La protesta por el 7 de octubre convierte las elecciones israelíes en un juicio político a Netanyahu

La protesta por el 7 de octubre convierte las elecciones israelíes en un juicio político a Netanyahu

La plaza de los Rehenes de Tel Aviv recuperó este sábado la dimensión simbólica que había adquirido durante los dos años de movilizaciones por la liberación de los secuestrados en Gaza. A tres días de las elecciones, el lugar volvió a llenarse de familiares de víctimas, supervivientes del ataque del 7 de octubre, antiguos rehenes, organizaciones civiles y partidos de la oposición. Esta vez, sin embargo, la demanda central ya no era el regreso de los cautivos, sino la exigencia de responsabilidades políticas por el fracaso que permitió la ofensiva de Hamás.

Los organizadores reclamaron una comisión estatal independiente que investigue qué ocurrió aquel día, determine responsabilidades y formule conclusiones tanto personales como políticas. La convocatoria convirtió la plaza en el principal escenario de una campaña electoral dominada por una pregunta: quién debe responder por la peor ruptura de la sensación de seguridad israelí en décadas.

La protesta por el 7 de octubre convierte las elecciones israelíes en un juicio político a Netanyahu

Una investigación que se ha convertido en una batalla de poder

La oposición sostiene que la investigación no puede quedar subordinada al Gobierno, porque el ataque afectó directamente a las instituciones responsables de la seguridad nacional. Desde esa perspectiva, una comisión independiente no serviría únicamente para reconstruir los hechos, sino también para establecer por qué las advertencias no fueron atendidas, cómo fallaron los dispositivos militares y de inteligencia y qué decisiones políticas contribuyeron a la vulnerabilidad del país.

Benjamín Netanyahu bloquea la apertura de una investigación estatal mientras intenta desplazar el debate hacia la amenaza iraní y hacia los resultados de la guerra en Gaza, Líbano e Irán. El primer ministro busca preservar entre sus seguidores la imagen de “Mister Security”, el dirigente capaz de proteger a Israel en un entorno regional hostil. Pero esa marca política quedó dañada dentro del país precisamente por el ataque de Hamás: la reputación de seguridad que había construido durante años no evitó la infiltración, la matanza ni el secuestro de cientos de personas.

La negativa a investigar antes de las elecciones tiene, por tanto, una doble consecuencia. Impide cerrar institucionalmente el episodio y, al mismo tiempo, convierte la rendición de cuentas en una cuestión electoral. La oposición puede presentar la investigación como una condición para recuperar la confianza pública, mientras Netanyahu trata de que el voto se centre en las amenazas externas y no en las decisiones tomadas antes y durante el 7 de octubre.

Las voces de la plaza reclaman una salida distinta

La protesta reunió posiciones diferentes, aunque unidas por el rechazo a la continuidad del primer ministro. Adva Wallis, llegada desde Madrid para participar en la movilización y votar, defendió la necesidad de un cambio político y de una investigación sobre lo sucedido. En la plaza, su consigna fue compartida por grupos de israelíes y simpatizantes llegados de distintos países, para quienes recordar el ataque implica también impedir que vuelva a repetirse.

Ester Diner, de Mujeres Activas por la Paz, puso el acento en la dimensión política del conflicto. La organización, integrada por más de 40.000 mujeres judías y árabes, sostiene que la prevención de otro 7 de octubre exige diálogo y acuerdos con la otra parte. Su planteamiento introduce una diferencia relevante en el debate: no basta con identificar fallos operativos ni con prolongar la guerra; también es necesario revisar la estrategia que ha reducido durante años las alternativas diplomáticas.

En la entrada de la plaza, Miguel Turkenich, activista de origen argentino y miembro de Looking the Occupation in the Eye, sostenía un cartel con un mensaje que resume esa perspectiva: “árabes y judíos sólo ganarán juntos”. Turkenich no cuestiona la gravedad del ataque ni la necesidad de recordarlo, pero rechaza que la respuesta pueda limitarse a intensificar las operaciones militares. También acusa a Netanyahu de haber consolidado la idea de que cooperar con partidos árabes equivale a traicionar a Israel, una premisa que puede resultar decisiva en la formación del próximo Gobierno.

Un mapa electoral sin mayoría clara

El 7 de octubre se ha convertido en el principal argumento de la oposición contra Netanyahu, pero las encuestas no garantizan un relevo sencillo. Los sondeos sitúan a Yashar, liderado por Gadi Eisenkot, como primera fuerza, con entre 22 y 23 escaños. El Likud de Netanyahu obtendría entre 19 y 21. La diferencia entre ambos partidos es significativa, aunque insuficiente para resolver por sí sola la disputa por el poder.

La verdadera batalla se libra entre bloques. La oposición reúne, según las estimaciones, entre 52 y 56 diputados, mientras el bloque favorable a Netanyahu se mueve en torno a los 50. Ninguno alcanza los 61 escaños necesarios para gobernar. Los partidos árabes, con una previsión de entre 14 y 16 representantes, pueden convertirse en los árbitros de la próxima coalición, pero una parte de la oposición continúa rechazando depender de ellos para formar Gobierno.

Ese dilema revela una contradicción central de la campaña. Los adversarios de Netanyahu necesitan ampliar su mayoría para apartarlo, pero algunos mantienen restricciones políticas que dificultan precisamente esa operación. La cuestión del 7 de octubre puede unir a fuerzas muy distintas en la denuncia del primer ministro, pero no elimina sus desacuerdos sobre la guerra, la relación con los partidos árabes ni el modelo de seguridad que debe adoptar Israel.

La responsabilidad personal como eje de la campaña

Eisenkot, antiguo jefe del Ejército y dirigente que perdió a un hijo combatiendo en Gaza, ha planteado las elecciones como una elección entre asumir la responsabilidad o escapar de ella. Su mensaje sostiene que quienes estaban al mando durante el ataque no deberían volver a ocupar puestos de liderazgo. Naftali Bennett, cuya formación aparece como la tercera fuerza en los sondeos, ha afirmado que Netanyahu tiene una responsabilidad directa y personal por la masacre y debe abandonar el cargo. Avigdor Lieberman también lo ha señalado como el principal culpable.

El dato que sostiene el tono de la campaña es la magnitud de la tragedia: alrededor de 1.200 personas murieron y unas 250 fueron secuestradas durante aquel sábado negro. Para los manifestantes, esas cifras no representan únicamente el balance de un ataque, sino la prueba de un fallo sistémico que todavía no ha sido explicado públicamente. Netanyahu, sin embargo, conserva posibilidades reales de victoria. La paradoja define la elección: un primer ministro cuestionado por la gestión del mayor fracaso de seguridad del país puede seguir siendo la opción preferida de un bloque relevante del electorado porque sus partidarios continúan asociándolo con firmeza y protección frente a los enemigos externos.

El resultado del martes decidirá algo más que la composición del Parlamento. También determinará si el 7 de octubre será investigado como una crisis nacional con consecuencias institucionales o utilizado principalmente como argumento de campaña. Si vuelve a producirse un bloqueo, la exigencia de responsabilidades seguirá desplazándose de la calle a las negociaciones entre partidos, mientras la sociedad israelí continuará dividida entre quienes reclaman una ruptura política y quienes consideran que, en un entorno de amenazas, Netanyahu sigue siendo el dirigente más fiable para garantizar la seguridad.