La primera papeleta de una generación marcada por la guerra refuerza el giro derechista de Israel

La primera papeleta de una generación marcada por la guerra refuerza el giro derechista de Israel

Unos 550.000 israelíes de entre 18 y 22 años votarán por primera vez en unas elecciones condicionadas por una experiencia común: han crecido bajo gobiernos dominados por Benjamin Netanyahu, han vivido el ataque de Hamás y han atravesado una sucesión de enfrentamientos con Irán y Hezbolá. Las encuestas citadas en el reportaje apuntan a que el 74% de estos nuevos electores respaldará candidaturas de centro, derecha o extrema derecha. El dato no es una simple fotografía generacional. Puede convertirse en un factor decisivo en una contienda ajustada y, al mismo tiempo, revelar una transformación más profunda de la sociedad israelí.

La cuestión central no es únicamente por qué los jóvenes votan a la derecha, sino qué tipo de derecha están consolidando. En Israel conviven el conservadurismo liberal, el nacionalismo religioso, el sionismo religioso radical y una derecha securitaria que entiende cualquier concesión territorial como una amenaza existencial. La juventud que llega ahora a las urnas no forma un bloque ideológico homogéneo, pero sí comparte un marco de referencia en el que la seguridad, la identidad nacional y la desconfianza hacia los compromisos pesan más que en generaciones socializadas durante periodos de mayor estabilidad.

La guerra como experiencia formativa, no como episodio aislado

Para estos votantes, el conflicto no pertenece a los libros de historia ni a los discursos de una generación anterior. Forma parte de su biografía. Muchos han pasado la adolescencia con alertas, movilizaciones, restricciones, desplazamientos internos o familiares incorporados al Ejército. Incluso quienes no han sufrido directamente la violencia han vivido sus consecuencias en la escuela, en la economía familiar y en el debate público. Esa experiencia favorece una lectura política en la que la vulnerabilidad del Estado aparece como un problema inmediato, mientras que los costes de las operaciones militares pueden percibirse como inevitables o secundarios.

La política de seguridad adquiere así una dimensión emocional y cotidiana. Cuando una generación asocia la negociación con incertidumbre y la fuerza con la promesa de recuperar el control, los partidos que ofrecen respuestas contundentes parten con ventaja. No significa que todos los jóvenes defiendan las mismas operaciones ni que apoyen sin reservas a Netanyahu. Significa que el lenguaje político de la derecha encaja mejor con el entorno en el que han aprendido a interpretar el mundo: fronteras amenazadas, enemigos múltiples y un Estado obligado a demostrar capacidad de disuasión.

La primera papeleta de una generación marcada por la guerra refuerza el giro derechista de Israel

El efecto generacional también se explica por la duración de la era Netanyahu. Para un elector de 18 años, la alternancia política no es una memoria personal, sino una referencia abstracta. Netanyahu ha sido el rostro más reconocible de la autoridad nacional durante buena parte de su vida, tanto cuando estaba en el poder como cuando regresaba a él. Esa continuidad puede producir rechazo entre quienes responsabilizan al primer ministro de fallos de seguridad o de la polarización interna, pero también normaliza la idea de que su estilo de liderazgo es el estándar de la política israelí.

La permanencia de una figura política durante tantos años cambia la manera en que se construyen las lealtades. Los jóvenes no necesariamente votan por una trayectoria completa, sino por una identidad asociada a ella: firmeza ante los adversarios, resistencia a la presión exterior y defensa de una concepción mayoritaria de la nación. La marca política de Netanyahu puede sobrevivir a Netanyahu si esas asociaciones quedan incorporadas a la cultura electoral de la generación.

El 74% no equivale a una mayoría estable

El porcentaje que sitúa en el 74% el apoyo juvenil a candidaturas de centro, derecha y extrema derecha tiene un enorme valor político, pero debe interpretarse con precisión. Agrupa opciones diferentes y no permite deducir que exista un consenso sobre un único programa. Un joven que vota a una fuerza de centro por su gestión económica no comparte necesariamente la agenda de un partido ultranacionalista en materia territorial, religiosa o institucional. La cifra mide una inclinación del campo ideológico, no una alianza duradera.

