La Ruta 66 revela la historia que quedó fuera del sueño americano

La Ruta 66 revela la historia que quedó fuera del sueño americano

La Ruta 66 todavía puede parecer una ficción: una sucesión de moteles, neones, esculturas gigantes y pueblos detenidos en el tiempo que conecta Chicago con Los Ángeles. Pero bajo esa imagen reconocible de la carretera madre de Estados Unidos hay una historia menos cómoda. El mismo trazado que simbolizó la libertad de movimiento y la búsqueda de oportunidades también estuvo marcado por la segregación racial, los desplazamientos forzados y el miedo de quienes no podían detenerse a pasar la noche en determinados lugares.

Ese contraste convierte el recorrido en algo más que una peregrinación nostálgica. La carretera permite observar cómo un país construyó su identidad alrededor del automóvil y del viaje hacia el oeste, pero también quiénes quedaron excluidos de ese relato y qué huellas de aquella exclusión permanecen en las ciudades y comunidades que atraviesa.

Un viaje que empieza en el cine

Desde Chicago, el primer tramo conduce hasta Joliet, en Illinois, a unos 64 kilómetros por el antiguo trazado. El trayecto puede superar una hora, precisamente porque la ruta original ya no funciona como una vía rápida, sino como una cadena de fragmentos históricos. En Joliet, la antigua cárcel donde comienza The Blues Brothers, la película de culto de 1980, se ha convertido en una parada más de este renacimiento turístico.

La película reforzó una mitología que la carretera ya poseía: personajes en movimiento, paisajes improbables y la sensación de que cada desvío conduce a una escena cinematográfica. En Wilmington aparece el Gemini Giant, una figura de nueve metros con un cohete en la mano. Junto a él, carteles, gasolineras y establecimientos supervivientes forman un museo al aire libre cuya importancia no depende solo de su antigüedad, sino de la capacidad de la Ruta 66 para transformar objetos comerciales en símbolos nacionales.

La Ruta 66 revela la historia que quedó fuera del sueño americano

Brian Schroeder, funcionario de prisiones jubilado de Sacramento, recorre el itinerario en dirección contraria junto a su esposa, Connie Maleski. Para él, la carretera es una peregrinación porque fue la primera conexión asfaltada entre las costas Este y Oeste. Su explicación añade una dimensión decisiva: durante la Gran Depresión, muchos habitantes de Oklahoma viajaron hacia California empujados por el hambre, la ruina de sus granjas y la falta de alternativas. Lo que hoy se vende como experiencia cultural nació, para miles de familias, como una huida desesperada.

El camino cambió de sentido

La paradoja contemporánea aparece en la conversación de los viajeros. Schroeder recuerda que antes la ruta se recorría por necesidad y ahora, en gran medida, por capacidad económica. Maleski añade que California, destino histórico de quienes buscaban prosperidad, se ha vuelto tan cara que muchos residentes se trasladan hacia el este para encontrar una vida más asequible.

El movimiento de población ya no sigue exactamente la dirección que construyó el mito, pero la lógica económica permanece. La carretera continúa siendo un indicador de las transformaciones estadounidenses: primero acompañó la migración de quienes buscaban trabajo y tierra; ahora refleja el encarecimiento de los centros de oportunidad y la presión que expulsa a sus habitantes. La Ruta 66 no solo conserva el pasado: también muestra cómo se reorganiza el mapa social del país.

Los pueblos de Dwight, Odell y Pontiac prolongan la dimensión pintoresca del recorrido, mientras que Springfield, en Misuri, concentra una importancia histórica mayor. El 30 de abril de 1926, dos empresarios locales enviaron desde el hotel Colonial un telegrama para proponer que la conexión entre Chicago y Los Ángeles recibiera el nombre de Ruta 66. La ciudad quedó así asociada al nacimiento oficial de la carretera. Una escultura del español Juan Garaizabal evoca hoy aquel hotel desaparecido.

La inseguridad también forma parte del paisaje

Entre Illinois y Springfield, San Luis introduce una ruptura en la postal turística. La ciudad es conocida por su arco monumental, pero también por sus problemas de criminalidad. Matthew, un camionero que se mudó desde Boston porque el coste de vida era menor, reconoce que la delincuencia ha descendido, aunque desaconseja caminar solo por el centro durante la noche. Su percepción coincide con una tensión política habitual en Estados Unidos: las estadísticas mejoran, pero la reputación de una ciudad puede tardar mucho más en cambiar.

La criminóloga Lee Slocum señala que San Luis arrastra el estigma de registrar uno de los índices de homicidios más elevados del país, pese a que la criminalidad ha retrocedido. También advierte que muchos visitantes solo conocen el centro, mientras que las zonas más activas se encuentran fuera de ese circuito. La segregación histórica y la desinversión en determinados barrios han contribuido a producir una ciudad desigual, donde el mapa turístico no coincide con el mapa de la vida cotidiana.

El debate no se reduce a una disputa entre la responsabilidad federal y la local. El presidente Donald Trump llegó a amenazar con enviar a la Guardia Nacional, pero finalmente no lo hizo. Para Matthew, el problema está en la reducción del número de policías; para Slocum, la explicación exige considerar durante más tiempo la segregación, la distribución de recursos y la forma en que una etiqueta pública termina ocultando realidades distintas dentro de una misma ciudad.

La otra carretera estaba en el mismo trazado

En Springfield, la memoria de la Ruta 66 adquiere una profundidad todavía mayor. La ciudad pasó de tener alrededor de un 20% de población negra antes de los linchamientos de 1906 a cerca del 1% después de ellos; hoy la población negra representa aproximadamente el 4,5%. Ese dato explica por qué la imagen del viaje abierto a todos necesita ser revisada.

Lyle Foster, profesor afroamericano de la Universidad Estatal de Misuri, y Ximena Uribe-Zarain, nacida en México, han estudiado “la otra Ruta 66”: la que atravesaba sundown towns, localidades donde las personas negras no podían permanecer después del anochecer. A mediados de los años cincuenta, cerca de un tercio de las poblaciones situadas en la carretera seguían asociadas a esas restricciones, incluso después de los avances legales de la integración racial.

El Green Book surgió para ofrecer a los viajeros negros información sobre hoteles, restaurantes y establecimientos donde podían ser atendidos sin exponerse a la violencia o a la expulsión. El automóvil representó una forma de liberación porque permitió ampliar los horizontes, pero también implicó un riesgo: cada parada exigía calcular si el lugar era seguro. La movilidad, que para unos significaba aventura, para otros requería planificación y cautela.

Los toques de queda raciales ya no existen como entonces, pero Foster advierte que todavía perduran códigos y desigualdades asociados a la raza. Por eso la Ruta 66 no puede reducirse a una colección de recuerdos populares. Su recorrido reúne el sueño de prosperidad, la crisis económica, la segregación, el turismo y el desplazamiento contemporáneo. La carretera sigue uniendo dos costas, pero su significado depende de quién la recorre y de la historia que está dispuesto a mirar.