Francia afronta los últimos 190 días antes de la primera vuelta presidencial con una movilización estudiantil que se ha extendido por todo el país, una economía condicionada por una deuda equivalente al 120% del PIB y una sucesión dominada por Marine Le Pen y Jean-Luc Mélenchon. La crisis comenzó por la falta de profesores, pero ha evolucionado hacia una protesta más amplia contra el deterioro de los servicios públicos, el coste de la vida y una clase política percibida como distante. El Gobierno de Sébastian Lecornu intenta contenerla con 3.000 docentes adicionales y la exclusión de la educación de los recortes presupuestarios, aunque las restricciones financieras limitan su margen de respuesta.
La tensión alcanzó su punto más visible el 8 de octubre, cuando la plaza de la Bastilla volvió a llenarse de estudiantes. Dos días antes, sindicatos y organizaciones juveniles habían participado en una manifestación nacional cuyos promotores cifraron en 450.000 asistentes. Desde el 17 de septiembre, al menos 6.600 personas han sido detenidas, en su mayoría menores de edad, mientras unos 700 policías y gendarmes y más de 200 manifestantes han resultado heridos. Hay además al menos 18 investigaciones abiertas por posibles casos de violencia policial.

Una reivindicación educativa convertida en malestar nacional
La revuelta se inició en el instituto Saint-Exupéry de Créteil, en la periferia de París, después de que volviera a faltar un profesor sin que se incorporara un sustituto. Francia dispone de docentes liberados para cubrir estas ausencias, pero la burocracia mantiene a muchos en una situación de disponibilidad indefinida mientras los alumnos pierden clases, incluso en asignaturas esenciales.
El problema afecta con mayor intensidad a los barrios empobrecidos, donde la falta de personal agrava la desigualdad territorial y social. La escuela pública, durante décadas uno de los principales instrumentos de movilidad social de la República, ha dejado de ofrecer las mismas oportunidades según el lugar de residencia. La segregación se perpetúa cuando los centros con más necesidades son también los que encuentran mayores dificultades para atraer y retener profesores.
La pérdida de atractivo de la profesión tiene una dimensión salarial. Según los datos citados en el debate público francés, un docente que comenzaba su carrera ganaba en 1980 unas 2,5 veces el salario mínimo y podía alcanzar cuatro veces esa referencia al jubilarse. En la actualidad, solo al final de la vida laboral llega aproximadamente a 2,5 veces el mínimo. El deterioro retributivo se combina con más responsabilidades, falta de sustitutos y una creciente deslegitimación de la autoridad escolar.
El Gobierno promete recursos, pero la deuda fija los límites
Lecornu ha tratado de desactivar la protesta con medidas de efecto inmediato: enviar 3.000 profesores para cubrir vacantes y dejar la educación al margen de los recortes previstos. Sin embargo, la portavoz de la Unión estudiantil, Sabrine Kharbach, exige 10.000 millones de euros y sostiene que la movilización continuará hasta que se adopten medidas concretas. La distancia entre ambas posiciones refleja el principal dilema del Ejecutivo: la demanda social reclama inversión sostenida, mientras los mercados presionan sobre los bonos franceses y la deuda restringe el gasto.
La respuesta policial también se ha convertido en un frente político. El Gobierno ha comenzado a prohibir el uso de granadas aturdidoras y gases en determinadas operaciones, después de que la violencia en las calles y las denuncias contra las fuerzas de seguridad elevaran la preocupación institucional. Al mismo tiempo, la destrucción de centros educativos y los incendios han provocado rechazo incluso entre sectores favorables a las reivindicaciones, al reforzar la percepción de que la protesta puede derivar en una crisis de orden público.
Le Pen y Mélenchon capitalizan la polarización
El historiador e hispanista Benoît Pellistrandi considera que la movilización tiene una dimensión partidista, aunque no se reduce a una operación política. A su juicio, una parte importante de los jóvenes se inclina hacia La Francia Insumisa, el movimiento de Mélenchon, pero la protesta expresa también un malestar real por el deterioro de los servicios públicos. La combinación de ambas fuerzas convierte las escuelas en un escenario de precampaña antes incluso de que estén definidos todos los candidatos.
Mélenchon ha descrito las concentraciones como una “nueva toma de la Bastilla”, vinculándolas con la tradición revolucionaria francesa. Esa retórica le permite presentarse como portavoz de una ruptura social, pero también le expone a la acusación de favorecer el caos. Le Pen, por su parte, puede beneficiarse indirectamente de la violencia: las imágenes de institutos dañados y enfrentamientos alimentan una demanda de orden que constituye uno de los ejes centrales de su discurso.
El alcalde de Saint-Denis, Bally Bagayoko, llegó a justificar el uso de la violencia antes de retractarse. Su actitud le convirtió en una figura visible del movimiento por su cercanía con los jóvenes. En las calles, el rechazo a Macron se expresa mediante consignas que lo responsabilizan de la situación del país y lo asocian con una República incapaz de proteger a su juventud. Solo el 18% de los franceses lo considera un buen presidente, según una encuesta publicada por Le Parisien.
Una carrera presidencial sin alternativa moderada clara
El agregador de encuestas de Politico sitúa a Marine Le Pen en cabeza de la primera vuelta, con el 33% de los votos. Édouard Philippe aparece después con el 18% y Mélenchon con el 17%, mientras el socialista Raphaël Glucksmann alcanza el 11%. El Partido Socialista celebra primarias electrónicas con cinco aspirantes, entre ellos Olivier Faure, Glucksmann, Jérôme Guedj, Emmanuel Maurel y Ségolène Royal. François Hollande observa el proceso como posible candidato, en un contexto marcado por rivalidades personales y ausencia de liderazgo en el centro y la centroizquierda.
Los sondeos apuntan a una victoria de Le Pen frente a Philippe o Mélenchon en una eventual segunda vuelta, aunque la campaña todavía puede alterar el equilibrio. Le Pen parte con ventaja, pero su rendimiento electoral puede debilitarse durante la contienda; Mélenchon conserva capacidad de movilización, aunque su radicalidad limita su atractivo fuera de su base. El problema para las opciones moderadas es que todavía no han encontrado una figura capaz de reunir a los votantes que rechazan a ambos extremos.
El legado de Macron entra en su fase decisiva
La protesta educativa anticipa un final de mandato especialmente difícil para Macron. En 2017 prometió eliminar las razones que impulsaban el voto a la extrema derecha; sin embargo, Le Pen llega ahora como favorita y el debate nacional gira alrededor de ella y de Mélenchon. Si la líder ultraderechista alcanza el Elíseo, el presidente quedaría expuesto a una revisión histórica de su promesa incumplida. Mélenchon, mientras tanto, ha dejado claro que seguirá combatiendo en la calle y que la movilización social será su principal instrumento para disputar una sucesión cada vez más polarizada.