La crisis escolar europea combina falta de docentes, edificios deteriorados y desigualdadEl bloqueo de un instituto de Créteil, en septiembre, empezó con una consigna sobre la ausencia de enfermera y derivó en papeleras incendiadas. La protesta se extendió por redes y, el 6 de octubre, reunió a más de 250.000 estudiantes en Francia, según las autoridades. Más allá de los episodios de violencia, las movilizaciones han expuesto una crisis cotidiana: faltan profesionales, sobran aulas inadecuadas y el lugar de origen condiciona las oportunidades educativas.La escasez de profesores ya es estructuralEn 2025, el 45% de los estudiantes franceses acudía a centros cuyas direcciones notificaban falta de docentes. La proporción era del 49% en España, del 52% en Alemania y del 39% de media en la OCDE. El problema no consiste solo en cubrir bajas: atraer y retener personal resulta especialmente difícil en zonas menos solicitadas. El sistema francés de asignación mediante puntos favorece, según el sindicalista Adrien Misson, a quienes tienen pareja o hijos, mientras que docentes jóvenes y sin cargas familiares suelen acabar en destinos menos atractivos.La respuesta anunciada por el Gobierno —3.000 sustitutos y 1.000 millones de euros adicionales— no ha disipado el malestar. Además, el presupuesto francés para 2027 prevé suprimir 1.588 puestos docentes, 1.250 en la enseñanza pública. La contradicción entre prometer refuerzos y proyectar recortes alimenta la desconfianza: sin condiciones que permitan cubrir vacantes de manera estable, el número de plazas anunciado no garantiza que cada escuela tenga a quien necesita.El edificio también decide quién puede aprenderLas carencias no se limitan a la plantilla. En Francia, alumnos denuncian aulas con más de 32 grados en verano y menos de 14 en invierno, además de falta de sillas en clases de hasta 35 estudiantes. En Europa, el 47% de los alumnos de 15 años en Grecia y el 44% en España estudia en centros cuyos directores señalan que los problemas del edificio o de calefacción y refrigeración dificultan el aprendizaje.En Rumanía, al menos 97 escuelas de 16 condados tienen instalaciones sanitarias deficientes, con letrinas exteriores o sin agua corriente. Grecia afronta un parque escolar envejecido: casi dos tercios de sus edificios se construyeron antes de 1985. En España, antes de la pandemia unos 50.000 alumnos asistían a clase en módulos prefabricados. Son realidades distintas, pero comparten una consecuencia: el tiempo y la atención que deberían dedicarse al aprendizaje se subordinan a condiciones básicas aún sin resolver.La desigualdad no se corrige con resultados promedioPISA muestra que los estudiantes franceses de entornos socioeconómicos favorecidos aventajan en 100 puntos en ciencias a los menos favorecidos, una diferencia equivalente a entre dos cursos y medio y tres años de aprendizaje. Aunque la brecha se redujo 21 puntos entre 2022 y 2025, el analista de la OCDE Rodrigo Castañeda Valle advierte que, en la década anterior, el rendimiento de los alumnos desfavorecidos se mantuvo relativamente estable y el de los favorecidos descendió. La reducción, por tanto, no prueba que los primeros hayan mejorado.En España la distancia es de 71 puntos y la media de la OCDE alcanza 85. La selección universitaria francesa Parcoursup también concentra críticas: estudiantes y docentes sostienen que sus criterios pueden reproducir jerarquías sociales y territoriales. Cuando la escuela ofrece menos recursos en los barrios más desfavorecidos y el acceso posterior parece premiar el origen, la desigualdad deja de ser un resultado aislado y se convierte en una cadena.Reparar y redistribuir, no solo exigirEl calor agrava esa cadena: en un estudio austríaco realizado durante la ola de junio, el 88% de más de 1.500 estudiantes y docentes dijo que las temperaturas les causaban estrés; tres cuartas partes tenían dificultades para concentrarse. España destinó 200 millones de euros a eficiencia energética de centros, pero climatizar los 1.200 considerados deficientes en Cataluña costaría, según Equitat, unos 1.300 millones. La distancia entre las necesidades y los recursos disponibles ayuda a explicar por qué las promesas no bastan.Los incentivos para trabajar en escuelas desfavorecidas —complementos salariales, menor carga lectiva y oportunidades profesionales— ofrecen una vía más concreta que confiar solo en asignaciones generales. Pero deben acompañarse de mantenimiento, plantillas suficientes y criterios de admisión transparentes. Las protestas francesas han puesto el foco en un problema europeo: exigir los mismos resultados a todos no crea igualdad si las condiciones para aprender siguen dependiendo del código postal.