Esta distinción es crucial porque el sistema parlamentario israelí convierte las elecciones en una negociación entre bloques. El peso de los nuevos electores dependerá de cuántos acudan efectivamente a votar, de la distribución de sus papeletas entre partidos próximos y de la capacidad de cada formación para superar los umbrales necesarios de representación. Un porcentaje alto puede fragmentar tanto como reforzar a la derecha. Si los jóvenes se dispersan entre varias listas, el resultado puede aumentar la influencia de partidos pequeños en la formación del Gobierno en lugar de traducirse en una mayoría clara.

La movilización juvenil, además, no es automática. Las encuestas reflejan preferencias declaradas, mientras que la participación depende de la fatiga política, la confianza en las instituciones y la percepción de que el voto puede modificar el resultado. Una generación que ha visto crisis sucesivas puede mostrarse muy politizada en redes sociales y, al mismo tiempo, escéptica ante los mecanismos electorales. La derecha cuenta con una ventaja si convierte la elección en un plebiscito sobre la seguridad; el centro y la izquierda necesitarían persuadir a los jóvenes de que también están en juego la gestión del Estado, la economía y la cohesión social.

La religión y el nacionalismo avanzan juntos, pero no por la misma razón

El reportaje señala que los nuevos votantes son cada vez más religiosos y nacionalistas. La relación entre ambas tendencias merece una lectura menos simplista. El crecimiento de comunidades religiosas y nacional-religiosas amplía el peso electoral de partidos que vinculan la soberanía territorial con una misión histórica o bíblica. En esos sectores, la cuestión palestina, la expansión de los asentamientos y el control de lugares sagrados no se consideran únicamente asuntos de seguridad, sino componentes de la identidad colectiva.

Pero el nacionalismo juvenil también puede extenderse fuera de los grupos estrictamente religiosos. La guerra, el servicio militar y la circulación constante de imágenes de violencia producen una identidad de pertenencia basada en la solidaridad interna. Para algunos jóvenes se trata de defender un proyecto nacional; para otros, de proteger una vida cotidiana percibida como asediada. El resultado electoral puede ser parecido, aunque las motivaciones sean distintas. Esa diferencia será determinante cuando llegue el momento de aprobar presupuestos, definir prioridades sociales o responder a presiones internacionales.

El auge de la derecha no elimina las tensiones entre sus propios componentes. Los partidos religiosos suelen reclamar mayor influencia sobre la educación, el calendario público y las normas de convivencia, mientras que sectores seculares de la derecha priorizan el crecimiento económico, la tecnología y la integración internacional. La alianza electoral puede sostenerse mientras la seguridad domine la agenda. Si la amenaza externa pierde centralidad o si se agravan los conflictos sobre el reparto de cargas militares y fiscales, las fracturas internas pueden hacerse visibles.

La generación de la seguridad también es la generación del coste

La orientación derechista de los jóvenes tendrá efectos sobre sectores que no aparecen siempre en la primera línea del debate electoral. La prolongación de los conflictos aumenta el gasto militar, altera el mercado laboral y presiona a las familias cuyos miembros son llamados repetidamente al servicio de reserva. En un país con una economía altamente tecnológica, cada periodo de movilización prolongada puede afectar a empresas, universidades y pequeñas compañías que pierden trabajadores durante semanas o meses.

La juventud que vota por una política de fuerza no es ajena a esos costes. De hecho, muchos de sus integrantes los experimentan directamente. La paradoja es que una mayor exposición a la guerra puede producir dos respuestas opuestas: exigir una estrategia militar más agresiva para evitar futuras amenazas o reclamar una salida política que reduzca la movilización permanente. El predominio actual de la primera respuesta no garantiza que se mantenga cuando la guerra repercuta en el empleo, la vivienda, los estudios y las oportunidades de emancipación.

