La ministra de Estado y exembajadora de Emiratos Árabes Unidos ante Naciones Unidas, Lana Nusseibeh, ha irrumpido en la carrera para suceder a António Guterres al frente de la organización, cuyo mandato termina en diciembre. Su candidatura, presentada oficialmente por el jeque Mohamed bin Zayed Al Nahyan, introduce una opción con posibles apoyos entre las grandes potencias en un proceso hasta ahora dominado por candidatos latinoamericanos, africanos y asiáticos, pero también expone a Abu Dabi al escrutinio por su posición en la guerra de Sudán.
Nusseibeh defendió su decisión como una respuesta a la urgencia de recuperar capacidad de acción dentro del sistema multilateral. “Necesitamos una secretaria general que reafirme su compromiso con el futuro del multilateralismo y con unas Naciones Unidas capaces de resolver problemas, en lugar de limitarse a observar las crisis mundiales”, afirmó en un comunicado. En declaraciones a Reuters, añadió que no se presenta únicamente por la posibilidad de que una mujer ocupe por primera vez el cargo, sino por su convicción de que la diplomacia debe seguir abriendo puertas entre gobiernos enfrentados.

Una candidatura que altera el equilibrio
La entrada de Nusseibeh llega cuando ninguno de los aspirantes consolidados parece capaz de superar por sí solo la combinación de apoyos y vetos exigida por el Consejo de Seguridad. Entre los nombres que habían ganado fuerza figuran Rebeca Grynspan, exvicepresidenta de Costa Rica; Rafael Grossi, director general del Organismo Internacional de Energía Atómica; María Fernanda Espinosa, de Ecuador; Carolyn Rodrigues-Birkett, embajadora de Guyana; el exmandatario senegalés Macky Sall; y el ugandés Olara Otunnu. La expresidenta chilena Michelle Bachelet se retiró después de constatar que no podía superar el veto estadounidense.
La última ronda informal de consultas, conocida como “straw poll”, había situado de nuevo a Grynspan en cabeza, aunque también habría mostrado que todos los candidatos acumulaban al menos dos posibles vetos. Sall abandonó entonces la contienda. Ese resultado reforzó la percepción de que el proceso podía quedar atrapado entre aspirantes con respaldo regional, pero sin una vía clara para alcanzar el mínimo de nueve votos en el Consejo y evitar el rechazo de cualquiera de sus cinco miembros permanentes: Estados Unidos, Rusia, China, Francia y Reino Unido.
En ese contexto, la candidatura emiratí responde a una lógica habitual en las sucesiones de Naciones Unidas: cuando los favoritos se neutralizan entre sí, emerge una figura con experiencia institucional y un perfil aceptable para las potencias que controlan el desenlace. Nusseibeh conoce los procedimientos y los equilibrios internos de la organización, ha representado durante años a su país ante la ONU y no llega asociada a una agenda de confrontación directa con los miembros permanentes.
El factor estadounidense
El posible respaldo de Washington es uno de los elementos decisivos de su lanzamiento. Según fuentes diplomáticas citadas en Nueva York, Nusseibeh no habría dado el paso sin señales favorables de la Casa Blanca y sin la expectativa de que Moscú no bloqueara su candidatura. La administración de Donald Trump habría considerado demasiado izquierdistas, demasiado cercanos a China o poco entusiastas con sus posiciones a varios de los nombres inicialmente barajados.
Durante los últimos meses también circularon los nombres de la neerlandesa Sigrid Kaag, antigua subsecretaria de Naciones Unidas y miembro de la Junta para la Paz de Trump, y del serbio Vuk Jeremi, que estuvo cerca de obtener el cargo hace una década. La aparición de Nusseibeh confirma que el proceso seguía abierto y que las consultas privadas de las delegaciones podían producir un candidato de última hora con capacidad para reordenar la competencia.
El atractivo de Nusseibeh para las grandes potencias estaría relacionado con su perfil pragmático y con la posibilidad de que reduzca la fricción política en asuntos donde Washington, Moscú y Pekín rechazan una presión internacional intensa. Diplomáticos y expertos consideran que las tres capitales buscan, con matices distintos, a una persona que no convierta la Secretaría General en un centro de confrontación permanente y que modere el lenguaje sobre derechos humanos en determinadas regiones. Esa expectativa puede facilitar su avance, aunque también limitaría el margen de la futura secretaria general para ejercer una autoridad independiente.
Sudán, la principal vulnerabilidad
La candidatura afronta, sin embargo, un problema de credibilidad difícil de separar de la política exterior emiratí. El Gobierno de Abu Dabi está acusado de apoyar y armar a las Fuerzas de Apoyo Rápido, el grupo paramilitar enfrentado al Ejército sudanés. Informes de la Misión de Determinación de los Hechos de Naciones Unidas y de Human Rights Watch han documentado la supuesta existencia de redes vinculadas a Emiratos que proporcionarían armas, drones, apoyo logístico y mercenarios colombianos a las RSF.
Las fuerzas paramilitares han sido señaladas por matanzas masivas, violaciones y crímenes contra la humanidad en Darfur. Además, Donald Trump sancionó y condenó a las RSF apenas unos meses antes, lo que puede convertir la guerra sudanesa en una prueba para cualquier entendimiento entre Washington y Abu Dabi. Aunque una candidatura no implica automáticamente que la política del país de origen se traslade a la Secretaría General, los adversarios de Nusseibeh tendrán argumentos para cuestionar su independencia y su capacidad de supervisar crisis en las que estén implicadas potencias aliadas.
Si obtiene los apoyos necesarios, Nusseibeh sería la primera mujer al frente de Naciones Unidas y la segunda persona procedente de Oriente Medio después del egipcio Boutros Boutros-Ghali. Pero el simbolismo regional y de género no resolverá el obstáculo central: lograr que los miembros permanentes acepten a una misma candidata sin exigirle compromisos que debiliten el papel político de la organización. Su entrada no cierra la carrera; la transforma en una negociación más explícita sobre qué tipo de autoridad están dispuestas a tolerar las grandes potencias en la ONU.