El comandante supremo aliado en Europa, el general estadounidense Alexus Grynkewich, afirmó en Varsovia que la OTAN lucharía si uno de sus miembros fuera atacado y que impediría al agresor alcanzar sus objetivos. Su mensaje central fue que cualquier ofensiva contra un aliado acabaría siendo “totalmente inútil”. Aunque no mencionó a Rusia por su nombre, el contexto dejó claro a quién iba dirigido el aviso.
Disuadir antes de que empiece el combate
Grynkewich presentó una estrategia basada en bloquear, frenar y desbaratar un ataque para que Moscú no considere viable iniciarlo. Si el adversario persistiera o comprometiera sus reservas, dijo, la respuesta se extendería más allá de las fuerzas desplegadas en el lugar: alcanzaría también los sistemas que las apoyan, abastecen y dirigen. La amenaza, por tanto, no se limita a defender una frontera, sino que plantea neutralizar la capacidad operativa que sostiene una ofensiva.
El general, sin embargo, recalcó que no considera inminente ni inevitable un conflicto. Según explicó, la Alianza intenta reducir el riesgo mediante una comunicación clara sobre sus intenciones defensivas y manteniendo abiertos los canales para resolver malentendidos. La firmeza militar y la prevención diplomática aparecen así como partes de una misma lógica: elevar el coste esperado de una agresión sin presentar la guerra como algo predeterminado.

Una inquietud que se extiende por Europa
El aviso llega en un momento de preocupación por el estancamiento de la guerra en Ucrania y por los ataques híbridos que distintos gobiernos europeos atribuyen a Moscú, incluidos sabotajes, incursiones con drones y ciberataques. La tensión aumentó tras el intento fallido del 4 de agosto de atacar con drones explosivos un avión de carga ucraniano en el aeropuerto de Leipzig, acción que Alemania atribuye oficialmente al Kremlin.
También pesa la advertencia rusa de comienzos de octubre: Moscú dijo que emplearía todo su armamento, incluido el nuclear, si la OTAN intentara aislar Kaliningrado, su enclave en el Báltico. En paralelo, el Servicio de Inteligencia de Defensa de Dinamarca señaló hace dos semanas un riesgo “bajo pero creciente” de un ataque militar limitado contra uno o varios miembros de la Alianza fronterizos con Rusia, potencialmente en los próximos meses. Polonia y los países bálticos concentran buena parte de esas inquietudes.
Capacidad aliada y señales políticas
La defensa descrita por Grynkewich combinaría fuerzas convencionales con drones e inteligencia artificial, además de capacidades que considera ventajosas frente a Rusia, como los cazas F-35. La eficacia de esa postura dependerá no solo del equipamiento, sino de que los aliados puedan coordinar una respuesta creíble. La OTAN reúne a 32 países; Finlandia ingresó en 2023 y Suecia en 2024, dos ampliaciones vinculadas directamente a la invasión rusa de Ucrania.
El primer ministro polaco, Donald Tusk, pidió a Europa y Estados Unidos más determinación para contener a Vladímir Putin. Consultado sobre si un acuerdo entre Donald Trump y Putin para importar diésel ruso perjudicaría las iniciativas de paz, Grynkewich evitó entrar en el terreno político y dijo que prefería centrarse en los aspectos militares. Añadió que las oportunidades para negociar aparecen y desaparecen, y que deben aprovecharse cuando surgen.
Desde Kiev, Volodímir Zelenski sostuvo que el ataque ruso contra una central eléctrica de Járkiv mostraba que Putin no atendía los mensajes de alto el fuego energético publicados por Trump en Truth Social. Su intervención reforzó la advertencia de no subestimar las amenazas híbridas. El desafío para la Alianza consiste en sostener la disuasión sin cerrar vías de comunicación: una defensa convincente puede reducir el incentivo para atacar, pero, en un entorno de señales políticas cambiantes y acciones atribuidas a Rusia, también exige coordinación y cautela constantes.