El Parlamento Europeo ha aprobado una resolución en la que pide a los Veintisiete desplegar una misión naval de la Unión Europea en el mar Negro, después de una cadena de ataques con drones contra buques comerciales frente a las costas de Rumania y Bulgaria. La ofensiva, que en apenas diez días ha afectado a siete mercantes y deja un balance preliminar de dos marineros muertos y 28 desaparecidos, ha elevado el temor a que la guerra de Ucrania extienda sus efectos sobre las rutas civiles y el comercio regional.
La resolución atribuye los ataques a una “escalada rusa” y acusa a Moscú de haber golpeado “sistemáticamente” a la navegación civil. Los eurodiputados reclaman también una iniciativa de la OTAN y una cooperación más estrecha entre Rumania, Bulgaria y Turquía. La posición del Parlamento va más lejos que la de los Gobiernos de Bucarest y Sofía, que sospechan de Rusia, pero han evitado responsabilizar directamente al Kremlin por la falta de pruebas materiales concluyentes.

El ataque al Wine Trader precipita la respuesta política
El episodio más grave ocurrió a las cuatro de la madrugada del viernes pasado, cuando varios drones alcanzaron al Wine Trader, un buque cisterna que transportaba productos químicos a unos 25 kilómetros de Sulina, en la desembocadura del Danubio y cerca de la frontera con Ucrania. Las explosiones provocaron un incendio y causaron daños severos en la embarcación. Cinco marineros fueron rescatados, mientras que otros siete continúan desaparecidos. El Sindicato Libre de Navegantes de Rumania sostiene que quienes ocupaban los camarotes superiores pudieron escapar, pero que los demás probablemente quedaron atrapados bajo la estructura metálica.
La sucesión de incidentes ha obligado a la Alianza Atlántica a reforzar su vigilancia. La OTAN anunció el martes el despliegue de aviones de patrulla marítima, radares, drones y equipos de inteligencia para mejorar la detección de amenazas y la coordinación entre sus miembros. La operación aumentará la capacidad de alerta y seguimiento, pero no equivale a una escolta militar permanente para los buques mercantes, que seguirán navegando sin una protección directa y continua.
Francia envió el 18 de octubre un avión de reconocimiento marítimo a Rumania y Estados Unidos desplegó un P-8A Poseidon en Varna, Bulgaria, procedente de la base italiana de Sigonella. La aeronave comenzó a sobrevolar el mar Negro para vigilar el tráfico comercial. Rumania también ha propuesto crear un mando militar rotatorio con Bulgaria y Turquía para coordinar la vigilancia, compartir información y organizar la respuesta ante nuevas incursiones. Bucarest aspira a asumir la dirección a partir de 2028.
Una cadena de ataques con un patrón todavía difícil de probar
La escalada comenzó el 5 de octubre, cuando el carguero turco Royad Mammadov, cargado de maíz, se incendió tras un ataque con drones y terminó hundiéndose frente a Rumania. Dos de sus 13 tripulantes murieron. Al día siguiente, los buques Able y Alfa Watan fueron atacados frente a Bulgaria. Los 18 marineros del primero sobrevivieron, pero los diez ocupantes del segundo siguen desaparecidos. En los días posteriores, el HS Dignity se hundió con 11 tripulantes desaparecidos y el Chelsea 3 fue evacuado con sus 15 ocupantes. El jueves pasado, un dron impactó contra el petrolero Yara J en aguas rumanas sin causar heridos.
El presidente rumano, Nicusor Dan, celebró el refuerzo de la OTAN y afirmó que la solidaridad aliada incluye la defensa de las aguas y el espacio aéreo de los países miembros. En una reunión celebrada en Bruselas con el primer ministro búlgaro, Rumen Radev, y el secretario general de la Alianza, Mark Rutte, Dan reclamó más capacidades contra drones, vigilancia, reconocimiento y una postura permanente y adaptada a la región.
La cautela de los Gobiernos afectados refleja una dificultad central: identificar el origen de cada aparato no siempre permite demostrar quién ordenó un ataque. Esa incertidumbre complica una respuesta militar directa y aumenta el riesgo de que una operación destinada a proteger la navegación termine provocando una confrontación abierta con Rusia. La resolución europea, al atribuir políticamente la responsabilidad, introduce una presión adicional sobre los aliados para pasar de la vigilancia a una fórmula de protección más activa.
La velocidad reduce el margen de decisión
El desafío se agravó el sábado, cuando dos cazas F-16 rumanos derribaron dos drones que habían penetrado en el espacio aéreo del país cerca de Sulina. Según el entonces ministro interino de Defensa, Radu Miruta, los aparatos volaban a unos 450 kilómetros por hora, muy por encima de los 150 o 170 kilómetros por hora de los drones detectados anteriormente. Las primeras comprobaciones apuntaron a modelos rusos Geran-4, equipados con motores turbohélice, aunque la identificación aún debe confirmarse técnicamente. Los dos objetos fueron interceptados con cuatro minutos de diferencia.
Rumania ya había abatido tres aparatos en julio y, en agosto, dos F-18 españoles desplegados en la misión de policía aérea de la OTAN despegaron para interceptar otro dron que terminó estrellándose. Para Hari Bucur Marcu, experto en política de seguridad y antiguo piloto militar, la mayor velocidad reduce el tiempo disponible para identificar el objetivo, calcular su trayectoria y decidir cómo neutralizarlo. El problema es más complejo en alta mar, donde un mercante puede encontrarse lejos de la costa, sin escolta y expuesto a un ataque cuya procedencia no se determina de inmediato.
La amenaza afecta además a un corredor económico esencial. El mar Negro es una vía decisiva para las exportaciones agrícolas de Ucrania y un canal relevante para el transporte regional de petróleo y otras materias primas. Los ataques han encarecido los seguros marítimos y podrían llevar a los armadores a modificar sus rutas, con efectos sobre los costes del cereal y la disponibilidad de productos agrícolas. La respuesta europea deberá equilibrar la protección de las tripulaciones y la continuidad del comercio con el objetivo de no ampliar aún más el perímetro militar de la guerra.