La economía puede convertirse en el factor que modere el nacionalismo electoral. Las prioridades materiales de los jóvenes israelíes incluyen el acceso a la vivienda, el coste de la vida, la educación y la estabilidad profesional. Si la derecha es capaz de presentar la seguridad y la prosperidad como objetivos complementarios, conservará una ventaja. Si los votantes perciben que la política de confrontación consume recursos sin mejorar su vida, el voto podría desplazarse hacia fuerzas centristas o hacia partidos que prometan reformas institucionales y sociales.

Las minorías y el problema de una mayoría definida desde el miedo

El giro juvenil hacia la derecha tiene consecuencias directas para los ciudadanos árabes de Israel, para las minorías religiosas y para quienes cuestionan la definición dominante de la identidad nacional. Una política que presenta la seguridad como criterio principal tiende a medir la lealtad política de las comunidades por su alineamiento con el Estado y sus instituciones militares. Eso puede profundizar la distancia entre la mayoría judía y los ciudadanos árabes, incluso cuando sus problemas cotidianos coinciden: empleo, servicios públicos, educación y vivienda.

También plantea un dilema para los partidos de centro. Para competir por el voto joven pueden adoptar parte del lenguaje de la derecha en materia de seguridad, pero esa estrategia corre el riesgo de legitimar posiciones que antes intentaban contener. La frontera entre el centro securitario y la extrema derecha puede volverse más difícil de distinguir cuando ambas corrientes utilizan el mismo diagnóstico de amenaza, aunque difieran en los límites legales, la relación con el poder judicial o el trato a las minorías.

Desde la perspectiva de las organizaciones de derechos humanos y de sectores pacifistas, el peligro consiste en que una generación educada en la emergencia acepte como normales medidas excepcionales: restricciones a la protesta, debilitamiento de controles institucionales o expansión de la autoridad militar en la vida civil. Desde la perspectiva de muchos votantes conservadores, esas advertencias subestiman la amenaza real y exigen moderación a una sociedad que ha pagado un precio elevado por su vulnerabilidad. La disputa no es solo moral; afecta al equilibrio entre seguridad y democracia.

El impacto electoral puede durar más que el próximo Gobierno

El resultado inmediato dependerá de la participación y de la aritmética parlamentaria, pero el cambio más relevante puede producirse en el horizonte de una década. Los primeros votos suelen crear hábitos, redes de influencia y referencias políticas. Si los jóvenes se incorporan a la vida electoral desde una posición nacionalista y religiosa, los partidos modificarán sus mensajes para conservarlos. Las campañas reforzarán contenidos sobre identidad, soberanía y defensa, mientras que las cuestiones sociales quedarán subordinadas cuando puedan presentarse como parte de una batalla cultural.

La derecha no tiene asegurada esa fidelidad. Los votantes jóvenes son más sensibles que las generaciones mayores a los cambios tecnológicos, a la cultura global y a las nuevas formas de comunicación. Pueden apoyar una política exterior dura y, al mismo tiempo, reclamar libertades personales, transparencia y una mayor distancia entre religión y Estado. También pueden castigar a los dirigentes que conviertan la amenaza en una herramienta para evitar responsabilidades por errores de inteligencia, corrupción o mala administración.

El futuro dependerá de si el sistema político ofrece a esa generación una identidad nacional compatible con instituciones eficaces y oportunidades económicas. Si solo responde a sus miedos, la radicalización puede continuar: cada crisis confirmará la tesis de que el compromiso es peligroso y de que los adversarios internos son tan amenazantes como los externos. Si el Estado combina seguridad con rendición de cuentas, servicios públicos y un debate menos polarizado, el voto juvenil podría conservar su orientación nacional, pero perder su deriva más extrema.

La primera papeleta de estos 550.000 jóvenes no decidirá por sí sola el rumbo de Israel, pero sí medirá la profundidad de una transformación que ya afecta a partidos, instituciones y relaciones sociales. El 74% favorable al centro, la derecha y la extrema derecha describe una ventaja de campo, no un destino irreversible. La verdadera incógnita es si esa inclinación nace de una convicción política estable o de una generación que todavía vota bajo el impacto acumulado de la guerra. La respuesta se conocerá cuando las prioridades de seguridad compitan, en la vida real, con el coste económico, la responsabilidad institucional y la necesidad de imaginar un futuro menos dependiente de la confrontación.