Jesús de la Gándara reivindica el control personal como clave para afrontar la salud mental, el trabajo y el amor

Jesús de la Gándara reivindica el control personal como clave para afrontar la salud mental, el trabajo y el amor

El psiquiatra Jesús de la Gándara sostiene que una parte importante del malestar contemporáneo se agrava cuando las personas interpretan cualquier sufrimiento como una enfermedad y pierden la sensación de dirigir su propia vida. Miembro de la Sociedad Española de Psiquiatría y autor del libro Trilemas, el especialista propone organizar experiencias complejas mediante grupos de tres conceptos. En una conversación con La Vanguardia, aplica ese método a la salud mental, el empleo, la jubilación y las relaciones afectivas.

Su punto de partida es distinguir entre pasar por una situación difícil y padecer un trastorno que requiere tratamiento. A su juicio, la sociedad actual tolera mal el sufrimiento y tiende a equipararlo con la enfermedad. El cansancio, el insomnio o la imposibilidad temporal de realizar algunas tareas pueden indicar que una persona lo está pasando mal, pero no bastan por sí solos para justificar una intervención farmacológica.

El criterio «SIN» para valorar el malestar

Para explicar cuándo considera que puede existir una enfermedad, De la Gándara recurre al trilema «SIN»: sufrimiento, incapacidad y falta de interés o disfrute. La primera letra alude al dolor subjetivo. La segunda aparece cuando ese malestar impide dormir, trabajar, descansar, mantener conversaciones o realizar actividades cotidianas. La tercera se manifiesta cuando desaparece el deseo y nada resulta atractivo o placentero. Cuando confluyen los tres elementos, afirma, puede ser necesario valorar un tratamiento farmacológico.

El psiquiatra no plantea este esquema como un diagnóstico automático, sino como una forma de evitar tanto la banalización del sufrimiento como la medicalización inmediata de cualquier crisis. La evaluación clínica, en su planteamiento, debe atender al impacto funcional y a la pérdida sostenida de interés, además de escuchar la experiencia de cada paciente. Esa distinción también reclama prudencia ante el autodiagnóstico y ante la idea de que una pastilla puede resolver por sí sola problemas personales o sociales.

Jesús de la Gándara reivindica el control personal como clave para afrontar la salud mental, el trabajo y el amor

Del «SIN» al «CON»: recuperar margen de acción

Como alternativa conceptual, De la Gándara propone cambiar el «SIN» por el «CON»: control, orden y normalización. El control empieza, según explica, por acciones físicas sencillas, como caminar, subir escaleras o mover las manos. Su argumento es que, cuando la mente está alterada, puede ser difícil intervenir directamente sobre los pensamientos, mientras que el cuerpo ofrece un primer espacio de decisión.

El segundo paso consiste en ordenar la vida cotidiana y recuperar rutinas. El tercero es normalizar el esfuerzo, repetirlo y tratar de incorporar incluso una dimensión de disfrute. El especialista resume esta estrategia en otra fórmula: «mover los pies, las manos y la lengua». Con ella se refiere a mantener actividad física, producir o crear y comunicarse, aprender o enseñar. No presenta estas acciones como sustitutos universales de la atención médica, sino como prácticas que pueden reforzar la percepción de autonomía.

En su propia vida, asegura, aplica ese principio mediante el ejercicio diario, la comunicación y actividades como cocinar, escribir o crear. Para el psiquiatra, la felicidad no es un estado permanente, sino una tendencia relacionada con el autocontrol, la libertad y la capacidad de elegir. Esa perspectiva no elimina la vulnerabilidad ni las circunstancias adversas, pero puede reducir la sensación de pasividad ante ellas.

Trabajo, oficio y profesión

El empleo ocupa otro lugar central en su propuesta. De la Gándara diferencia entre «trabajo, oficio y profesión», tres dimensiones que, cuando se integran, pueden proteger frente a la desmotivación y el agotamiento. El trabajo suele asociarse al esfuerzo y al salario, pero el médico advierte de la trampa de pensar únicamente que se trabaja para cobrar. En su interpretación, trabajar también aporta estructura y sentido a la vida.

El oficio representa aquello que una persona sabe hacer y mejora con la práctica. Alcanzar un grado de dominio, sostiene, eleva la calidad de la tarea y la utilidad que se presta a los demás. La profesión añade una dimensión pública e identitaria: es la actividad que se declara, se ejerce con orgullo y forma parte de la imagen que una persona tiene de sí misma. Cuando las tres dimensiones se equilibran, aumenta la dignidad laboral y la sensación de valía.

Esta reflexión procede en parte de su interés, desde hace décadas, por el burnout en los hospitales. Explica que al principio resultaba difícil reconocerlo como un problema patológico y que muchos profesionales no aceptaban definirse como «quemados». Con el tiempo, llegó a la conclusión de que el análisis no debía concentrarse solo en las condiciones laborales, sino también en la relación de cada persona con su actividad, sus expectativas y su identidad.

La jubilación no borra una identidad

En el caso de los jubilados, el psiquiatra recomienda separar el hecho administrativo de la identidad personal. «No se es jubilado; se está», resume. La jubilación puede interrumpir una función y reducir los vínculos cotidianos asociados al trabajo, pero no obliga a abandonar la profesión ni todo aquello que define la trayectoria de una persona. Mantener actividad física y mental resulta, para él, más importante que limitarse a consumir entretenimiento pasivamente.

También aborda los conflictos de pareja, que calcula presentes en alrededor del 30% de las consultas relacionadas con problemas emocionales. Aunque durante un periodo el divorcio fue uno de los motivos más frecuentes de consulta, considera que la ruptura suele actuar como detonante y no como causa única. Detrás pueden existir rasgos de personalidad, inestabilidad individual o dificultades previas para afrontar los conflictos.

Para el amor propone tres «T»: tiempo, tolerancia y tesón. Su experiencia matrimonial, iniciada en 1977, le sirve para defender una relación basada en la continuidad y el intercambio, no en una contabilidad de sacrificios. La idea amplía su diagnóstico sobre la sociedad actual: aunque nunca se habían valorado tanto las emociones, su asociación con la belleza, el éxito y el dinero puede desviar la atención de la salud individual y de la responsabilidad cotidiana que exige cualquier vínculo.

Si tuviera que elegir un único trilema, De la Gándara optaría por «seguridad, serenidad y satisfacción». La primera incluye ingresos suficientes, vivienda, familia y salud; la segunda alude a la calma y el equilibrio; la tercera expresa la percepción de que la vida tiene sentido. Su propuesta no pretende reducir la complejidad de la salud mental a tres palabras, sino ofrecer un lenguaje sencillo para detectar desequilibrios y recordar que pedir ayuda profesional sigue siendo compatible con recuperar, paso a paso, capacidad de decisión.