Más de siete millones de israelíes están llamados a votar el 27 de octubre en unas elecciones que pueden redefinir el poder interno del país, aunque difícilmente alterarán de forma radical su política regional. Son los primeros comicios desde el comienzo de la guerra en Gaza y la ofensiva contra Irán, y también los primeros celebrados tras el regreso de Donald Trump a la Casa Blanca. Pero el factor decisivo se encuentra dentro de Israel: la estrecha distancia entre los bloques, el peso de los partidos árabes y el impacto que una salida de Benjamín Netanyahu tendría sobre su proceso por corrupción.
Una mayoría que puede depender de muy pocos escaños
La Knesset cuenta con 120 diputados y la mayoría absoluta se sitúa en 61. Ninguna de las principales fuerzas llega por sí sola a esa cifra, de modo que el resultado no determinará automáticamente quién gobernará, sino qué alianzas serán posibles después del recuento. El Canal 11 calcula que la coalición de Netanyahu obtendría 50 escaños, frente a 52 del bloque opositor, mientras que 18 quedarían en manos de formaciones no alineadas. El Canal 12 ofrece un escenario todavía más ajustado: 56 diputados para la oposición, 50 para el entorno del primer ministro y 14 para partidos árabes.
Las diferencias entre sondeos reflejan una campaña sin un ganador claro y un sistema electoral en el que unas pocas papeletas pueden cambiar por completo el reparto parlamentario. La oposición reúne a Yashar, liderado por el general retirado Gadi Eisenkot, junto a la alianza de Yair Lapid y Naftali Bennett, Los Demócratas e Israel Beitenu. En el otro lado, el Likud de Netanyahu se apoya en partidos ultraortodoxos como Shas y en la extrema derecha de Otzma Yehudit, dirigida por el ministro de Seguridad Nacional, Itamar Ben Gvir.
El dato central no es solo quién quede primero, sino quién consiga reunir suficientes apoyos para superar una investidura. En Israel forma gobierno la coalición que obtiene más votos favorables que contrarios en la Knesset. Por eso, incluso una ventaja opositora puede resultar insuficiente si sus socios potenciales no están dispuestos a respaldarla de manera explícita.

Los partidos árabes pasan de la periferia a la llave del poder
El segundo anclaje de estos comicios está en las formaciones árabes, que podrían convertirse en árbitros de la próxima mayoría. Según el sondeo del Canal 12, la Lista Conjunta lograría nueve escaños y Ra’am obtendría otros cinco. En un Parlamento dividido, esos 14 diputados pueden decidir qué bloque tiene capacidad para formar gobierno, aunque su papel probablemente se exprese mediante la abstención o mediante acuerdos concretos, no necesariamente con una entrada formal en una coalición.
La situación tiene una dimensión política particularmente sensible. El Likud intentó impedir que estos partidos concurrieran, alegando que respaldan la lucha armada de Hamás contra Israel. La Corte Electoral aceptó inicialmente la petición, pero el Tribunal Supremo anuló después la prohibición. El episodio evidencia hasta qué punto la disputa electoral está ligada a la definición de ciudadanía, seguridad y legitimidad política dentro del Estado israelí.
También queda por resolver el efecto de Los Reservistas, una formación de centroderecha que se encuentra cerca del umbral del 3,5% necesario para entrar en la Knesset. Su principal propuesta es extender el servicio militar obligatorio a los judíos ultraortodoxos, actualmente exentos. Si logra representación, podría atraer a diputados descontentos con ambos bloques; si queda fuera, sus votos se redistribuirán y podrían beneficiar a una de las coaliciones. En una carrera tan estrecha, el umbral electoral funciona casi como un segundo escrutinio.
El resultado electoral puede cambiar la presión sobre Netanyahu
Para Netanyahu, la votación no es únicamente una disputa por la continuidad de su gobierno. También puede determinar el contexto político de un juicio que comenzó en 2020 y en el que afronta acusaciones de soborno, fraude y abuso de confianza en tres causas. El Tribunal de Distrito de Jerusalén escucha actualmente los testimonios después de que el primer ministro terminara su declaración a comienzos del verano.
El cargo no le concede inmunidad, pero sí capacidad de influencia. Una derrota y su salida del Ejecutivo reducirían sus posibilidades de impulsar un indulto presidencial y lo dejarían más expuesto a las decisiones de una oposición que ya ha rechazado públicamente esa opción. Si fuera declarado culpable, se enfrenta a una pena superior a diez años de prisión. La elección, por tanto, puede modificar el equilibrio entre la supervivencia política de Netanyahu y su responsabilidad judicial, aunque el proceso seguirá su curso con independencia del resultado parlamentario.
La oposición también promete crear una comisión estatal de investigación sobre los ataques del 7 de octubre de 2023. Las informaciones sobre advertencias previas recibidas desde países vecinos han alimentado las críticas contra la gestión del primer ministro y convertido la rendición de cuentas en uno de los principales argumentos de sus rivales. Una alternancia en el poder no solo cambiaría el gobierno: abriría una investigación institucional sobre las decisiones que precedieron al peor atentado de la historia de Israel.
Un cambio de tono en Gaza, pero no necesariamente de estrategia
La cuarta clave es la distancia entre las expectativas internas y las consecuencias regionales. La oposición puede mostrarse más sensible a la presión internacional, facilitar una mayor entrada de ayuda humanitaria en Gaza o intentar limitar la violencia de los colonos en Cisjordania. Sin embargo, no hay indicios suficientes para esperar una ruptura sustancial con la línea militar y diplomática seguida durante los últimos años.
Eisenkot fue jefe del Estado Mayor y está vinculado a la llamada Doctrina Dahiya, basada en el uso de una fuerza desproporcionada contra zonas civiles durante la guerra del Líbano de 2006. Esa estrategia ha sido asociada a las operaciones desarrolladas en Gaza. El general podría utilizar un lenguaje menos agresivo y atender con mayor cuidado las sanciones o advertencias occidentales, pero eso no implica un cambio fundamental en la relación con Irán, Hizbulá o la cuestión palestina.
En el fondo, los votantes eligen entre dos concepciones del Estado: la coalición nacionalista y ultrarreligiosa de Netanyahu, considerada la más derechista de la historia israelí, y un bloque opositor más laico que reclama responsabilidades por el 7 de octubre y cuestiona algunas reformas judiciales y la exención militar ultraortodoxa. La estrechez del resultado anunciado por las encuestas hace probable que ninguna visión se imponga con claridad. El desenlace inmediato podría ser un largo periodo de negociaciones y bloqueo, mientras la batalla por el futuro político y judicial de Netanyahu continúa dentro y fuera del Parlamento.