La campaña brasileña llega al balotaje del domingo convertida en una disputa que excede ampliamente los actos, la propaganda televisiva y la búsqueda tradicional de votos. El Partido de los Trabajadores (PT) intenta recuperar en las redes sociales un terreno que durante años fue dominado por el bolsonarismo, mientras la candidatura oficialista denuncia presuntos sesgos de las plataformas y advierte sobre el uso de inteligencia artificial para influir en la conversación pública. La elección se juega también en la capacidad de cada fuerza para imponer símbolos, marcos interpretativos y prioridades dentro de los algoritmos.
La convocatoria lanzada por el diputado André Janones resume esa transformación. Desde su canal de WhatsApp “Exército do Lula”, pidió a millones de seguidores que publicaran de manera sincronizada fotografías con los colores verde y amarillo y realizaran el gesto de la letra L. El objetivo no era únicamente mostrar respaldo al presidente: buscaba disputar al bolsonarismo la apropiación de los colores nacionales, convertidos en una marca política desde las elecciones de 2022.
La acción tuvo una lógica semejante a la de una movilización callejera, pero trasladada al espacio digital. La publicación simultánea de miles o millones de contenidos busca aumentar la visibilidad de una consigna, activar las recomendaciones automáticas y generar la impresión de que existe una corriente mayoritaria. En las plataformas, la cantidad de interacciones y la velocidad de propagación no solo expresan el clima político: también contribuyen a fabricarlo.

De las calles a la arquitectura de las plataformas
La centralidad actual de Janones no surgió de manera espontánea. Durante la campaña presidencial de 2022, su llamado “janonismo cultural” intentó responder al estilo de comunicación del bolsonarismo, que había construido una relación directa con sus seguidores mediante transmisiones en vivo, grupos de mensajería, videos breves y una retórica de confrontación permanente. El PT comprendió entonces que la organización electoral ya no podía limitarse a los canales partidarios tradicionales.
La principal diferencia entre una campaña convencional y esta nueva forma de militancia está en la velocidad. Un comité local puede organizar una reunión o distribuir material durante una jornada; una red de activistas puede producir, replicar y modificar un mensaje en cuestión de minutos. Esa rapidez permite responder a un ataque, instalar una etiqueta o convertir un episodio menor en un asunto nacional. Pero también dificulta la verificación de los datos y favorece las respuestas impulsivas.
El lenguaje elegido por Janones revela otro rasgo de la disputa. Sus seguidores son llamados “soldados”, “ejército” o “guerrilla”, y reciben “misiones” para enfrentar al “enemigo”. La metáfora bélica puede aumentar la disciplina y el compromiso de una base electoral, porque transforma el acto de publicar en una tarea colectiva con sentido de urgencia. Al mismo tiempo, reduce el margen para la duda: quien cuestiona una consigna puede ser visto como alguien que debilita al propio grupo.
El PT procura ampliar esa estructura más allá de los dirigentes conocidos. El partido puso en marcha capacitaciones y manuales de orientación jurídica para influencers y activistas, con la intención de formar decenas de miles de portavoces. La apuesta consiste en que el mensaje no parezca una orden centralizada, sino una suma de testimonios personales. Los videos caseros y las publicaciones de usuarios comunes pueden resultar más persuasivos que una pieza profesional, especialmente entre electores que desconfían de la propaganda institucional.
La estrategia también cambia el papel de las figuras públicas. Diputados como Erika Hilton, dirigentes como Guilherme Boulos y la exministra Simone Tebet participan en una red que combina autoridad política, presencia mediática y capacidad de movilización. Lula, por su parte, comenzó a difundir videos en formato selfie, con una estética menos formal y una comunicación directa con los votantes. El gesto muestra que incluso un presidente con décadas de trayectoria debe adaptarse a códigos que privilegian la cercanía, la espontaneidad y la circulación rápida.
El algoritmo como territorio de poder
La disputa adquiere una dimensión institucional porque el alcance de un mensaje depende de empresas privadas que administran plataformas utilizadas por buena parte del electorado. La campaña de reelección acusó a Meta, propietaria de Facebook, Instagram y WhatsApp, de favorecer los contenidos vinculados con Flávio Bolsonaro. La compañía negó las acusaciones, pero un informe de la Secretaría Nacional de Comunicación del PT señaló que la página de Flávio obtenía, en promedio, 2,96 veces más interacciones que la de Lula, pese a tener un 17,2% menos de seguidores.
La diferencia no demuestra por sí sola una intervención deliberada de la plataforma. Puede explicarse por el nivel de organización de las comunidades, la frecuencia de publicación, la estructura de las cuentas, la capacidad de generar controversias o la actividad coordinada de grupos de apoyo. Sin embargo, el dato resulta políticamente relevante porque expone una asimetría que las campañas ya no pueden ignorar. Cuando una plataforma decide qué aparece primero, qué pierde visibilidad y qué contenido es recomendado, sus reglas terminan afectando la competencia electoral.
Las denuncias del PT incluyen una supuesta reducción del alcance orgánico de las publicaciones de Lula, eliminación de contenidos y dificultades para promocionar mensajes en momentos decisivos. La discusión exige pruebas técnicas y auditorías independientes, pero no puede ser tratada como un asunto secundario. En una elección reñida, una modificación aparentemente pequeña en la distribución de contenidos puede alterar la cantidad de votantes que reciben un mensaje, el momento en que lo reciben y la interpretación que hacen de él.
