En el polo sur de la Luna, el Sol puede elevar la temperatura hasta unos 120 grados, mientras que las zonas en sombra pueden caer a unos 210 bajo cero. Esa diferencia resume la dificultad que afronta la NASA al preparar una presencia humana sostenida: no se trata solo de llegar, sino de construir sistemas capaces de mantener con vida a los astronautas en un entorno sin atmósfera, recursos disponibles ni margen para errores rutinarios.
Carlos García-Galán, director del programa de la Base Lunar de la NASA, coordina ese desafío. El polvo lunar, fino y abrasivo, puede penetrar en los mecanismos; además, una base necesitará agua, electricidad, comunicaciones, navegación y logística. “En la Luna no hay absolutamente nada”, señala. La frase no describe únicamente un paisaje vacío: establece el orden de las tareas. Antes de hablar de asentamientos, hay que resolver cómo sostener cada operación básica.

Una base diseñada para que un fallo no detenga todo
La NASA ha cambiado su estrategia para no depender de una sola empresa ni de un único sistema. Si una pieza de la arquitectura falla, otro proyecto debería permitir que el programa continúe. Esa redundancia no es un lujo: en un lugar remoto, sin posibilidad de reparación inmediata desde la Tierra, la continuidad depende de anticipar fallos y contar con alternativas compatibles.
García-Galán conoce la importancia de esa preparación por su trabajo de 27 años en vuelos tripulados. Participó en Orion, la nave destinada a transportar astronautas a la Luna, y en Gateway, la estación orbital lunar que fue sustituida por el proyecto de Base Lunar. También vivió alarmas de incendio y despresurización en la Estación Espacial Internacional, además de la rotura de paneles solares durante su despliegue. La experiencia enseña que incluso los sistemas probados pueden sorprender: en el espacio, que algo haya funcionado muchas veces no garantiza que vuelva a hacerlo.
Por eso, el entrenamiento incluye cientos de simulaciones en las que los problemas aparecen simultáneamente. La disciplina consiste en mantener el foco mientras se evalúa qué amenaza es urgente y qué acciones pueden preservar a la tripulación y la misión. La tragedia del Columbia, dice, dejó una lección de humildad; también advirtió que las cautelas reforzadas tras accidentes pueden debilitarse con el paso del tiempo. La seguridad, por tanto, no depende solo de diseñar bien, sino de sostener una cultura de revisión.
El polo sur es todavía un territorio poco conocido
La elección de la región austral combina oportunidad y riesgo. Allí hay cráteres que permanecen en sombra durante periodos prolongados, donde podría conservarse agua. Ese recurso tendría valor para la exploración, pero su presencia y utilidad deben investigarse. García-Galán compara el conocimiento lunar con el que tendríamos de África si solo hubiera recibido seis expediciones, con doce personas en total, y algunas observaciones por satélite: una imagen general no equivale a conocer un territorio.
La próxima exploración robótica al polo sur, equipada con cámaras, busca acercar esa realidad. La misión puede aportar observaciones sobre el terreno y ayudar a precisar qué condiciones encontrarán futuras expediciones. En la Luna, ver de cerca importa porque los datos orbitales no resuelven por sí solos cómo afectan el polvo, la iluminación y el relieve a las operaciones. Cada nueva medición puede modificar decisiones sobre dónde instalar equipos y cómo protegerlos.
La experiencia de Artemis II también cambió la percepción del propio García-Galán. Al pasar por la cara oculta, los astronautas describieron cráteres, impactos y colores inesperados, además de un resplandor durante un eclipse que ahora estudian científicos. La Luna dejó de parecerle una extensión familiar de la exploración para convertirse en un mundo remoto y desconocido. Esa distancia no es una metáfora: señala cuánto queda por aprender antes de convertir una misión en presencia estable.
La exploración transforma lo que se desarrolla para ella
La dificultad de construir una base puede impulsar tecnologías con aplicaciones más amplias. El programa Apollo, recuerda García-Galán, exigió instalar ordenadores en naves cuando las computadoras ocupaban habitaciones enteras, y contribuyó al avance de la microelectrónica. Ahora, las necesidades lunares podrían acelerar nuevos materiales, sistemas de energía y reactores nucleares pequeños. El beneficio terrestre no está garantizado de antemano; depende de qué tecnologías lleguen a desarrollarse y de cómo puedan trasladarse a otros ámbitos.
También está en juego la cooperación. Estados Unidos, China y Rusia compiten por llegar primero, pero para García-Galán esa rivalidad refleja conflictos humanos más amplios sobre fronteras y recursos. Su etapa de trabajo con colegas rusos en Korolev le mostró que métodos y culturas diferentes pueden quedar en segundo plano ante un propósito compartido: explorar y mantener con vida a los astronautas. La Estación Espacial Internacional ofrece un ejemplo concreto de colaboración entre rusos y estadounidenses.
Nacido en Málaga, emigró a Estados Unidos a los 17 años, impulsado desde niño por la aviación y la posibilidad de llegar donde pocos podían. Hoy, en lugar de ocupar el lugar del astronauta, dirige a los equipos que hacen posibles sus misiones. El reto que describe no es simplemente plantar una base: es aprender a operar en un entorno extremo sin confundir capacidad técnica con dominio. Si la Luna llega a ser un espacio de colaboración humana, esa condición dependerá tanto de la ingeniería como de las decisiones que se tomen aquí, antes de partir.