La vivienda se encarece también porque el ahorro pierde valor, advierte José Luis Cava

La vivienda se encarece también porque el ahorro pierde valor, advierte José Luis Cava

Comprar una vivienda en España exige hoy un esfuerzo que para muchos jóvenes y familias parece cada vez más inalcanzable. Los precios residenciales, el coste de las hipotecas y la distancia entre los salarios y el valor de los inmuebles han convertido el acceso a una casa en una de las principales tensiones económicas del país. Para el analista financiero José Luis Cava, sin embargo, el diagnóstico habitual está incompleto: el problema no consiste únicamente en que los pisos hayan subido, sino también en que el dinero utilizado para pagarlos ha perdido capacidad de compra.

“Los pisos no están caros; parecen caros porque el dinero con el que los pagas es moneda fiat”, sostuvo Cava durante su intervención en el pódcast Tengo un Plan. Su planteamiento parte de una comparación distinta a la que suele dominar el debate público. Si el ahorro de una familia se midiera en oro en lugar de euros, afirma, una vivienda podría conservar aproximadamente el mismo valor relativo que tenía dos décadas atrás. La aparente escalada del ladrillo reflejaría, en parte, la depreciación de la unidad con la que se expresan los precios.

La vivienda se encarece también porque el ahorro pierde valor, advierte José Luis Cava

El precio visible y el coste que no aparece

La tesis desplaza la atención desde el inmueble hacia el dinero. En una economía basada en moneda fiduciaria, el euro no está respaldado por una cantidad fija de oro u otro activo físico, sino por la confianza en las instituciones, la capacidad productiva y el funcionamiento del sistema monetario. Cuando aumenta la cantidad de dinero mientras los salarios avanzan más lentamente que los bienes y servicios, cada unidad monetaria compra menos. El resultado puede percibirse como una subida generalizada de los activos, aunque parte del movimiento proceda de la pérdida de valor del propio dinero.

Ese mecanismo ayuda a explicar por qué ahorrar durante años no garantiza acercarse a la entrada de una vivienda. Si los ingresos permanecen relativamente estables y el ahorro en efectivo pierde poder adquisitivo, el objetivo puede alejarse incluso cuando la familia mantiene una conducta prudente. Los informes del Banco de España sobre el mercado residencial han situado en más de 75 años de sueldo bruto íntegro el esfuerzo teórico necesario para adquirir una vivienda tipo, una cifra que refleja la presión conjunta de los precios, los salarios y el coste de vida. No significa que una familia destine literalmente toda su vida laboral a una única compra, sino que muestra la magnitud de la brecha entre el valor de la vivienda y la renta disponible.

Una crítica al ahorro inmóvil

Cava considera especialmente vulnerable el dinero que permanece sin rentabilidad en una cuenta corriente. “La inversión más arriesgada es el dinero que tienes en la cuenta corriente porque es moneda basura”, afirmó, al cuestionar la idea de que mantener liquidez equivale siempre a conservar seguridad. Desde su perspectiva, una tasa de depreciación cercana al 8% anual frente a activos considerados refugio, como el oro, erosiona de forma acumulativa el patrimonio de quien no obtiene una rentabilidad capaz de compensarla.

La afirmación debe interpretarse como una advertencia sobre el riesgo monetario, no como una regla universal aplicable a cualquier ahorrador. El efectivo ofrece liquidez y estabilidad nominal, mientras que el oro, la renta variable y los inmuebles también pueden registrar caídas, generar costes o exigir plazos largos. La cuestión central es que el ahorro no debe evaluarse únicamente por la cifra que aparece en la cuenta, sino por los bienes y servicios que esa cantidad permitirá comprar en el futuro.

La educación financiera entra en el debate

El analista vincula esta pérdida de poder adquisitivo con una carencia de formación económica. A su juicio, muchas familias no distinguen entre dinero de papel y activos capaces de conservar o aumentar su valor en términos reales. “Nos han engañado en los colegios”, afirmó, al sostener que una educación financiera más sólida habría permitido comprender antes los efectos de la inflación, la deuda y la expansión monetaria.

La distinción es relevante porque evita reducir la decisión de comprar una vivienda a una comparación simple entre alquiler y cuota hipotecaria. Un inmueble puede funcionar como residencia, reserva patrimonial y protección parcial frente a la inflación, pero también concentra el riesgo en un solo activo y obliga a asumir mantenimiento, impuestos e intereses. El oro no produce rentas y la renta variable puede sufrir pérdidas severas. Por eso, la defensa de los activos reales no elimina la necesidad de diversificar ni convierte en sensata cualquier compra a cualquier precio.

El momento que Cava considera más favorable

Su recomendación sobre la vivienda también se aparta del comportamiento más extendido. Cava sostiene que no conviene comprar cuando los bancos compiten por conceder hipotecas y el crédito crece con facilidad. En esas fases, la financiación abundante puede elevar la demanda y empujar los precios al alza. El analista identifica como momento más interesante el periodo en que las entidades restringen el crédito y los tipos de interés son elevados.

La lógica es que la falta de financiación reduce el número de compradores capaces de cerrar una operación y puede obligar a los vendedores a aceptar descuentos. Quien conserve ahorro y solvencia tendría entonces mayor margen para negociar, aunque asumiría una cuota inicial más alta y el riesgo de que los tipos permanezcan elevados durante más tiempo. La oportunidad, por tanto, no depende solo de que el precio anunciado baje, sino de que el comprador pueda soportar las condiciones financieras del momento.

El planteamiento de Cava introduce una perspectiva incómoda en el debate inmobiliario: la vivienda puede resultar inaccesible tanto por su precio nominal como por la debilidad del dinero con el que se intenta comprarla. Esa lectura no sustituye el análisis de la escasez de oferta, la evolución de los salarios o las condiciones hipotecarias, pero sí amplía la pregunta. Para medir el coste real de una casa no basta con observar cuántos euros exige hoy; también hay que preguntarse cuánto valor conserva el ahorro con el que se pretende pagarla.