Mohamed VI ha inaugurado la nueva legislatura marroquí mostrando una fragilidad física que vuelve a situar la salud del monarca y la transición de responsabilidades hacia su hijo, el príncipe Moulay Hasán, en el centro de la escena política. El rey llegó al Parlamento con una chilaba amarilla, apoyado en una muleta y acompañado por su hijo y por su hermano, el príncipe Moulay Rachid. Durante el discurso, pronunciado con una voz casi inaudible, reivindicó la identidad nacional y religiosa de Marruecos, al tiempo que reclamó a las instituciones y al sector privado una mayor capacidad para crear empleo.
La ceremonia tenía, por tanto, un valor que iba más allá de su función constitucional. En un país donde las apariciones públicas del soberano son escasas y la información sobre su estado personal está sometida a una fuerte censura, cada intervención permite medir indirectamente su capacidad para ejercer el papel que concentra buena parte del poder efectivo. La imagen ofrecida este viernes refuerza la impresión de un rey cada vez más ausente de la vida institucional, aunque todavía formalmente al frente de todas las decisiones fundamentales.

Una salud convertida en asunto de Estado
La preocupación no nace de una sola aparición. La reaparición pública de Mohamed VI a finales de septiembre, durante el aniversario de la muerte de su padre, Hasán II, ya había suscitado alarma por su visible deterioro, sus dificultades de movilidad y su cansancio. Desde hace años se han sucedido episodios de infecciones pulmonares y en las piernas que le han obligado a utilizar muletas. Medios internacionales apuntaron hace casi una década que podría padecer sarcoidosis, una enfermedad autoinmune crónica que puede afectar a los pulmones y provocar fatiga, problemas respiratorios y alteraciones cardíacas. Rabat nunca ha confirmado ni desmentido oficialmente ese diagnóstico.
En este contexto, la salud del monarca deja de ser únicamente una cuestión privada. La ausencia de información fiable alimenta las especulaciones y dificulta distinguir entre una delegación temporal de funciones y una transformación duradera del funcionamiento del Estado. Lo que sí resulta visible es la creciente presencia de Moulay Hasán, de 23 años, en actos oficiales y en espacios donde tradicionalmente la figura del rey ocupaba todo el protagonismo.
El relevo informal pone a prueba al Majzen
La evolución parece consistir, por ahora, en una transferencia progresiva de responsabilidades, no de poderes formales. El heredero gana exposición mientras su padre conserva la autoridad constitucional y la centralidad simbólica de la monarquía. Esa fórmula puede proporcionar continuidad, pero también abre un periodo de ambigüedad: las instituciones deben coordinarse en torno a una figura que aún no reina y a un soberano cuya capacidad física genera dudas crecientes.
El problema adquiere mayor importancia por la estructura real del sistema marroquí. Aunque el país se define como una monarquía constitucional, democrática y parlamentaria, el rey mantiene una influencia decisiva sobre la política interna, la política exterior y las grandes orientaciones estratégicas. En torno a la Corona opera el Majzen, una red de altos funcionarios y grupos económicos cuya autoridad no depende directamente de la representación electoral. Cuando se produce un relevo de facto, las rivalidades internas y los problemas de coordinación pueden hacerse más visibles, especialmente si no existe una línea pública y clara sobre quién asume cada responsabilidad.
Algunos especialistas relacionan esa tensión con la avalancha migratoria que alcanzó Ceuta a finales de julio, durante las celebraciones de la Fiesta del Trono. La hipótesis es que Rabat pudo utilizar la presión migratoria como instrumento de advertencia hacia España, pero que la operación terminó desbordando los cálculos iniciales. Más allá de la atribución concreta de responsabilidades, el episodio mostró hasta qué punto una política de presión exterior puede quedar condicionada por disputas internas y por la necesidad de reforzar la autoridad del régimen.
Nacionalismo para contener una fractura social
El endurecimiento de los discursos sobre Ceuta, Melilla y el Sáhara Occidental encaja en esa búsqueda de cohesión. Un nacionalismo más firme puede servir a la monarquía para consolidar el respaldo al futuro heredero y mantener alineados a los distintos centros de poder. Sin embargo, también corre el riesgo de desplazar hacia el exterior problemas que tienen un origen doméstico y que no desaparecen con una mayor intensidad retórica.
Marruecos arrastra una fuerte fragmentación política y social. Las protestas masivas del pasado otoño expresaron el malestar de generaciones jóvenes afectadas por el desempleo, la precariedad de los servicios públicos y la falta de expectativas. La apelación a la identidad nacional puede movilizar apoyos en momentos de incertidumbre, pero difícilmente sustituye a una respuesta sostenida en materia de empleo, educación, sanidad y oportunidades económicas. La propia insistencia de Mohamed VI en pedir a los poderes públicos y a las empresas que creen puestos de trabajo revela que el problema ocupa ya un lugar central en la agenda del régimen.
Una legislatura marcada por la debilidad electoral
La apertura parlamentaria llega además después de unas elecciones que reflejaron una profunda desafección ciudadana. La participación apenas alcanzó el 38% del censo. El Partido de la Autenticidad y Modernidad, próximo a la Corona y vencedor de los comicios del 23 de septiembre, obtuvo 97 escaños en una Cámara de Representantes de 395 asientos, lejos de la mayoría absoluta. Su dirigente, Fatima Zahra El Mansouri, ha sido designada jefa del Gobierno, en un nombramiento histórico para Marruecos y excepcional en el mundo árabe. Con experiencia como ministra y alcaldesa de Marrakech, deberá intentar construir una mayoría estable, previsiblemente con el renacido Partido de la Justicia y el Desarrollo, de orientación islamista, que logró 54 escaños.
La elección de una mujer al frente del Gobierno aporta una señal de renovación institucional, pero no resuelve la debilidad estructural del sistema. El bajo nivel de participación y la fragmentación parlamentaria indican que la principal dificultad será recuperar credibilidad ante una población distante de las urnas. La nueva primera ministra tendrá que gobernar bajo una monarquía que conserva la iniciativa estratégica y, al mismo tiempo, responder a demandas sociales que exigen resultados concretos.
La relación con Israel añade otra capa de tensión. Marruecos avanza en la cooperación militar pese al malestar ciudadano: Israel cuenta por primera vez con un pabellón en el Salón Aeronáutico de Marrakech y se encamina a cerrar la venta de misiles balísticos LORA, con un alcance aproximado de 500 kilómetros, en un contexto de renovada rivalidad con Argelia. Israel ya es el tercer proveedor de armas de Marruecos, por detrás de Estados Unidos y Francia.
El escenario que se abre combina así una monarquía físicamente debilitada, un heredero cada vez más visible, un aparato de poder sometido a reajustes y una sociedad con expectativas frustradas. Ceuta y Melilla, el Sáhara, la cooperación militar o el Mundial de 2030 pueden ofrecer instrumentos de movilización, pero no eliminan la cuestión decisiva: cómo garantizar una transición ordenada y recuperar legitimidad sin que el relevo en el trono agrave las fracturas que ya atraviesan al país.