La tregua energética que propone Zelenski puede aliviar la presión inmediata, pero deja expuestos nuevos riesgos

La tregua energética que propone Zelenski puede aliviar la presión inmediata, pero deja expuestos nuevos riesgos

La apertura de Volodímir Zelenski a una tregua energética bilateral con Rusia introduce una posible vía de desescalada en una guerra que ha convertido las refinerías, las redes eléctricas y los depósitos de combustible en objetivos militares y económicos. La propuesta ucraniana, condicionada al cese recíproco de los ataques y a la existencia de garantías reales, llega después de una fuerte presión política de Donald Trump y del acuerdo de Washington con Moscú para suspender temporalmente las sanciones sobre las exportaciones de diésel ruso. Su alcance inmediato podría ser relevante, pero la iniciativa también está expuesta a problemas de verificación, asimetrías estratégicas y riesgos de instrumentalización política.

Un respiro posible para infraestructuras y población

El beneficio más visible de un acuerdo energético sería reducir, aunque fuese temporalmente, la intensidad de los ataques contra instalaciones cuya destrucción tiene efectos que van mucho más allá del campo de batalla. Las ofensivas contra centrales, subestaciones y redes de distribución dejan a millones de personas sometidas a cortes de electricidad, problemas de calefacción, interrupciones del suministro de agua y dificultades para mantener operativos hospitales, escuelas y servicios básicos. En el lado ruso, los ataques contra refinerías y terminales petroleras presionan la producción de combustibles, encarecen la logística y obligan a desviar recursos hacia la protección de instalaciones estratégicas.

Una pausa verificable permitiría reparar daños acumulados y crear reservas antes de los periodos de mayor demanda. También podría moderar la volatilidad de los mercados energéticos, especialmente si disminuye el temor a nuevas interrupciones de la producción rusa o a una escalada de represalias contra la infraestructura ucraniana. Para los consumidores europeos, una menor prima de riesgo geopolítico podría traducirse en precios más estables. Sin embargo, ese efecto no sería automático: las cotizaciones dependen también de las sanciones, de la capacidad de transporte, de la demanda mundial y de las decisiones de los grandes productores.

La tregua tendría además un posible valor humanitario. La reducción de los ataques limitaría los desplazamientos de población provocados por la falta de servicios esenciales y permitiría concentrar equipos de emergencia en zonas especialmente castigadas. En Zaporiyia, Kiev y Dnipro, donde los bombardeos recientes han dejado víctimas y daños, cualquier interrupción de las operaciones contra infraestructuras críticas podría disminuir la presión sobre los servicios de rescate. Esa ventaja sería significativa, aunque no equivaldría a un alto el fuego general: el resto de las operaciones militares podría continuar sin cambios.

La tregua energética que propone Zelenski puede aliviar la presión inmediata, pero deja expuestos nuevos riesgos

El problema central: convertir una declaración en un compromiso comprobable

La principal dificultad no está en anunciar una pausa, sino en determinar qué objetivos quedarían protegidos, durante cuánto tiempo y cómo se atribuiría una violación. La infraestructura energética es amplia, dispersa y, en algunos casos, directamente vinculada a la logística militar. Una central puede suministrar electricidad a la población y, al mismo tiempo, sostener instalaciones industriales o ferroviarias empleadas por las fuerzas armadas. Las refinerías producen combustible para el mercado civil, pero también abastecen vehículos, aviación y maquinaria militar. Esa doble función ofrece a cada parte argumentos para interpretar de manera amplia las excepciones.

La ausencia de un mecanismo independiente de supervisión elevaría el riesgo de acusaciones cruzadas. Un incendio, una explosión técnica o un ataque efectuado por un actor no identificado podrían utilizarse para declarar roto el acuerdo. La experiencia de anteriores arreglos parciales demuestra que la fragilidad aumenta cuando las partes no comparten una definición precisa de los objetivos y carecen de canales rápidos para investigar incidentes. Las garantías exigidas por Kiev tendrían que incluir, por tanto, un sistema de comunicación permanente, procedimientos de denuncia y consecuencias previsibles ante el incumplimiento.

También existe una dificultad de secuencia. Si Ucrania detiene primero sus ataques contra refinerías rusas mientras Moscú mantiene la presión sobre la red eléctrica, el coste para Kiev sería inmediato y la reciprocidad quedaría aplazada. Si ambos bandos esperan una acción previa del contrario, el acuerdo puede quedar bloqueado. Una fórmula gradual, con anuncios simultáneos y periodos de prueba, reduciría ese problema, pero exigiría un nivel de confianza que actualmente parece limitado por la retórica pública y por la continuidad de los ataques con drones y misiles.

La presión estadounidense cambia el cálculo de Kiev

El contexto político convierte la propuesta en algo más que una iniciativa militar. Las críticas de Trump, incluida la exigencia de un cambio de liderazgo en Ucrania, han elevado el coste de mantener una posición inflexible frente a Washington. La amenaza implícita afecta al acceso ucraniano a apoyo diplomático, inteligencia, armamento y respaldo financiero. Ante esa presión, Zelenski puede considerar que una tregua energética ofrece una forma de demostrar disposición negociadora sin aceptar todavía un alto el fuego completo ni renunciar a sus objetivos territoriales.

