La recuperación de posiciones en Lahj por fuerzas progubernamentales y el avance hutí registrado en septiembre ponen de nuevo bajo presión un conflicto que rara vez permanece confinado a Yemen. La proximidad de los combates al estrecho de Bab al-Mandab, junto con el ataque hutí contra el aeropuerto internacional de Riad, conecta la seguridad local con dos asuntos de alcance regional: la navegación entre el mar Rojo y el golfo de Adén, y la estabilidad de los mercados energéticos. Sin embargo, el efecto inmediato más tangible recae sobre una población que afronta desplazamiento, escasez y hospitales saturados.
Las fuerzas progubernamentales aseguran haber recuperado cerca del 85% de la zona disputada en Lahj; esa cifra no equivale a un control consolidado ni permite anticipar cuánto durará. Según mandos locales, alrededor de 500 combatientes hutíes siguen en una posición dominante con vistas al corredor marítimo. La información disponible sobre el frente es parcial y las afirmaciones de las partes deben interpretarse con cautela: en un terreno extenso, una retirada o una posición tomada puede cambiar rápidamente de manos sin alterar de forma duradera el equilibrio militar.

Bab al-Mandab, un riesgo que se transmite más allá del frente
La relevancia estratégica de Bab al-Mandab se explica por su función como paso entre el mar Rojo y el golfo de Adén. Si los combates aumentan la percepción de peligro para los buques o las instalaciones cercanas, navieras y aseguradoras podrían revisar rutas, cobertura y costes. Incluso sin un cierre efectivo del estrecho, la incertidumbre puede elevar los gastos de transporte y añadir presión a los precios de la energía. El impacto dependerá, entre otros factores, de la duración de la violencia, la frecuencia de los ataques y la respuesta de los países que usan la ruta.
El riesgo no debe confundirse con una interrupción inevitable. La noticia no acredita que el tránsito haya quedado bloqueado, y los mercados cuentan con distintos proveedores y rutas, aunque sustituir de inmediato un corredor importante no siempre es sencillo ni barato. Una escalada sostenida podría traducirse en demoras y mayores costes logísticos; un episodio limitado podría provocar volatilidad temporal sin modificar el suministro de manera estructural. Por eso, las señales sobre el tráfico marítimo y la evolución militar importan más que las declaraciones aisladas de victoria.
El ataque contra el aeropuerto de Riad amplía el alcance potencial del conflicto. Si se repiten ataques contra objetivos saudíes, el reino podría endurecer su postura y responder con medidas militares, lo que aumentaría la posibilidad de represalias y reduciría el margen para negociaciones. A la vez, el episodio demuestra que la distancia entre el frente y los centros urbanos no garantiza protección absoluta. La capacidad de los sistemas defensivos y la atribución precisa de cada ataque serán factores centrales, pero la información disponible no permite dar por sentada una expansión regional inevitable.
Los costes humanos pueden crecer aunque cambie la línea del frente
La Organización Internacional para las Migraciones estima que unas 200.000 personas han sido desplazadas desde el inicio de esta escalada a principios de septiembre. Esa cifra expresa una necesidad inmediata de alojamiento, agua, alimentos y atención sanitaria, pero también anticipa efectos menos visibles: interrupción de la educación, pérdida de medios de vida y mayor exposición a enfermedades. Familias que han huido sin recursos, como las descritas en Kahboob, no pueden regresar solo porque una posición militar haya cambiado de control.
La situación de los hospitales de Adén muestra cómo el conflicto absorbe recursos esenciales incluso lejos de las posiciones disputadas. La llegada de 51 heridos en un día y las intervenciones que requieren amputaciones pueden reducir la capacidad de atender otras urgencias, incluidas las de niños y civiles. Que médicos traten a pacientes de ambos bandos es una práctica vital y un posible punto de contacto humanitario en medio de la polarización. Pero la neutralidad clínica no resuelve por sí sola la falta de personal, suministros y acceso seguro, y los ataques con drones y artefactos explosivos elevan el peligro para pacientes y trabajadores sanitarios.
La presencia de menores heridos subraya un daño que se prolonga más allá de la fase aguda. Una operación compleja por metralla cerca de la columna puede dejar secuelas físicas y psicológicas; a escala comunitaria, la repetición de desplazamientos y la interrupción de servicios básicos comprometen las oportunidades de una generación. Este coste tiene además una consecuencia política: cuanto más duradero sea el sufrimiento, mayor puede ser la desconfianza hacia las autoridades y los actores armados, y más difícil la reconstrucción de instituciones legítimas.
Una victoria territorial no garantiza una salida política
La experiencia desde 2014 aconseja no equiparar avances militares con una solución del conflicto. La intervención de una coalición liderada por Arabia Saudita no logró expulsar a los hutíes, que conservan el control de la mayor parte de la población yemení. Una tregua en 2022 ofreció años de calma relativa, pero la nueva violencia evidencia que la reducción de hostilidades no eliminó las disputas de poder ni las capacidades armadas. Si la actual campaña refuerza la expectativa de que la fuerza puede imponer condiciones, ambas partes podrían tener menos incentivos para aceptar compromisos.
También hay un riesgo de fragmentación dentro del campo progubernamental. Las Fuerzas del Sur forman parte de una alianza descrita como informal; sostener operaciones conjuntas requiere acuerdos que pueden debilitarse cuando cambian los intereses locales o la distribución del poder. Aun si recuperan territorio, las fuerzas aliadas necesitarán asegurar rutas, proteger a la población y acordar quién administra las zonas. Sin esos pasos, el control militar podría ser temporal y dejar espacio para nuevos choques.
Una mediación tendría que abordar tanto la seguridad de las rutas y de los civiles como las condiciones políticas que sostienen la guerra. El principal desafío es que cada actor puede interpretar una pausa como una oportunidad para reorganizarse, mientras los ataques contra Arabia Saudita y la presión sobre el transporte elevan el coste de ceder. La evolución dependerá de si los avances en Lahj se convierten en un frente prolongado, de si se producen nuevos ataques regionales y de si los mediadores logran contener las represalias. Hasta entonces, la incertidumbre puede afectar a los mercados, pero para los desplazados y los pacientes el riesgo ya es concreto: que otra escalada prolongue una emergencia que no se resuelve con cambios en el mapa.