositor, aunque también expone la dificultad de construir una mayoría aceptable para sectores judíos que rechazan esa posibilidad.

El umbral electoral puede convertir a los partidos menores en árbitros

Varias listas afrontan el riesgo de quedar fuera de la Knéset. Amjá Yisrael, creada en agosto por el general retirado Ofer Winter, fue inicialmente una de las sorpresas de la derecha y buscó captar a votantes decepcionados con la conducción de Netanyahu durante las guerras. Sin embargo, perdió impulso y ahora lucha por superar el mínimo requerido.

También se encuentra cerca del umbral el Partido de los Reservistas-Económico, de centroderecha. Su programa combina la eliminación de las exenciones militares para los hombres ultraortodoxos con propuestas para aliviar el costo de vida. Su líder, Yoaz Hendel, plantea un “tercer bloque” que reúna a Netanyahu y Eisenkot en un gobierno de unidad, sin partidos ultraortodoxos ni árabes. La propuesta muestra que la insatisfacción con el sistema de alianzas no pertenece exclusivamente a un campo político.

Yisrael Beyteinu, dirigido por Avigdor Liberman, conserva un perfil particular: atrae sobre todo a inmigrantes de la antigua Unión Soviética, sostiene posiciones de derecha en seguridad y economía y es más liberal en asuntos sociales. Aunque en el pasado se alió con el Likud, Liberman ha descartado integrarse nuevamente a un gobierno de Netanyahu. Esa decisión puede reducir las opciones del primer ministro si su bloque queda cerca, pero no alcanza, a la mayoría.

La participación árabe puede definir una mayoría imposible de anticipar

Los ciudadanos palestinos de Israel representan alrededor del 20% de la población, aunque registran una participación electoral menor por la discriminación y el desencanto. Sus partidos suelen quedar excluidos de las coaliciones por el rechazo de Netanyahu y de sus principales rivales, que temen perder apoyo entre los votantes judíos de derecha.

Ra’am, liderado por Mansour Abbas, es la fuerza árabe más moderada y ya demostró en 2021 que un partido dirigido por ciudadanos árabes puede incorporarse a un gobierno. Defiende un Estado palestino con Jerusalén como capital, pero también prioriza problemas locales como el crimen y la economía. La Lista Conjunta, integrada por Ta’al, Hadash y Balad, se opone a la guerra en Gaza, a la ocupación de Cisjordania y a las leyes que definen el carácter judío del Estado.

Si la contienda termina en un equilibrio estrecho, la exclusión de los partidos árabes podría dejar sin salida a ambos grandes bloques. En ese escenario, la cuestión no sería solo quién gana más votos, sino quién está dispuesto a negociar con actores hasta ahora considerados políticamente intocables. El resultado del 27 de octubre puede así prolongar el ciclo de Netanyahu, abrir una alternativa centrista o confirmar que, en Israel, la llave del poder sigue en manos de quienes logran convertir unos pocos escaños en una mayoría parlamentaria.