El riesgo es que la medida sea percibida como una concesión obtenida mediante coerción y no como un acuerdo entre partes. Esa lectura podría debilitar la posición de Zelenski ante sectores de la sociedad ucraniana que consideran que detener los ataques sobre la industria rusa reduce la capacidad de presión de Kiev. Aunque la injerencia externa parece haber reforzado temporalmente la cohesión alrededor del presidente, la confianza popular del 58% citada en la información de partida muestra que su margen interno no es ilimitado. Un pacto mal diseñado podría reactivar las críticas sobre liderazgo, corrupción y dependencia de aliados extranjeros.

La posibilidad de convocar elecciones tras un alto el fuego de al menos 60 días añade otra dimensión de incertidumbre. Un periodo de calma energética no garantiza por sí solo condiciones electorales seguras. Para organizar comicios serían necesarios mecanismos de seguridad, participación de desplazados, protección de la infraestructura electoral y acuerdos sobre territorios ocupados. Si Washington vincula la tregua energética con cambios políticos en Kiev, la negociación podría abandonar el terreno técnico y transformarse en una disputa sobre la legitimidad del poder ucraniano.

Rusia obtiene oxígeno, pero no elimina sus vulnerabilidades

Para Moscú, la suspensión temporal de sanciones sobre el diésel puede aliviar la presión presupuestaria y facilitar la colocación de más de 300.000 toneladas de combustible en los mercados estadounidense e internacional hasta abril de 2027. En un contexto de ingresos hidrocarburíferos reducidos y de un déficit que amenaza con acercarse al 3% del producto interior bruto, esa entrada de recursos puede ayudar a sostener el gasto militar previsto para los próximos tres años. Una tregua que proteja refinerías y centros de distribución reforzaría además la estabilidad de la economía rusa.

Pero el beneficio económico también encierra un riesgo para Moscú. Si Rusia acepta una pausa que reduzca los ataques sobre sus instalaciones, tendrá que limitar una parte de su capacidad de castigo contra Ucrania. A cambio, debería obtener garantías que no necesariamente serán permanentes. El alivio de las sanciones podría ser utilizado como incentivo temporal sin modificar la estructura de fondo de las restricciones occidentales. Además, la dependencia de los ingresos energéticos deja a la economía rusa vulnerable a nuevas decisiones políticas, a la evolución de los precios y a la capacidad europea y estadounidense de controlar las rutas de comercialización.

El pacto también puede profundizar la percepción de que Washington y Moscú están tomando decisiones sobre el mercado energético sin la participación efectiva de Kiev ni de los socios europeos. La reacción del Gobierno checo y de la diplomacia comunitaria revela una fractura política: Europa reclama mantener la presión sobre el Kremlin mientras Estados Unidos abre una excepción comercial. Esa divergencia podría reducir la eficacia de las sanciones y complicar la coordinación transatlántica en futuras negociaciones.

Una pausa parcial no detiene la guerra tecnológica

Incluso si se respetara una tregua sobre refinerías y redes eléctricas, el conflicto seguiría desarrollándose mediante drones, ciberataques, sabotajes, operaciones contra centros de datos y ataques a nodos logísticos. Las incursiones ucranianas contra instalaciones de Yandex y la continuidad de los bombardeos rusos muestran que la frontera entre infraestructura civil y militar es cada vez más difícil de establecer. Una suspensión limitada podría desplazar la presión hacia sectores no cubiertos por el acuerdo, como telecomunicaciones, transporte, almacenamiento de datos o fábricas vinculadas a la defensa.

Ese desplazamiento produciría un efecto ambiguo. Por un lado, una delimitación clara de objetivos energéticos podría reducir los daños directos a la población. Por otro, si las partes buscan compensar la restricción atacando otros sistemas esenciales, la tregua se convertiría en una redistribución de la violencia. El riesgo de interrupciones de internet, paralización aeroportuaria o daños a cadenas de suministro seguiría presente, con consecuencias económicas que podrían extenderse a países vecinos.

El valor de la iniciativa dependerá de su arquitectura

La propuesta solo tendría posibilidades de consolidarse si se separa de los ultimátums personales y se convierte en un arreglo verificable, limitado y reversible. Sería necesario publicar una lista de infraestructuras protegidas, establecer una línea directa entre los mandos, permitir inspecciones o una supervisión internacional aceptada por ambas partes y acordar un procedimiento para investigar incidentes. También convendría fijar una duración inicial breve, con renovaciones condicionadas al cumplimiento, para evitar que una violación aislada destruya todo el marco.

Los gobiernos europeos afrontan el desafío de apoyar cualquier reducción de la violencia sin asumir automáticamente el pacto petrolero ni abandonar sus exigencias sobre la soberanía ucraniana. Para Kiev, aceptar una pausa puede ofrecer tiempo para reparar su red energética y recuperar capacidad defensiva, pero deberá evitar que la tregua se utilice para congelar el conflicto en condiciones desfavorables. Para Moscú, el acceso ampliado a los mercados puede proporcionar recursos, aunque no resolverá las causas de su vulnerabilidad económica ni garantizará la eliminación de futuras sanciones.

La tregua energética puede ser el primer acuerdo práctico capaz de reducir daños concretos o una pausa frágil utilizada por cada capital para ganar margen político y militar. La diferencia dependerá menos de las declaraciones de Trump, Zelenski o Putin que de la existencia de controles independientes y de un coste claro para quien incumpla. Mientras continúen los ataques en otros frentes, conviene medir sus resultados por la reducción comprobable de víctimas y destrucción, no por la intensidad de los anuncios diplomáticos.