La crisis escolar europea combina falta de docentes, edificios deteriorados y desigualdadEl bloqueo de un instituto de Créteil, en septiembre, empezó con una consigna sobre la ausencia de enfermera y derivó en papeleras incendiadas. La protesta se extendió por redes y, el 6 de octubre, reunió a más de 250.000 estudiantes en Francia, según las autoridades. Más allá de los episodios de violencia, las movilizaciones han expuesto una crisis cotidiana: faltan profesionales, sobran aulas inadecuadas y el lugar de origen condiciona las oportunidades educativas.La escasez de profesores ya es estructuralEn 2025, el 45% de los estudiantes franceses acudía a centros cuyas direcciones notificaban falta de docentes. La proporción era del 49% en España, del 52% en Alemania y del 39% de media en la OCDE. El problema no consiste solo en cubrir bajas: atraer y retener personal resulta especialmente difícil en zonas menos solicitadas. El sistema francés de asignación mediante puntos favorece, según el sindicalista Adrien Misson, a quienes tienen pareja o hijos, mientras que docentes jóvenes y sin cargas familiares suelen acabar en destinos menos atractivos.La respuesta anunciada por el Gobierno —3.000 sustitutos y 1.000 millones de euros adicionales— no ha disipado el malestar. Además, el presupuesto francés para 2027 prevé suprimir 1.588 puestos docentes, 1.250 en la enseñanza pública. La contradicción entre prometer refuerzos y proyectar recortes alimenta la desconfianza: sin condiciones que permitan cubrir vacantes de manera estable, el número de plazas anunciado no garantiza que cada escuela tenga a quien necesita.El edificio también decide quién puede aprenderLas carencias no se limitan a la plantilla. En Francia, alumnos denuncian aulas con más de 32 grados en verano y menos de 14 en invierno, además de falta de sillas en clases de hasta 35 estudiantes. En Europa, el 47% de los alumnos de 15 años en Grecia y el 44% en España estudia en centros cuyos directores señalan que los problemas del edificio o de calefacción y refrigeración dificultan el aprendizaje.En Rumanía, al menos 97 escuelas de 16 condados tienen instalaciones sanitarias deficientes, con letrinas exteriores o sin agua corriente. Grecia afronta un parque escolar envejecido: casi dos tercios de sus edificios se construyeron antes de 1985. En España, antes de la pandemia unos 50.000 alumnos asistían a clase en módulos prefabricados. Son realidades distintas, pero comparten una consecuencia: el tiempo y la atención que deberían dedicarse al aprendizaje se subordinan a condiciones básicas aún sin resolver.La desigualdad no se corrige con resultados promedioPISA muestra que los estudiantes franceses de entornos socioeconómicos favorecidos aventajan en 100 puntos en ciencias a los menos favorecidos, una diferencia equivalente a entre dos cursos y medio y tres años de aprendizaje. Aunque la brecha se redujo 21 puntos entre 2022 y 2025, el analista de la OCDE Rodrigo Castañeda Valle advierte que, en la década anterior, el rendimiento de los alumnos desfavorecidos se mantuvo relativamente estable y el de los favorecidos descendió. La reducción, por tanto, no prueba que los primeros hayan mejorado.En España la distancia es de 71 puntos y la media de la OCDE alcanza 85. La selección universitaria francesa Parcoursup también concentra críticas: estudiantes y docentes sostienen que sus criterios pueden reproducir jerarquías sociales y territoriales. Cuando la escuela ofrece menos recursos en los barrios más desfavorecidos y el acceso posterior parece premiar el origen, la desigualdad deja de ser un resultado aislado y se convierte en una cadena.Reparar y redistribuir, no solo exigirEl calor agrava esa cadena: en un estudio austríaco realizado durante la ola de junio, el 88% de más de 1.500 estudiantes y docentes dijo que las temperaturas les causaban estrés; tres cuartas partes tenían dificultades para concentrarse. España destinó 200 millones de euros a eficiencia energética de centros, pero climatizar los 1.200 considerados deficientes en Cataluña costaría, según Equitat, unos 1.300 millones. La distancia entre las necesidades y los recursos disponibles ayuda a explicar por qué las promesas no bastan.Los incentivos para trabajar en escuelas desfavorecidas —complementos salariales, menor carga lectiva y oportunidades profesionales— ofrecen una vía más concreta que confiar solo en asignaciones generales. Pero deben acompañarse de mantenimiento, plantillas suficientes y criterios de admisión transparentes. Las protestas francesas han puesto el foco en un problema europeo: exigir los mismos resultados a todos no crea igualdad si las condiciones para aprender siguen dependiendo del código postal.

