La guerra con Irán revaloriza las bases europeas y abre una ventana de negociación con Washington

La guerra con Irán revaloriza las bases europeas y abre una ventana de negociación con Washington

Europa afronta una paradoja estratégica: Estados Unidos le reclama que asuma más responsabilidades en su propia defensa, pero al mismo tiempo pretende conservar influencia sobre sus decisiones y sobre sus compras militares. La guerra de Irán ha hecho más visible esa tensión. Al consumir recursos estadounidenses y elevar los costes de las instalaciones en el Golfo, también ha aumentado el valor de las bases, el espacio aéreo y la logística que los aliados europeos ponen a disposición de Washington.

El cambio importa porque la política exterior estadounidense no responde a una línea única. En torno a Donald Trump compiten tres corrientes: quienes quieren reducir los compromisos globales, quienes priorizan la rivalidad con China y quienes defienden la primacía mundial de Estados Unidos. La política resultante combina decisiones presidenciales cambiantes con agendas institucionales que no siempre coinciden. Para Europa, el problema no es solo anticipar una retirada estadounidense, sino hacerlo mientras Washington exige cooperación en condiciones que pueden favorecer sus propios intereses.

La guerra con Irán revaloriza las bases europeas y abre una ventana de negociación con Washington

Una estrategia de prioridades que no termina de imponerse

El argumento de los priorizadores parte de una premisa conocida: Estados Unidos no puede concentrar fuerzas en todos los escenarios a la vez y China representa el desafío militar más exigente. Si Washington debe prepararse para disuadir a Pekín en torno a Taiwán, Europa tendría que cubrir una mayor parte de su defensa convencional. El vicepresidente J. D. Vance y el subsecretario de Defensa para Política, Elbridge Colby, figuran entre quienes han defendido esa orientación.

Sin embargo, la práctica ha sido menos ordenada que el planteamiento. Trump ha mostrado interés en negociar con Xi Jinping, mientras el Pentágono procura preparar capacidades para competir con China. La guerra de Irán añade otra contradicción: obliga a desplegar recursos en Oriente Medio, reduce reservas militares y complica el giro hacia Asia que los priorizadores consideran necesario. El resultado no es una transferencia planificada de responsabilidades, sino una combinación de exigencias, compromisos sobrevenidos e incertidumbre para los aliados.

En Europa, esa incertidumbre tiene consecuencias concretas. Menos apoyo estadounidense a Ucrania y una disposición a hacer negocios con Rusia alimentan dudas sobre la durabilidad del compromiso de Washington con la seguridad del continente. A la vez, los gobiernos europeos afrontan el desafío de reforzar sus arsenales sin saber qué capacidades estadounidenses seguirán disponibles, ni cuándo. La diferencia entre una retirada gradual y una reducción abrupta no es administrativa: afecta a la disuasión, a los cálculos de Moscú y a la planificación presupuestaria europea.

El cuestionario de la OTAN y la disputa por las condiciones

El cuestionario enviado este verano por el Pentágono a los aliados de la OTAN ofreció una ventana a esa disputa. Preguntaba por el gasto y la capacidad europea para asumir tareas convencionales, pero también por las compras de armamento estadounidense, la posición frente a la cooperación industrial transatlántica y el respaldo a las prioridades de Washington en Oriente Medio. Incluso incluía preguntas sobre las restricciones al acceso de bases y espacio aéreo durante la guerra de Irán.

La mezcla importa. Defender el territorio aliado en el marco de la OTAN no equivale a facilitar una guerra unilateral que puede perjudicar los intereses europeos. Al agrupar cuestiones distintas, el cuestionario corre el riesgo de presentar la autonomía política de un gobierno como falta de fiabilidad militar. Para los primacistas, asociados a figuras como el secretario de Estado Marco Rubio, mantener la dependencia europea de proveedores estadounidenses puede ser una prioridad. Así, una iniciativa que se presenta como evaluación de capacidades también puede servir para presionar a los aliados en cuestiones comerciales y diplomáticas.

La geografía como poder negociador

La guerra ha puesto de relieve que las instalaciones europeas no son un mero recurso auxiliar. Las operaciones estadounidenses contra Irán han dependido de derechos de acceso, apoyo logístico y bases en Europa para proyectar poder. Si mantener instalaciones en el Golfo se vuelve más costoso por la amenaza de ataques, la ubicación europea gana valor estratégico. Y cuando las reservas estadounidenses se reducen, también aumenta la relevancia de una industria europea capaz de producir y reponer material.

Esta capacidad de negociación tiene límites. Europa continúa dependiendo de Estados Unidos para inteligencia, defensa antimisiles, ataques de largo alcance, mando y control, disuasión nuclear y suministro de armamento. Una retirada extensa tendría un coste elevado, sobre todo mientras las capacidades europeas sigan fragmentadas. El aumento del gasto, por sí solo, no resuelve esa brecha: importa qué se compra, dónde se fabrica, cómo se coordinan los ejércitos y cuánto tiempo se necesita para que nuevas capacidades estén operativas.

La experiencia del cuestionario muestra, además, el riesgo de negociar por separado. Si España niega el acceso a sus bases para una operación y Rumanía lo permite, Washington puede tratar con cada gobierno individualmente y trasladar parte de su presencia. La ventaja geográfica de Europa se convierte en influencia efectiva solo si los aliados acuerdan de antemano qué ofrecen, qué condiciones exigen y qué asuntos no deben confundirse. Veintisiete respuestas distintas reducen la capacidad del conjunto para modificar las decisiones estadounidenses.

Autonomía sin aislamiento

La unidad europea no supone romper la alianza atlántica ni negar la necesidad de cooperar con Estados Unidos. Significa evitar que la dependencia militar se traduzca automáticamente en obediencia política y comercial. Una postura común podría vincular el acceso a instalaciones con consultas entre aliados y distinguir claramente la defensa colectiva de la OTAN de operaciones que no cuentan con ese mandato. También permitiría negociar con mayor coherencia sobre compras, producción y reparto de tareas.

El horizonte político añade urgencia. La pugna republicana por la sucesión de Trump puede intensificar las disputas entre retraicionistas, priorizadores y primacistas durante los próximos años. Si los responsables del Pentágono usan las respuestas nacionales para justificar recortes selectivos en Europa, una futura Administración podría encontrar ya preparada la redistribución de fuerzas. Si, por el contrario, los aliados convierten sus bases, su industria y su posición geográfica en una oferta coordinada, podrán influir en los términos de esa redistribución.

El dilema europeo no consiste en elegir entre dependencia y ruptura, sino en evitar que una transición desigual consolide ambas: menos garantías estadounidenses y poca capacidad propia para cubrir el vacío. La guerra de Irán ha abierto una oportunidad de negociación, no una solución. Su aprovechamiento dependerá de que los gobiernos conviertan el gasto en capacidades comunes y presenten a Washington una posición colectiva. Sin esa coordinación, la presión bilateral seguirá favoreciendo a quien tiene más margen para mover tropas, contratos y compromisos de un país a otro.