La controversia alcanza incluso a las herramientas de inteligencia artificial generativa. Usuarios denunciaron que el sistema permitía crear imágenes de campaña para Flávio y rechazaba solicitudes similares relacionadas con Lula, incluyendo términos como “Lula” o “Luiz Inácio”. Si las pruebas fueran representativas, habría que determinar si el bloqueo responde a una regla general, a una configuración defectuosa o a una aplicación desigual de las políticas de moderación. Sin transparencia, una herramienta diseñada para reducir riesgos puede convertirse en otra fuente de sospecha y desinformación.
La sombra de la manipulación automatizada
La denuncia de Intercept Brasil sobre el supuesto pago de 600.000 reales a una empresa estadounidense agrega un elemento de mayor gravedad. Según la información citada, la tecnología contratada habría permitido crear cuentas falsas, distribuir desinformación y aplicar técnicas de guerra psicológica. No se trata solamente de publicar mensajes favorables a un candidato: el objetivo de este tipo de operaciones puede ser fragmentar a la oposición, desalentar la participación, provocar conflictos internos y hacer que una falsedad parezca provenir de múltiples fuentes independientes.
La eventual utilización de sistemas automatizados modifica la escala del problema. Una campaña humana necesita tiempo para producir contenidos, administrar perfiles y responder a cada conversación. Una red apoyada en inteligencia artificial puede generar variaciones de un mismo mensaje, adaptarlas a distintos públicos y mantener una actividad constante. La dificultad para distinguir entre participación genuina y coordinación encubierta amenaza la confianza en toda la conversación digital, incluso cuando las publicaciones sean verdaderas.
Por eso, la respuesta no debería consistir únicamente en crear una red partidaria más eficiente. El PT puede ganar capacidad de movilización, pero una carrera de propaganda cada vez más automatizada aumenta el riesgo de que ambas fuerzas terminen compitiendo por saturar el espacio público. En ese escenario, los ciudadanos reciben más mensajes, aunque no necesariamente mejor información. La cantidad de voces puede ocultar la falta de diversidad real y reforzar la ilusión de que una mayoría social ya está formada.
La elección después de la primera vuelta
El trasfondo de esta ofensiva digital es una primera vuelta que dejó al oficialismo ante un resultado más ajustado de lo esperado. El Partido Liberal de Bolsonaro superó al PT y, según los datos citados en la campaña, obtuvo el 47,03%, con una ventaja de 1,87 puntos sobre Lula. El impacto inicial obligó al lulismo a revisar su estrategia y a buscar votantes que no habían participado, habían votado en blanco o habían respaldado a candidatos eliminados.
Las encuestas posteriores reflejan una contienda más equilibrada. Poder Data/Aya registró un empate de 50% entre ambos candidatos; Datafolha estimó una diferencia cercana a 0,8 puntos y Quaest ubicó a Bolsonaro con 46% y a Lula con 44%. Estas mediciones no permiten anticipar un resultado, sobre todo porque la movilización efectiva puede variar entre regiones y grupos sociales. Además, el desempeño de los sondeos en la primera vuelta alimenta una cautela legítima: una ventaja estadística no siempre se traduce en una victoria electoral.
Las iniciativas legislativas y los hechos de campaña también pueden influir. El PT presenta como logro la aprobación en el Senado de una ley para reducir la jornada laboral de 44 a 40 horas semanales, una medida destinada a conectar con trabajadores y sectores progresistas. Sin embargo, la eficacia electoral de una decisión política depende de que sea conocida, comprendida y asociada con la candidatura. Allí reaparece la importancia de las redes: el acontecimiento en sí no garantiza impacto; su alcance depende de cómo se narra y de quién consigue distribuir esa narración.
Una herencia que excederá el domingo
El resultado del balotaje determinará quién gobierna, pero la batalla digital dejará efectos duraderos sobre la política brasileña. El primer cambio es organizativo: los partidos ya no pueden considerar las redes como un simple canal publicitario. Deberán invertir en formación de militantes, análisis de datos, producción audiovisual y respuesta rápida, al tiempo que enfrentan límites legales y éticos sobre el uso de información personal y automatización.
El segundo efecto será institucional. Las denuncias sobre sesgos de plataformas y herramientas de inteligencia artificial presionarán para exigir mayor transparencia sobre los criterios de recomendación, las suspensiones de cuentas y la publicidad política. Una regulación legítima tendrá que proteger la integridad electoral sin otorgar al Estado un poder excesivo para decidir qué opiniones pueden circular. La auditoría independiente y el acceso de investigadores a datos agregados serán más útiles que la mera confianza en las empresas o en los partidos.
El tercer efecto afecta a la sociedad. La recuperación de los colores nacionales por parte del lulismo puede reducir la identificación exclusiva entre patriotismo y bolsonarismo, pero también confirma hasta qué punto los símbolos comunes se han convertido en instrumentos de polarización. Cuando una bandera, una camiseta o un gesto quedan asociados a un bando, el espacio compartido se estrecha. La disputa por el algoritmo es, en última instancia, una disputa por la posibilidad de construir una conversación pública que no dependa únicamente de la lógica del enfrentamiento.
Lula puede beneficiarse de la recuperación en las encuestas y de una estructura digital más activa, pero la ventaja sigue siendo incierta. El bolsonarismo conserva una base altamente movilizada y una capacidad comprobada para producir contenidos con gran circulación. El balotaje decidirá cuál de las dos estrategias logró convertir mejor la visibilidad en votos. Después, Brasil deberá enfrentar una cuestión más profunda: cómo celebrar la competencia política sin permitir que la automatización, la opacidad tecnológica y la lógica de “ejército contra ejército” sustituyan el debate democrático.