La posibilidad de reanudar una ofensiva militar contra Irán se ha convertido en uno de los principales instrumentos de la campaña electoral israelí, aunque un ataque antes de los comicios del próximo martes parece poco probable. El primer ministro, Benjamin Netanyahu, intenta presentar la cuestión iraní como una prueba de liderazgo y seguridad nacional, mientras sus adversarios sostienen que está utilizando una amenaza externa para desplazar del debate los problemas internos que más dañan a su coalición.
El analista Jonathan Rynhold, de la Universidad Bar Ilan, considera que Netanyahu dispone de un margen reducido para ordenar una operación de gran escala. El primer ministro necesitaría no solo el respaldo de los responsables militares y de seguridad israelíes, sino también una coordinación suficiente con Washington. La oposición del presidente estadounidense, Donald Trump, podría ser decisiva: según Rynhold, Trump no desea atacar Irán antes de las elecciones legislativas de medio mandato del 3 de noviembre.
Una guerra improbable, pero políticamente rentable
La ausencia de un ataque inmediato no elimina su utilidad electoral. Netanyahu puede beneficiarse de la percepción de que quiso actuar y fue frenado por Trump, una imagen que le permitiría conservar el perfil de dirigente dispuesto a asumir riesgos frente a Irán. En este escenario, la amenaza cumple una función política incluso sin convertirse en una operación militar: desplaza la atención hacia la seguridad, un terreno en el que el primer ministro se siente más fuerte.
«Es bueno para él centrar la temática de los titulares como una cuestión de seguridad», explica Rynhold, porque así evita que la campaña se concentre en los partidos ultraortodoxos y en sus privilegios. La disputa sobre la exención del servicio militar para los estudiantes de las yeshivás ha provocado tensiones profundas en la sociedad israelí. La coalición de Netanyahu depende del apoyo de los partidos religiosos, pero una parte importante de la población cuestiona que miles de jóvenes queden al margen del reclutamiento mientras el país afronta una situación de seguridad prolongada.
La cuestión iraní funciona, por tanto, como una forma de reordenar las prioridades de la campaña. El problema no desaparece, pero queda temporalmente subordinado a un posible conflicto regional. Esa maniobra puede resultar eficaz entre los votantes preocupados por la seguridad, aunque también expone al Gobierno a una acusación delicada: emplear una amenaza nacional real como recurso partidista.

Las señales que elevaron la tensión
El asunto adquirió mayor protagonismo el 18 de octubre, cuando Netanyahu agradeció en un vídeo dirigido a los estadounidenses el respaldo de Trump a su reelección. En el mensaje vinculó la desaparición de la «amenaza iraní» con una posible reducción del precio de la gasolina, conectando la política exterior con una preocupación económica cotidiana. La fórmula ampliaba el alcance del argumento: Irán dejaba de ser únicamente un desafío estratégico y pasaba a presentarse también como un factor relacionado con el coste de vida.
Días después, Netanyahu afirmó haber ordenado al Ejército, al Mosad y a los demás servicios de seguridad que trabajaran para «derrocar el régimen de Irán». Estas instrucciones no han sido confirmadas por los organismos mencionados. El Financial Times informó además de que el primer ministro había preparado un plan para reanudar los ataques a gran escala contra Irán unos diez días antes, pero que finalmente no lo puso en marcha debido a la oposición de Trump.
La cuestión iraní también fue abordada durante la visita a Israel de Pete Hegseth, secretario de Guerra de Estados Unidos, quien se reunió el lunes con Netanyahu en un encuentro que no había sido anunciado previamente. La oficina del primer ministro confirmó que ambos trataron la situación en Oriente Medio, aunque no ofreció detalles sobre sus conversaciones.
Una demostración militar con consecuencias ambiguas
Medios israelíes informaron de que decenas de aviones de combate y aeronaves de reabastecimiento sobrevolaron Siria e Irak en dirección a la frontera iraní a comienzos de esta semana. La maniobra pudo servir para enviar una señal de capacidad operativa, pero también se ha interpretado como un intento de provocar una respuesta iraní que proporcionara a Israel una justificación para relanzar la ofensiva.
Ese tipo de presión militar conlleva un riesgo doble. Si Irán respondiera, Netanyahu podría argumentar que Israel actúa en defensa propia; si no lo hiciera, la demostración quedaría como una advertencia destinada principalmente al consumo político. En ambos casos, la línea entre la disuasión y la instrumentalización electoral se vuelve difícil de distinguir, especialmente cuando las declaraciones públicas se producen a pocos días de la votación.
El precio de actuar sin el respaldo de Trump
Una ofensiva unilateral podría deteriorar gravemente la relación entre Netanyahu y Trump, que constituye uno de los principales activos políticos del primer ministro israelí. El vínculo con la Casa Blanca le permite presentarse como un dirigente con acceso privilegiado a Washington y capaz de garantizar apoyo estadounidense en una eventual crisis. Romper esa coordinación debilitaría precisamente la imagen internacional que Netanyahu intenta convertir en capital electoral.
El cálculo cambiaría si existiera una amenaza inminente. En ese caso, la opinión pública podría aceptar una operación sin respaldo previo de Estados Unidos, sobre todo si los jefes militares y los responsables de seguridad la considerasen indispensable. Pero si las autoridades profesionales no avalaran la acción, el ataque podría provocar divisiones internas y deteriorar la cohesión social. La legitimidad de una nueva guerra dependería, en buena medida, de quién pareciera haber tomado la decisión y con qué fundamento.
La oposición denuncia una maniobra de campaña
Las advertencias del Gobierno han recibido una respuesta inmediata de la oposición. El ministro de Defensa, Israel Katz, aseguró que el Ejército está preparado para realizar «acciones preventivas y defensivas» contra Irán y sus aliados ante la posibilidad de un ataque durante la jornada electoral. Gadi Eisenkot, líder de Yashar!, exjefe del Estado Mayor y favorito en las encuestas, lo acusó de «preparar el terreno para el próximo desastre» y de trasladar por adelantado la responsabilidad a sus rivales.
Yair Lapid calificó el mensaje de Katz de «imprudente e histérico» y acusó al Ejecutivo de convertir la seguridad nacional en un «circo» para evitar una derrota. Katz rechazó las críticas y las atribuyó a un interés político mezquino. El intercambio refleja el dilema central de la campaña: Israel necesita mantener su capacidad de respuesta ante Irán, pero cada advertencia pronunciada en plena contienda electoral puede ser interpretada como parte de una estrategia partidista.
Netanyahu probablemente mantendrá la amenaza iraní en el centro de sus mensajes hasta la votación. Su ventaja consiste en que el tema le permite hablar desde la autoridad de la seguridad; su vulnerabilidad es que una acción militar sin respaldo suficiente podría transformar ese activo en un coste político. La decisión más importante, por ahora, no parece ser si Israel puede atacar, sino si el primer ministro puede seguir beneficiándose de la expectativa de una guerra sin llegar a desencadenarla.