La crisis escolar europea combina falta de docentes, edificios deteriorados y desigualdad

El bloqueo de un instituto de Créteil, en septiembre, empezó con una consigna sobre la ausencia de enfermera y derivó en papeleras incendiadas. La protesta se extendió por redes y, el 6 de octubre, reunió a más de 250.000 estudiantes en Francia, según las autoridades. Más allá de los episodios de violencia, las movilizaciones han expuesto una crisis cotidiana: faltan profesionales, sobran aulas inadecuadas y el lugar de origen condiciona las oportunidades educativas.

La escasez de profesores ya es estructural

En 2025, el 45% de los estudiantes franceses acudía a centros cuyas direcciones notificaban falta de docentes. La proporción era del 49% en España, del 52% en Alemania y del 39% de media en la OCDE. El problema no consiste solo en cubrir bajas: atraer y retener personal resulta especialmente difícil en zonas menos solicitadas. El sistema francés de asignación mediante puntos favorece, según el sindicalista Adrien Misson, a quienes tienen pareja o hijos, mientras que docentes jóvenes y sin cargas familiares suelen acabar en destinos menos atractivos.

La respuesta anunciada por el Gobierno —3.000 sustitutos y 1.000 millones de euros adicionales— no ha disipado el malestar. Además, el presupuesto francés para 2027 prevé suprimir 1.588 puestos docentes, 1.250 en la enseñanza pública. La contradicción entre prometer refuerzos y proyectar recortes alimenta la desconfianza: sin condiciones que permitan cubrir vacantes de manera estable, el número de plazas anunciado no garantiza que cada escuela tenga a quien necesita.

La crisis escolar europea combina falta de docentes, edificios deteriorados y desigualdadEl bloqueo de un instituto de Créteil, en septiembre, empezó con una consigna sobre la ausencia de enfermera y derivó en papeleras incendiadas. La protesta se extendió por redes y, el 6 de octubre, reunió a más de 250.000 estudiantes en Francia, según las autoridades. Más allá de los episodios de violencia, las movilizaciones han expuesto una crisis cotidiana: faltan profesionales, sobran aulas inadecuadas y el lugar de origen condiciona las oportunidades educativas.La escasez de profesores ya es estructuralEn 2025, el 45% de los estudiantes franceses acudía a centros cuyas direcciones notificaban falta de docentes. La proporción era del 49% en España, del 52% en Alemania y del 39% de media en la OCDE. El problema no consiste solo en cubrir bajas: atraer y retener personal resulta especialmente difícil en zonas menos solicitadas. El sistema francés de asignación mediante puntos favorece, según el sindicalista Adrien Misson, a quienes tienen pareja o hijos, mientras que docentes jóvenes y sin cargas familiares suelen acabar en destinos menos atractivos.La respuesta anunciada por el Gobierno —3.000 sustitutos y 1.000 millones de euros adicionales— no ha disipado el malestar. Además, el presupuesto francés para 2027 prevé suprimir 1.588 puestos docentes, 1.250 en la enseñanza pública. La contradicción entre prometer refuerzos y proyectar recortes alimenta la desconfianza: sin condiciones que permitan cubrir vacantes de manera estable, el número de plazas anunciado no garantiza que cada escuela tenga a quien necesita.El edificio también decide quién puede aprenderLas carencias no se limitan a la plantilla. En Francia, alumnos denuncian aulas con más de 32 grados en verano y menos de 14 en invierno, además de falta de sillas en clases de hasta 35 estudiantes. En Europa, el 47% de los alumnos de 15 años en Grecia y el 44% en España estudia en centros cuyos directores señalan que los problemas del edificio o de calefacción y refrigeración dificultan el aprendizaje.En Rumanía, al menos 97 escuelas de 16 condados tienen instalaciones sanitarias deficientes, con letrinas exteriores o sin agua corriente. Grecia afronta un parque escolar envejecido: casi dos tercios de sus edificios se construyeron antes de 1985. En España, antes de la pandemia unos 50.000 alumnos asistían a clase en módulos prefabricados. Son realidades distintas, pero comparten una consecuencia: el tiempo y la atención que deberían dedicarse al aprendizaje se subordinan a condiciones básicas aún sin resolver.La desigualdad no se corrige con resultados promedioPISA muestra que los estudiantes franceses de entornos socioeconómicos favorecidos aventajan en 100 puntos en ciencias a los menos favorecidos, una diferencia equivalente a entre dos cursos y medio y tres años de aprendizaje. Aunque la brecha se redujo 21 puntos entre 2022 y 2025, el analista de la OCDE Rodrigo Castañeda Valle advierte que, en la década anterior, el rendimiento de los alumnos desfavorecidos se mantuvo relativamente estable y el de los favorecidos descendió. La reducción, por tanto, no prueba que los primeros hayan mejorado.En España la distancia es de 71 puntos y la media de la OCDE alcanza 85. La selección universitaria francesa Parcoursup también concentra críticas: estudiantes y docentes sostienen que sus criterios pueden reproducir jerarquías sociales y territoriales. Cuando la escuela ofrece menos recursos en los barrios más desfavorecidos y el acceso posterior parece premiar el origen, la desigualdad deja de ser un resultado aislado y se convierte en una cadena.Reparar y redistribuir, no solo exigirEl calor agrava esa cadena: en un estudio austríaco realizado durante la ola de junio, el 88% de más de 1.500 estudiantes y docentes dijo que las temperaturas les causaban estrés; tres cuartas partes tenían dificultades para concentrarse. España destinó 200 millones de euros a eficiencia energética de centros, pero climatizar los 1.200 considerados deficientes en Cataluña costaría, según Equitat, unos 1.300 millones. La distancia entre las necesidades y los recursos disponibles ayuda a explicar por qué las promesas no bastan.Los incentivos para trabajar en escuelas desfavorecidas —complementos salariales, menor carga lectiva y oportunidades profesionales— ofrecen una vía más concreta que confiar solo en asignaciones generales. Pero deben acompañarse de mantenimiento, plantillas suficientes y criterios de admisión transparentes. Las protestas francesas han puesto el foco en un problema europeo: exigir los mismos resultados a todos no crea igualdad si las condiciones para aprender siguen dependiendo del código postal.

