La inteligencia artificial ya forma parte de la infraestructura militar de la OTAN, pero su incorporación abre una cuestión que va más allá del rendimiento técnico: quién conserva el control cuando la tecnología esencial procede de una empresa estadounidense. Palantir sostiene que su plataforma Maven Smart System no puede ser desactivada a distancia ni por la compañía ni por el Gobierno de Estados Unidos. Aun así, el debate europeo se ha intensificado después de las restricciones que afectaron a servicios satelitales de SpaceX en Ucrania.
La promesa de Palantir: una plataforma que el proveedor no puede apagar
Maven Smart System fue adquirida por la OTAN en 2025 para su cuartel general militar en Europa y alcanzó la plena capacidad técnica operativa en junio de 2026. La plataforma integra información procedente de satélites, radares, drones y otros sensores para ofrecer a los mandos una imagen unificada del campo de batalla. Su valor no reside únicamente en analizar datos, sino en acortar el tiempo entre la detección de una amenaza y la decisión operativa.
Louis Mosley, vicepresidente ejecutivo de Palantir para Reino Unido y Europa, aseguró a Reuters que los clientes mantienen el control operativo de los sistemas adquiridos. Según su explicación, no existe un mecanismo que permita a Palantir o a la Administración estadounidense apagar Maven remotamente. Los países compradores, añadió, pueden utilizar el software sin que empleados de la compañía intervengan directamente en sus operaciones.
La declaración responde a una preocupación concreta: que una herramienta integrada en la cadena de mando militar contenga dependencias ocultas capaces de limitar su funcionamiento por decisión del proveedor o de su país de origen. Sin embargo, afirmar que no existe un interruptor remoto no elimina todas las formas posibles de dependencia. El acceso a actualizaciones, soporte técnico, infraestructura de datos, licencias, mantenimiento y componentes de comunicación también puede influir en la continuidad real de un sistema.

El caso Starshield convirtió una hipótesis en una preocupación operativa
Las dudas sobre Maven adquirieron mayor peso tras el episodio registrado con Starshield, el servicio de comunicaciones satelitales militares de SpaceX utilizado en Ucrania. Durante octubre, varios terminales dejaron de funcionar correctamente cuando estaban instalados en plataformas que circulaban a velocidades superiores a 160 kilómetros por hora. La limitación afectó operaciones militares ucranianas, incluidas las relacionadas con drones interceptores empleados frente a ataques rusos.
Una investigación de Reuters publicada el 15 de octubre señaló, a partir de tres fuentes, que la orden de limitar el servicio había surgido dentro de la Casa Blanca. No obstante, no se estableció públicamente quién tomó la decisión ni cuáles fueron sus motivos. El 24 de octubre, Ucrania informó de que Starlink y Starshield habían recuperado conexiones estables en plataformas que se desplazaban a más de 400 kilómetros por hora, aunque no confirmó que todas las capacidades hubieran quedado plenamente restablecidas.
El episodio no demuestra que Maven pueda ser desactivado de forma similar. Sí muestra, en cambio, que el funcionamiento de una capacidad militar puede verse condicionado por decisiones externas, incluso cuando el sistema se encuentra desplegado en territorio aliado y es considerado esencial para las operaciones. La diferencia entre un apagado remoto, una restricción técnica y una modificación de las condiciones de servicio puede ser importante en términos jurídicos, pero para un mando militar el efecto práctico puede ser parecido: perder previsibilidad en un momento crítico.
Alemania, Francia y España examinan el coste de depender del exterior
La respuesta europea se está desarrollando en varios frentes. Alemania ha expresado reservas sobre el uso de Maven en sus propias fuerzas armadas, especialmente por la posibilidad de que empleados de una empresa privada accedan a bases de datos nacionales relacionadas con la defensa. La preocupación no se limita a la propiedad del código: también afecta al control de la información, a los permisos internos y a la capacidad de auditar qué ocurre con los datos más sensibles.
Francia impulsa capacidades propias para analizar e integrar datos militares, mientras empresas europeas como ChapsVision intentan ocupar el espacio que hoy dominan los proveedores estadounidenses. Dinamarca y España también han revisado el nivel de dependencia de tecnologías extranjeras. Estas iniciativas reflejan una interpretación más amplia de la autonomía estratégica: no basta con que un sistema esté físicamente instalado en Europa si sus componentes decisivos, sus actualizaciones o sus canales de soporte continúan sometidos a decisiones tomadas fuera del continente.
La presión para construir alternativas, sin embargo, choca con la ventaja acumulada de las plataformas ya desplegadas. Maven no es un programa aislado que pueda sustituirse por otro mediante una simple licitación. Debe conectarse con múltiples fuentes militares, cumplir requisitos estrictos de seguridad, integrarse en infraestructuras existentes y demostrar fiabilidad bajo condiciones operativas reales. Una transición apresurada podría generar nuevos riesgos, como incompatibilidades, pérdida de información histórica o interrupciones en los procedimientos de mando.
El verdadero punto débil está en la cadena completa
La controversia alrededor de Palantir revela que la soberanía tecnológica no se mide únicamente por la existencia o inexistencia de un botón de apagado. También depende de quién administra los servidores, quién controla las comunicaciones, quién puede modificar el software, quién conserva los datos y quién garantiza el mantenimiento cuando surgen fallos. Cada una de esas capas puede convertirse en un punto de influencia durante una crisis.
Por eso, la afirmación de Palantir reduce una de las hipótesis más inquietantes, pero no cierra el debate europeo. La pregunta decisiva es cuánto margen de maniobra conserva la OTAN y cada Estado miembro si cambia la relación política con Estados Unidos, si se interrumpe el soporte comercial o si el proveedor establece nuevas condiciones de uso. La inteligencia artificial puede mejorar la velocidad y la precisión de las decisiones militares, pero también concentra poder en quienes controlan la infraestructura que la hace funcionar.
Europa afronta así una disyuntiva difícil: aprovechar sistemas estadounidenses que ya ofrecen capacidades operativas avanzadas o invertir durante años en alternativas propias con resultados inicialmente menos maduros. El caso Starshield ha demostrado que la dependencia no necesita culminar en un apagado total para convertirse en un problema de seguridad. En Maven, la cuestión central no es solo si Palantir puede desconectar la plataforma, sino si los países que la utilizan pueden seguir gobernándola cuando más la necesiten.