La apuesta de Arantxa por una infancia con más libertad: reconstruir una casa y cambiar las reglas de la crianza

La apuesta de Arantxa por una infancia con más libertad: reconstruir una casa y cambiar las reglas de la crianza

Arantxa tiene 34 años y una pregunta que terminó transformándose en una decisión familiar: ¿qué clase de infancia quería para sus hijos? Durante la pandemia, ella y su marido, Saúl, revisaron el modo de vida que llevaban y concluyeron que buscaban algo difícil de encontrar en ciertos entornos urbanos: más tranquilidad, contacto cotidiano con la naturaleza y mayor autonomía para sus hijos. La respuesta no fue una escapada temporal, sino una mudanza a una pequeña aldea de Asturias, entre montañas y espacios abiertos.

El miedo como frontera de la infancia

La frase que resume el cambio de Arantxa es también el principal anclaje de su historia: “No quiero que mis hijos crezcan en un sitio donde haya miedo”. No se refiere únicamente a un peligro concreto, sino a una sensación que, a su juicio, condiciona cada vez más la crianza urbana. El tránsito, la inseguridad percibida, las agendas llenas y la supervisión constante han reducido los márgenes para que los niños jueguen sin instrucciones permanentes.

Su preocupación conecta con una transformación más amplia. Las tardes en la calle, las bicicletas y los juegos improvisados con otros niños han perdido espacio frente a los desplazamientos organizados, las pantallas y las actividades programadas. Gala, de cinco años, y Arturo, de tres, crecen ahora entre árboles, caminos y montañas. Para sus padres, ese paisaje no es un decorado: es una oportunidad para que sus hijos exploren, se ensucien, tomen pequeñas decisiones y construyan una relación menos temerosa con el mundo.

La evidencia disponible respalda parte de esa intuición, aunque no la convierte en una regla universal. UNICEF considera que el juego favorece el desarrollo emocional, social y cognitivo, mientras que la Organización Mundial de la Salud recomienda promover el movimiento cotidiano y reducir el sedentarismo en los menores de cinco años. La vida al aire libre puede facilitar esas experiencias, pero sus beneficios dependen de que existan vínculos afectivos sólidos, acompañamiento adulto y condiciones básicas de seguridad.

La apuesta de Arantxa por una infancia con más libertad: reconstruir una casa y cambiar las reglas de la crianza

Una casa en ruinas como punto de partida

El segundo anclaje de la historia es material: la familia no llegó a una vivienda rural lista para habitar. Cuando Arantxa se trasladó a Asturias estaba embarazada de su primera hija y, después de buscar durante un tiempo, la pareja encontró una propiedad cerrada desde hacía aproximadamente treinta años y prácticamente abandonada. La elección implicaba asumir una obra, aprender tareas nuevas y aceptar que el proyecto familiar exigiría mucho más que hacer las maletas.

Recuperaron estructuras de piedra y madera, conservaron una cocina tradicional de leña y comenzaron a trabajar el terreno. Su plan incluye cultivar alimentos, plantar árboles frutales y criar animales. Esa reconstrucción expresa una idea de autonomía, pero también muestra su dimensión real: la autosuficiencia no aparece de un día para otro. Requiere inversión, conocimientos, paciencia y una carga de trabajo que puede ser mayor que la imaginada desde la ciudad.

Arantxa reconoce, precisamente, que mudarse al campo no significa ahorrar dinero de forma automática. Aunque aspiran a producir una parte de lo que consumen, todavía deben comprar buena parte de sus alimentos. El dato evita convertir su experiencia en una postal idealizada: el entorno rural puede ofrecer más espacio y calma, pero también demanda mantenimiento, organización y recursos económicos.

La tranquilidad solo funciona si los servicios acompañan

El tercer punto decisivo está fuera de la casa. Una familia puede buscar silencio y naturaleza, pero la crianza necesita escuela, transporte, atención sanitaria y redes de apoyo. En el caso de Arantxa y Saúl, la escuela se encuentra a unos diez minutos y ofrece transporte escolar, comedor y actividades extraescolares. Esa proximidad permite que la mudanza no se traduzca en aislamiento ni obligue a elegir entre el paisaje rural y las necesidades educativas de los niños.

Este aspecto marca una diferencia relevante entre un proyecto sostenible y una decisión basada únicamente en el deseo de escapar de la ciudad. La distancia a los servicios, las oportunidades laborales y la conectividad pueden determinar si una familia logra permanecer en una aldea o termina regresando al entorno urbano. La experiencia asturiana funciona porque la búsqueda de tranquilidad encontró un mínimo de infraestructura que la hace compatible con la vida cotidiana.

Una elección personal que plantea una pregunta colectiva

Arantxa nació en Pulpí, Almería, y Saúl procede del norte de Palencia. Sus trayectorias distintas confluyeron en Asturias, un lugar que les permitió convertir una inquietud familiar en un proyecto concreto. Su historia fue difundida por el canal de YouTube Crónicas Berasategui, de Ibon Berasategui, y recogida por el Diari de Girona, pero su interés va más allá del caso individual.

La pareja no sostiene que todas las familias deban abandonar las ciudades ni presenta el campo como una solución automática para los problemas de la infancia. Su decisión plantea otra cuestión: cuánto tiempo de juego, libertad y contacto con la naturaleza están dispuestos a preservar los adultos en una sociedad marcada por la velocidad y la vigilancia constante. Cuando Arantxa afirma que “los límites nos los ponemos nosotros mismos”, no está negando las dificultades objetivas. Está señalando que algunas formas de crianza también dependen de revisar costumbres que parecían inevitables.

El traslado a Asturias no elimina los riesgos ni garantiza una infancia perfecta. Sí cambia el marco en el que los niños se relacionan con el espacio, el tiempo y los demás. En esa diferencia reside el verdadero alcance de la decisión: no se trata solo de vivir lejos de la ciudad, sino de reorganizar las prioridades familiares para que la seguridad no termine ocupando todo el lugar que antes tenía la libertad.