El edificio también decide quién puede aprender

Las carencias no se limitan a la plantilla. En Francia, alumnos denuncian aulas con más de 32 grados en verano y menos de 14 en invierno, además de falta de sillas en clases de hasta 35 estudiantes. En Europa, el 47% de los alumnos de 15 años en Grecia y el 44% en España estudia en centros cuyos directores señalan que los problemas del edificio o de calefacción y refrigeración dificultan el aprendizaje.

En Rumanía, al menos 97 escuelas de 16 condados tienen instalaciones sanitarias deficientes, con letrinas exteriores o sin agua corriente. Grecia afronta un parque escolar envejecido: casi dos tercios de sus edificios se construyeron antes de 1985. En España, antes de la pandemia unos 50.000 alumnos asistían a clase en módulos prefabricados. Son realidades distintas, pero comparten una consecuencia: el tiempo y la atención que deberían dedicarse al aprendizaje se subordinan a condiciones básicas aún sin resolver.

La desigualdad no se corrige con resultados promedio

PISA muestra que los estudiantes franceses de entornos socioeconómicos favorecidos aventajan en 100 puntos en ciencias a los menos favorecidos, una diferencia equivalente a entre dos cursos y medio y tres años de aprendizaje. Aunque la brecha se redujo 21 puntos entre 2022 y 2025, el analista de la OCDE Rodrigo Castañeda Valle advierte que, en la década anterior, el rendimiento de los alumnos desfavorecidos se mantuvo relativamente estable y el de los favorecidos descendió. La reducción, por tanto, no prueba que los primeros hayan mejorado.

En España la distancia es de 71 puntos y la media de la OCDE alcanza 85. La selección universitaria francesa Parcoursup también concentra críticas: estudiantes y docentes sostienen que sus criterios pueden reproducir jerarquías sociales y territoriales. Cuando la escuela ofrece menos recursos en los barrios más desfavorecidos y el acceso posterior parece premiar el origen, la desigualdad deja de ser un resultado aislado y se convierte en una cadena.

Reparar y redistribuir, no solo exigir

El calor agrava esa cadena: en un estudio austríaco realizado durante la ola de junio, el 88% de más de 1.500 estudiantes y docentes dijo que las temperaturas les causaban estrés; tres cuartas partes tenían dificultades para concentrarse. España destinó 200 millones de euros a eficiencia energética de centros, pero climatizar los 1.200 considerados deficientes en Cataluña costaría, según Equitat, unos 1.300 millones. La distancia entre las necesidades y los recursos disponibles ayuda a explicar por qué las promesas no bastan.

Los incentivos para trabajar en escuelas desfavorecidas —complementos salariales, menor carga lectiva y oportunidades profesionales— ofrecen una vía más concreta que confiar solo en asignaciones generales. Pero deben acompañarse de mantenimiento, plantillas suficientes y criterios de admisión transparentes. Las protestas francesas han puesto el foco en un problema europeo: exigir los mismos resultados a todos no crea igualdad si las condiciones para aprender siguen dependiendo del código postal.